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 Asunto: Crónicas de un gran trasgo
NotaPublicado: 21 Mar 2021, 15:39 
Jabalí vegetariano convocado
Jabalí vegetariano convocado
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El acero de las hachas y la gran guadaña entrechocaban una y otra vez, hasta que comenzaron a verse miembros de los reptilianos salir despedidos por los bestiales cortes del semi ogro. Una y otra vez, el joven gran trasgo vitoreaba las muertes enemigas desde su negro huargo, y la anciana de la misma raza, permanecía seria, contemplando tal carnicería también desde su montura.

Se adentraron más y más en aquel paraje pantanoso, encontrando otro grupo de asaltantes que osaba traicionar al Murkul.
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- Atrás, novato. Si Olog muere en batalla saldremos corriendo – advirtió la anciana.

- Puedo ser útil, más de lo que creéis – Replicó el joven arcano.

- No si estás muerto. – Respondió la vieja con tono autoritario.

Tras esto, Melwick aceptó a regañadientes quedarse atrás, sin saber del todo aún por qué hacía caso a aquella anciana a la que prácticamente acababa de conocer. Terminada la matanza, la gran trasgo desmontó, acercándose a los cuerpos. Pronunció unas palabras ininteligibles para la mayoría, pero no para Melwick, y los cuerpos, claramente sin vida, se levantaron del suelo como si la tuvieran, estando a total merced de la vieja.

Los tres continuaron hasta llegar a una zona en el que el suelo ya no era pantanoso ni húmedo, si no de un negro azabache con apenas vegetación. Allí desmontaron y se adentraron en aquel paraje.

Encontraron orcos, pero no orcos fieles al Imperio de Murann, sino los que buscaban, traidores. El corpulento semi ogro, embutido en negra armadura y portando un gran escudo en una mano y una temible guadaña en otra superaba con creces en combate a aquellos que osaban traicionar al emperador.

Llegaron a la boca de una cueva, su cuartel. Antes de entrar, el soldado paró en seco y de su zurrón sacó un capacete rojo y blanco, cuidadosamente ornamentado y con unas pequeñas runas inscritas en la zona de la frente que brillaban con un rojo aún más intenso y se lo tendió al joven.

- La zona en la que entraremos es más peligrosa, no os prometo sobrevivir. Úsalo si te ves en peligro – Dijo el guerrero sin abandonar el tono militar.

El joven asintió y se puso el casco, con el que estaba algo ridículo, pero era el precio a pagar.
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Entraron en el lugar, donde se encontraron hordas de orcos, armados hasta los dientes, que atacaron sin dudar. El soldado desgarraba a sus enemigos, la vieja comandaba a sus secuaces carentes de vida y el aprendiz se limitaba a animar y de vez en cuando lanzar un conjuro que algo dañaba a los orcos.

Se adentraron más y más en la cueva, y llegaron a la zona que residía su líder, Arkhal.

- Bien, este es el plan – Comenzó diciendo el semi ogro – Estaré al frente luchando cuerpo a cuerpo, vieja, lanza tus mejores conjuros y novato… Limítate a no morir.

Melwick, gruñó levemente, sabía que lo subestimaban, pero debía hacerles caso si quería instalarse adecuadamente en la ciudad y en un futuro unirse a las filas del Murkul. Tras ello, se abalanzaron sobre los enemigos, quedándose los grandes trasgos en segunda línea, pero eran tantos que el gran soldado no pudo contenerlos, y una espada de tosca manufactura alcanzó a la anciana rasgándole el abdomen, dejándola en un muy mal estado, inconsciente.
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La cabeza del atacante fue cercenada al instante por Olog, mientras Melwick retrocedió hasta dejar de ver la batalla. Se giró para comprobar que no le siguieran y entonces encontró a un orco, un gran orco que lo seguía dispuesto a matarlo.

El joven dudó unos instantes, pero reaccionó e invocó un muro incandescente y abrasador de rojo fuego con la ayuda del casco mágico, frente al orco. Este lo traspasó, con quemaduras graves, pero sin dolor aparente mientras gritaba con una rabia descomunal abalanzándose sobre el gran trasgo. Habría acabado con su vida, pero Melwick era más rápido en cuanto a pensamiento, por lo que estando a escasos metros, hizo salir de su casco una bola de vivo rojo que explotó contra su atacante, dejando sus prendas ardiendo y su cabeza destrozada por la explosión.

Olog volvió del combate con la cabeza del líder enemigo en una mano, y ayudando con la otra a caminar a la anciana, que aún se encontraba en estado grave. Observó el cuerpo chamuscado mientras el joven emitía una ligera risa cruel y con aires de superioridad por igual.

- Quizá eres útil después de todo – Dijo el soldado mirando la escena y riendo con profundidad – Espero verte dentro de poco en el frente, novato.

La anciana, ya dotada de consciencia y con algo de fuerzas, les indicó que se acercaran, conjurando después un conjuro de teletransporte que los llevó de vuelta a la gran ciudad de Murannheim con las pocas fuerzas que le quedaban.

Allí descansaron, pues el combate fue exhaustivo, pero sin duda, un éxito.
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