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 Asunto: La última Caza.
NotaPublicado: 21 May 2021, 11:49 
Niño sin padres ni hospicio
Niño sin padres ni hospicio
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Registrado: 01 May 2020, 17:19
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LA ÚLTIMA CACERÍA DEL SEÑOR DE LAS BESTIAS





Las Islas Lunshae no tienen una palabra especial para referirse a los niños que nacen de las entrañas de su madre abriéndose paso con sus propias garras, uno de ellos sólo quiso saber si algún día encontrarían un nombre apropiado para él.


Nunca existió para el chico marcado por el Maestro de la Caza una mano amable, como no hubo algo o alguien que se cerciorase de si de verdad estaba dispuesto a asumir el exilio en sus pies y en su alma. Largas fueron pues las sendas que hubo de recorrer Bohrr alejado del hogar, como largas las torturas nocturnas que sufría cada vez que cerraba los ojos intentando dormir, allí, colgando de un risco o refugiado en una caverna, en dónde sentía como si finos capilares de los párpados se le prendiesen como látigos eléctricos que se iban a impactar directamente en la planicie de sus sueños, la misma lúgubre estepa de siempre. Allí la tierra se rompía como un cristal dejado caer y palpitaba y rugiente como si suplicase su propio fin, no obstante, a él lejos de hacerle temblar, la catástrofe hacía que el corazón le bombease como si acabasen de abrirle el pecho con un cuchillo candente, y no podía sino correr instintivamente mientras que la sangre de todas las cosas iba a mezclarse a los ríos que atravesaban aquél gran último holocausto. En éste final no había gloria, no había trofeo en la cabeza cercenada de las bestias y los hombres cuando uno tenía que caminar con cuidado para no tropezar con ellas a cada paso, incluso costaba diferenciar las unas de las otras llegado el momento.

Los sueños sólo encontraban su final cuando el bárbaro advertía, aún con los ojos prietos, que los huesos le crujían, y una vez se había transformado en una criatura con unas prioridades más sencillas, podía evadir su propio pánico existencial con las tareas de masticar los huesos y relamer los tuétanos hasta el amanecer. Los imbéciles aldeanos que encontraban los cadáveres al amanecer pronunciaban sus votos, e incluso los más beatos cometían la insensatez de rezar también por el alma de la criatura maldita que reducía a sus seres queridos a una pulpa negra y sanguinolenta, restos que a menudo eran sólo identificados por la ropa hecha jirones y algún color distintivo de cabello. Efectivamente aquella gente, creía, en su desgraciada y bruta visión del mundo, que la maldición de quiénes viven como hombres y bestias a la vez, era la rabia animal, y no la humana falta de respuestas.

El licántropo encontró paliativos en la negación de su propia culpa, asumió al hombre que se reflejaba en los charcos, y lo que fuera su tormento se convirtió en su sendero. Sueños no más dulces, pero al menos sí más resolutivos, se dieron desde entonces, ya fueran cuando lo vencía el sueño o cuando se inducía a ellos con todas esas “puertas secretas” que aprendió, crecían en los bosques y las montañas. Su fuerza se encarnaba como un gran oso, atendía al nombre de Mathan, aunque nunca llegó realmente a presentarse todo apuntaba a que así le gustaba ser llamado, e incluso si no era más que la proyección de muchos otros espíritus pasados en un solo avatar, estaba orgulloso de ser él mismo, recordaba a Bohrr cuán fuerte era tanto cuando aplastaba a los demás, como cuando los retiraba de las garras de cazadores menos dignos que ellos. Por otra parte, Dhuine, un gran primate que a menudo adoptaba la forma de muchos otros animales era reservado y mucho menos participativo que su contraparte, se abanicaba en las noches en que Bohrr dormía cerca de las brasas, y se refugiaba con un manto de hojas cuando se dejaba caer en los picos de las montañas. Sólo usaba esos grandes colmillos sobresalientes como los de un orco cuando había de recordarle a Bohrr qué podía cazar y qué no, qué era una presa y qué era ajeno a su causa. Cuando supo congregarse con sus dos consejeros, y establecer un equilibrio entre el orgullo y la razón, se convirtió en uno de los activos más fieros que El Cazador Salvaje hubiera enviado nunca a Amn, encontró amigos e incluso a quién le abriese su corazón.

En los tiempos presentes, sólo camina el lobo que quedó sin manada, pero la Sangre Negra rebrotará a través de lo que quede del viejo bárbaro, nuevos cachorros que cargarán orgullosamente con ella, a los que apartará de las dudas que a él mismo coartaron, y que instruirá para que finalmente, su dios, los espíritus, el instinto o lo que cojones quiera que sea, los llamen a todos al coto en el que se dará la última cacería. Ya no hay inquietantes profecías, sólo calmados presagios sobre los que charlar durante horas con sus consejeros del espíritu, ahora, Bohrr es por legítimos méritos un salvaje adalid del Señor de los Bestias, con quién ser se fusiona inconscientemente en cada uno de sus actos.


Puede que ‘’señor’’ fuera la palabra que se pasó la vida buscando.


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