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 Asunto: Los Timadores
NotaPublicado: 12 Feb 2016, 21:26 
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"La única cura para la vanidad es la risa, y el único defecto que es risible es la vanidad."
Henri Bergson (1859 - 1941)

“Cuando se está enamorado, comienza uno por engañarse a sí mismo, y acaba por engañar a los demás. Esto es lo que el mundo llama una novela”
Oscar Wilde (1854-1900)

“¡Engañar al que engaña es doblemente divertido!”
Jean de la Fontaine (1621- 1695)

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 Asunto: Re: Los Timadores
NotaPublicado: 12 Feb 2016, 21:39 
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2 de Flamerule de 1469 C.V., Salón de Baile de Saer Galen Raventree, Aguasprofundas.

Agatha Adarbrent decidió retirarse a uno de los divanes dispuestos en torno a la pista de baile, dónde mujeres más jóvenes, más ágiles y probablemente más sobrias que ella todavía se sentían con fuerzas para esquivar pisotones y declaraciones de amor inesperadas. Al comprobar que todos estaban ya ocupados, hizo un rápido ejercicio mental tratando de determinar cuál de sus propietarios le resultaba menos aborrecible y al final se decidió por Saer Augusta Talmost- Hawkwinter. No es que la vieja cotorra fuera particularmente de su agrado pero al menos se esmeraba en cargar sus comentarios con una buena dosis de malicia y criticar a los demás era un pasatiempo bastante más productivo que el de andar girando como una peonza de brazo en brazo. Mientras Agatha Adarbrent seguía abanicándose el generoso y colmado escote, observó a Saer Augusta Talmost-Hawkwinter bebiendo a sorbitos de su copa de jerez, hundida en el canapé de adamasco dorado, seca y retorcida como un sarmiento.

—Querida Augusta, permitidme que os diga que ese tocado resulta verdaderamente encantador — plegó el abanico y se golpeó con él en el pecho, una última vez. De un tiempo a esta parte siempre andaba sofocada. En cuanto a Saer Augusta Talmost-Hawkwinter lo cierto es que ya llevaba la peluca un poco torcida y bajo los bucles cobrizos de su magnífico postizo coronado con una pluma de pavo real asomaban cuatro traicioneros mechones ralos de una tonalidad gris paloma. — ¿Lo habéis mandado confeccionar en “La Favorita”?

Augusta Talmost-Hawkwinter chasqueó la lengua y con ello su dentadura postiza se proyectó hacia adelante. Dirigió los ojillos glaucos hacia Agatha Adarbrent con desgana.

—¿Y qué os parece si le vais a tomar el pelo a Saer Eleanora Urmbrusk? Dicen que uno de sus amantes la bautizó como “Valle de las Sombras” debido a su hirsutismo.

—Veo que vuestro ingenio no se agota con la edad, Saer Augusta. — cloqueó Agatha con voz ahogada — ¿Os importa que tome asiento a vuestro lado?

La anciana se encogió de hombros con un espantoso crujido de huesos que sólo tuvo lugar en la imaginación de Agatha Adarbrent. Al tomar asiento, el peso de Agatha catapultó a Augusta, cuyos diminutos pies vestidos con chapines quedaron colgando ridículamente a medio metro del suelo. La Adarbrent sintió varios muelles clavándose en sus carnes y eso le hizo pasear la vista por el salón, reparando en que probablemente había conocido tiempos mejores. Los espejos estaban ennegrecidos y las paredes, desconchadas. Al escudo familiar de los Raventree que presidía la sala le hubiera venido bien una nueva capa de barniz, además. La decadencia flotaba por encima de las cabezas de las despreocupadas parejas de baile como la muerte lo hacía sobre el pelucón de Augusta Talmost-Hawkwinter. Incluso era probable que aquel repugnante aroma a orina reseca manara de la vieja. Desplegó el abanico y volvió a darse aire con él. Buscó con la mirada al anfitrión de la fiesta, Saer Galen Raventree, quién en aquellos momentos se deslizaba por la pista de baile con una joven de cabellos oscuros.

—¿Quién es ella? —
Agatha se inclinó hacia Augusta todo lo que su olfato bien educado le permitió, sólo para descubrir que Augusta llevaba monitorizando los movimientos de Saer Galen Raventree desde antes de haber tomado asiento a su lado — Creo que nunca la había visto por el círculo.

—Una extranjera — Augusta lo dejó caer con tal despectiva vehemencia que Agatha se preguntó si esa sería la única información que recibiría al respecto. Pero la vetusta Talmost- Hawkwinter siempre tenía algo más que decir— Lleva varios días rondando a Galen Raventree. Ha debido de olerse lo de su viudez y ha acudido rauda a picotear de sus restos.

—¡Por el Derecho Divino, Augusta! Que Galen Raventree enviudó hace más de quince años.

Y qué quince años más mal llevados. Por el camino, Galen Raventree no sólo había perdido esposa, sino casi todo el pelo de la cabeza y, a juzgar por el estado de su mansión, la mano dura para regir sobre los aspectos más prosaicos del día a día, aquellos que deciden si una vivienda es un palacio o una pocilga. En esos momentos debía de andar rondando la cincuentena, aventuró. Era alto y juncal, hecho que marcaba unas finas arrugas sobre el pergamino de su cara al sonreir, pero la ley de la gravedad comenzaba a marcar todo aquello que algún día había sido retenido por músculo joven. Hizo memoria y no recordó más eventos sociales verdaderamente relevantes organizados por Galen Raventree desde que enviudara y esto no hizo otra cosa sino aumentar su interés por la supuesta extranjera. Se preguntó qué tipo de atracción podría suscitar alguien como Galen Raventree en una mujer joven venida de algún lejano país. Agatha Adarbrent siempre había sido fantasiosa y romántica- y quizás un poco estúpida-.

—Esta es una cazafortunas, os lo digo yo- afirmó Augusta Talmost-Hawkwinter, quién siempre había sido pragmática y cínica – y quizás un poco diabólica —¿Qué tipo de atracción podría suscitar alguien como Galen Raventree en una mujer joven? Ha venido por el dinero. Por el dinero y por el prestigio. Sé que os habéis sentado a mi lado porque, a pesar de vuestra risa atiplada de dama de la beneficencia apreciáis un buen chismorreo como la que más, así que os voy a contar todo cuanto sé. —bebió un sorbito de su copa, escapándosele un regüeldo que disimuló con un chasquido de la dentadura postiza — Dice venir de Tethyr, de Myratma. Se ve que es la hija bastarda de algún noblucho sureño de tres al cuarto cuya cama era calentada por una mucama elfa. Esos condenados tethyrianos todavía arrastran rencillas raciales de tiempos de La Reclamación. Pues parece que el padre ha muerto sin descendencia legítima y un sobrino ha heredado título y tierras. Ella, como podréis suponer, no está de acuerdo con lo del testamento. Así que se recorre La Costa de la Espada en busca de apoyos para recuperar lo que cree que es suyo por derecho propio. Si tuviera treinta años más y los pechos caídos, el único apoyo que hubiera conseguido de Galen Raventree hubiera sido un bastón. Supongo que a Galen Raventree le urge conseguir heredero. Bonito útero tethyriano le ha caído en gracia. Por cierto que, hablando de vergeles femeninos, esos sofocos vuestros no auguran nada bueno, Agatha.

Mientras la chirriante voz de Augusta daba parte en una letanía de datos metódicamente contrastados, Agatha seguía con la mirada a la pareja. Los músicos habían tocado al menos tres valses ya y aún no se había producido un intercambio. Él sólo parecía tener ojos para ella, mientras que su esposo, Saer Taddeus Adarbrent, escondido tras un espectacular bigote cincelado a cera, tenía ojos para todas. La tethyriana vestía de encaje negro y su atrevida extravagancia resultaba un importante foco de atención entre tanta remilgada seda color pastel, como si el protocolo agundino se le diera un dragón de cobre. Sus estilizados rasgos, herencia de su sangre élfica, le conferían una gracia exquisita que la distanciaban de las demás. Cada vez que se inclinaba hacia Galen Raventree para derramar en sus oídos una confesión secreta de sus labios tintados en rojo, éste irrumpía en teatrales carcajadas.

Sólo cuando la vieja arpía tuvo el atrevimiento de recordarle a qué se debían realmente sus sofocos y mareos, Agatha dejó de espiar la felicidad de los demás a través de la mirilla de las figuras danzantes. Se volvió hacia ella para protestar pero, debido al sobreesfuerzo informativo, Augusta Talmost- Hawkwinter se había quedado dormida. Forcejeó un poco contra los dedos artríticos de Augusta para arrebatarle la copa de jerez. Se bebió el contenido de un trago, sin importarle las marcas de carmín y babas sobre el vidrio. Comenzaba a sospechar que aquella iba a ser una noche muy larga.

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 Asunto: Re: Los Timadores
NotaPublicado: 15 Feb 2016, 16:52 
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Varias horas después, La Escalera Astillada, Distrito Portuario, Aguasprofundas.

El aceite de almendra terminó por arrastrar los últimos resquicios de maquillaje de su rostro. Contempló la imagen borrosa que le devolvía el espejo de latón barato; era una desconocida de facciones difusas quién se encontraba al otro lado. El tinte negro le escocía en el cuero cabelludo. Ya no recordaba cuál era el tono original de sus cabellos. Durante los últimos años había sido muchas personas a costa de sacrificar a Talivia Ha’valen. Tampoco es que la echara en falta.

Se puso en pie. Con rapidez, se deshizo del faldón de encaje que concedía a sus estrechas caderas un atractivo volumen convencionalmente femenino. Bajo la saya vestía unas calzas de cuero negro. Le había hecho una promesa a esa tal Talivia Ha’valen y hasta el momento había cumplido a rajatabla sus palabras. El vestido representaba complacencia y sumisión, podía fingirlos, pero su espíritu era ingobernable. Arreó un puntapié despectivo a la bola de tela crujiente en que se había convertido su atuendo y tomó del tocador una nota cuidadosamente doblada y la pitillera abollada que años atrás robara a su padre.

Estaba siendo un verano especialmente caluroso. Se asomó discretamente por el ventanuco que daba acceso a la calle separando un poco el postigo de madera. En el exterior, los cielos estaban adquiriendo ya el característico albor anaranjado del amanecer, los comerciantes comenzaban a asomarse con sus carritos y puestos ambulantes como caracoles tras la lluvia y los borrachos y juerguistas agotaban sus últimos minutos de diversión antes de que la decencia de la luz diurna les arrebatase la potestad de ejercer impunemente su crapulencia. Un hombre de aspecto astrado, de cabellos rubios y descuidada barba cobriza, se tambaleaba calle abajo del brazo de dos mujerzuelas que lo abandonaron a su suerte en el portal de en frente cuando se decidió a interrumpir su proceso digestivo arrojando hasta el alma por la boca. Los gatos callejeros se abalanzaron sobre él, quién era incapaz de espantarlos con sus patéticos aspavientos. Desde la comodidad de su tejado, Talivia Ha’valen, que se había autoproclamado a sí misma como “Reina de los Gatos”, maulló a los desharrapados. Cerró el postigo como pudo, ya que los goznes necesitaban un buen repaso de aceite. Lo cierto es que podía permitirse un alojamiento mejor que ese, en cualquier otro distrito de La Ciudad de los Esplendores, pero había descubierto que su cerebro funcionaba mejor en ambientes ruidosos y miserables. Las luces de bohemia con las que rodeaba su existencia había contribuido a engendrar algunos de sus mejores escritos. Deformar la realidad hasta convertirla en una suerte de absurdo era lo único que le ayudaba de verdad a soportar toda la fealdad sin gracia ni color en que la gente se empeñaba en convertir sus vidas. El ruido no le molestaba, le hacía compañía. No solía conversar con nadie fuera del papel que estuviera interpretando en aquellos momentos, porque las conversaciones vacuas y sin carácter sí que podían llegar a molestarla. Aguasprofundas era una ciudad perfecta para intentar ser feliz, un lugar enorme, escandaloso, con cientos de latidos diferentes, idóneo para convertirse en cualquiera y no tener que conversar con nadie, para acabar ebrio abandonado en un portal con una docena de gatos alrededor.

Se tiró en el catre cuán larga era, sin sacarse las calzas, con el torso desnudo. Ceñuda, observó las manchas de humedad del techo, sin aparente interés, hasta que recordó que todavía sostenía en la mano izquierda aquella nota. Con el pulgar derecho empujó un cigarro ya liado fuera de la pitillera. Se lo llevó a la boca, sin encenderlo. Las más de las veces era la necesidad de tener algo en qué ocupar los labios, más que llenarse los pulmones de aire viciado. Desplegó la nota y la leyó en silencio varias veces.


Citar:
“Galen Raventree financia actividades de Los Caballeros del Escudo”


Había recibido la nota en el Mercado del Distrito del Castillo, de manos de un músico callejero supuestamente invidente que ya en el pasado le había proporcionado algún que otro soplo fiable. No sabía muy bien por qué se había decidido a concederle un mínimo de credibilidad a esos ridículos mensajes ni por qué ella era le elegida. Quizás se aburría demasiado por aquel entonces y el misterio novelesco de los anónimos amistosos le resultaba lo suficientemente entretenido. De haber sido más sincera consigo misma, hubiese reconocido que aún arrastraba gran resquemor de todo lo sucedido en Aguasfuertes. Pero no pensaba mucho en Aguasfuertes, y cada vez que en su memoria se perfilaban los fatuos rasgos de su padre, o los atrevidos y arrogantes de Everuil de Siempreunidos, salvaba de un elegante salto el escollo de sus recuerdos.

La primera vez que lo hizo había empezado como un juego inconsciente. Seleccionó a su víctima, una suerte de seductor sin escrúpulos, en una sala de fiestas conocida como “Las Tres Perlas”. Lo estuvo estudiando durante varias noches hasta que al final se hizo pasar por una inocente novicia de Sune Pelofuego para despojarle de hasta el más mísero dragón. No recordaba demasiado bienqué había hecho con el botín, pero tal vez lo repartiera entre gente aleatoria de la calle – nunca había sido ostentosa, y consideraba el exceso de dinero como una falta imperdonable de mal gusto – y uno de los agraciados había sido su ahora ya viejo amigo invidente del Mercado. A esa representación teatral le sucedieron otras, cada vez más enrevesadas, como cuando adoptó la personalidad de una huérfana cormyta afectada de ceguera. Sus actuaciones formaban parte de la intrincada filigrana artística con la que se aislaba de la realidad. Hubiera dicho a cualquiera que sólo estaba interesada en la puesta en escena, que era una mera formalista del engaño, pero en el fondo resultaba ser una moralista gravitando en torno a la misma idea obsesiva de siempre. Proyectaba cada golpe y estridente carcajada contra Everuil de Siempreunidos, aunque ya no recordara el color exacto de sus taimados ojos de reptil.

Acabó por prenderse el cigarro rascando un fósforo contra el destartalado cabecero de la cama, que algún día estuvo pintado de verde. Dio una calada y con el rojo vivo del cigarro, quemó la nota. Ya estaba casi hecho. Simpatizante o no de Los Caballeros del Escudo, Galen Raventree se encontraba a punto de caer. Aquella misma noche, durante el baile celebrado en su villa, el aristócrata agundino, emparentado en segunda línea con una de las principales casas mercantiles de la metrópolis, había rogado con desesperación una cita privada. Doña Brígida Bosqueparejo rechazó educadamente la proposición, pero, haciendo gala de un adorable ingenio femenino, entregó a Saer Galen Raventree un pañuelo bordado con sus iniciales y perfumado delicadamente con “Maderas de Myratma”. De este modo dejaba abiertas las puertas a una posibilidad de cortejo siempre que se respetasen los tiempos y las pausas propias de un romance galante. Galen insistió en acompañarla a su residencia, una posada de lujo en el Distrito Norte, pero también se negó. Días atrás había registrado una habitación a nombre de Doña Brígida Bosqueparejo en “El León Rugiente” y hospedado en su lugar a una prostituta morena bajo orden de que nadie pudiera visitar sus aposentos, en caso de que a Galen Raventree le diese por investigar el asunto. Tenía todos los cabos bien atados y el plan marchaba según lo previsto. Por de pronto, mañana mismo había sido invitada a una tertulia literaria en los salones de Los Raventree.

Dejó escapar una nube de humo a través de las vías respiratorias. Le gustaba trabajar en Doña Brígida Bosqueparejo. Nunca se había teñido el pelo de negro. El acento tethyriano era interesante. Estuvo dándole vueltas a la cabeza sobre cómo abordar a Galen Raventree hasta que pergeñó aquella monumental patraña, lo suficientemente atractiva para un político presumiblemente ambicioso. Aprendió mucho sobre historia tethyriana en el proceso. Tuvo el tino de escoger una región lo bastante alejada de las costumbres agundinas, Las Marcas Púrpuras, como para que sus reivindicaciones estuvieran bañadas de un exótico y exótico tono casi calishita. Y, sobre todo, creía en su propia mentira, hecho fundamental para que los demás cayeran en el engaño con ella. El resto había sido poco más que chocarse contra Galen Raventree en el lugar y momento adecuados y esquivar cada intento de éste por consumar la fantasía antes de tenerlo completamente subyugado a sus – enormes- pies.

De pronto estalló en una carcajada que acabó por ahogarse en un acceso de tos. Se golpeó en el pecho, despegó el cigarro de sus labios resecos y lo aplastó contra el cabecero de la cama, regalándole al presidencial elemento decorativo de la habitación una nueva mancha que sumar a su larga colección de inquilinos. Más le valía ser cuidadosa con esas cosas pues no era la primera vez que se quedaba dormida con un cigarro entre los labios. A punto estuvo de hacer arder la habitación de una posada meses atrás. Sin lógica aparente, y no recordaba haber bebido más de tres copas de vino, se le vinieron a la cabeza ciertos versos tontos del “Rastro de Bruma” atribuidos a Mintiper Platalunar.

—Podemos estar aquí, podemos estar allí, como los hombres, oh sí, ¡estamos por doquier! Podemos ser buenos, pero también lo son los elfos, ¡el Pueblo, ya ves, tan altos y bellos! Podemos ser rudos, pero también lo son los enanos, ¡al menos a nosotros no nos asustan los barcos...!- canturreó con voz raposa y con ello le sobrevino por fin el sueño. Nada como vaciar la cabeza y llenarla de estupidez para decidirse a abandonar temporalmente lo tangible en pos de los sueños.

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 Asunto: Re: Los Timadores
NotaPublicado: 16 Mar 2016, 00:47 
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12 de Eleasías de 1469 C.V., Estudio de Saer Galen Raventree, Aguasprofundas.


Se sirvió una nueva copa de vino. No había sido la única. Todo el mundo bebía en las reuniones literarias de Saer Galen Raventree.

— ¡...Y yo os digo que la ausencia sistematizada de signos de puntuación será el primer escalafón de nuestra revolución creativa! ¡Digo “no” a la enfermedad mental que supone el punto y la coma! ¡Me alzo en armas contra la tiranía civilizada de la imperiosa tilde cuya traza asemeja al filo punzante que se hunde en el ojo del campesinado! ¡Sangre y pus! ¡Sangre y pus! — el infame literato sembiano Terencio Pallacanestro cada vez estaba más exaltado. No se le conocían obras publicadas, pero era un habitual de toda tertulia artística de la ciudad, dónde llevaba a cabo apasionadas defensas de las cuestiones más peregrinas — El futuro es una pluma sombría cargada de irreflexiva tinta negra como ala de cuervo. Eliminaremos a golpe de frase infinita a los jerarcas de la entonación pausada. ¡Se ahogarán en su propio hálito conservador al no poder aferrarse al salvífico y beatífico punto final! ¡Inspiración ven a mí! ¡A mí!— concluyó, regalando a la audiencia una genuflexión en busca de aplausos antes de acomodarse de nuevo en su diván.

Su más firme detractor, Leónidas Valenti, conocido sobre todo por ser uno de los pocos autores agundinos que todavía empleaba el punto y la coma en sus escritos, se levantó de inmediato para tomarle la palabra.

— No estoy de acuerdo— declaró. Y se volvió a sentar.

Al menos el vino era tashalano, pensó Talivia Ha'valen mientras removía su copa. Sintió un golpecito en su muslo derecho. La bovina Agatha Adarbrent estaba reclamando su atención con el abanico.

— Querida Brígida ¿estáis disfrutando de la velada?—le preguntó la bienintencionada aristócrata mientras pegaba sus labios embadurnados en carmín a la copa de vidrio. — Este Terencio Pallacanestro dice unas cosas la mar de interesantes. Es excepcionalmente brillante. — Agatha Adarbrent prefería las escandalosas novelitas románticas de Justine de Beaumarchais que escondía de los ojos curiosos de su esposo en el tercer cajón de la mesita de noche, pero confesar que había disfrutado con la lectura de “El peligroso vizconde de Marchalaise” en una reunión como aquella habría supuesto el suicidio social de los Adarbrent. Como Saer Taddeus le recomendó al poco de casarse con ella “cualquier cosa que no se entienda ha de ser buena por cojones, cielo”.

La misteriosa, sensual y distante Doña Brígida Bosqueparejo se limitó a asentir con una leve sonrisa. Era misteriosa porque era extranjera, sensual porque vestía de encaje negro y distante porque no hablaba demasiado. Los agundinos pensaban que tenía mucho mundo interior. Talivia Ha'valen sabía cómo vender a los demás un personaje fascinante cocinado con los ingredientes más rancios del mercado. Sus ojos saltaron de Agatha Adarbrent a la vetusta y recelosa Augusta Talmost- Hawkwinter, quién roncaba adormilada en una poltrona al fondo de la sala, pasando por los polvorientos cortinones de terciopelo verde que decoraban las ventanas con un toque de distinguida decadencia, hasta encontrarse con la faz de Galen Raventree. Jugó a chocar miradas con él, y comprobó que de éstas saltaban chispas hasta que, púdicamente, la falsa tethyriana rindió sus tupidas pestañas negras al arrollador encanto del maduro galán. De pie junto a la chimenea, Galen Raventree reía comentarios de un caballero de incipiente calva, pero en realidad reía para ella. Lo sabía porque llevaba meses estudiándolo y su risa nunca había resultado más grave y varonil.

La noche anterior se había entregado a Galen Raventree. O eso le hizo creer a él. No necesitó más que una discreta habitación de posada, una botella de vino, dos copas, un frasquito de láudano y una prostituta esbelta y de cabellos negros. La propia Talivia Ha'valen no vería con buenos ojos que diéramos explicaciones de más sobre el uso que le dio a estos cinco elementos. Así que no las daremos.

A la mañana siguiente, cuando un dulcemente indispuesto y sudoroso Galen Raventree abrió los ojos, se encontró con la figura de la aunténtica aunque fraudulenta Brígida Bosqueparejo, ya vestida de riguroso negro, sentada frente al tocador recogiéndose los largos cabellos oscuros en un tenso y pulcro moño bajo.

—Os amo— declaró Galen Raventree, incorporándose ligeramente sobre la cama. Talivia mantuvo dignamente el tipo cuando la blanda tetilla de Galen Raventree se descolgó con el movimiento. Se dijo que pagaría el doble a Rómula La Generosa, la ramera que había ocupado su lugar en tres posiciones diferentes— Os amo de tal manera que siento que nunca os tendré del todo. — se masajeó las sienes, entrecerrando los ojos azules. No recordaba gran cosa de la noche de lujuria desatada que había tenido con ella, pero al menos se notaba con la hombría descargada, así que dedujo que había cumplido con creces la faena —Necesito veros otra vez. Necesito veros todos los días de mi vida.

Qué bonitas palabras en los labios sinceros de quién la hubiera amado. Pero ella no creía en el amor, como buena cínica que era. Apretó la tuerca de su pendiente izquierdo. Detestaba las perlas. Echaba en falta su baratija en forma de estrella fugaz. Fingió preocupación para Galen Raventree, generando en él una inquietante expectación.

—Galen...— y la punta de la lengua se deslizó lentamente por sus labios. El nombre era importante. Sabía que era necesario hacer sentir a un hombre como si fuera el único sobre la faz de Toril. — Hace dos días recibí noticias de mi valedor en Myratma... La situación se ha agravado y estoy agotando mis últimos recursos. — prosiguió, con cautela, marcando las “erres” con énfasis. Percibía un brillo feroz y lascivo en los ojos de Galen cada vez que lo hacía.— Es posible que tenga que regresar a... — comenzó a juguetear con las manos sobre el regazo, cabizbaja.

— Callad, Brígida— tiró de la sábana y se descubrió por completo, regalándole un repentino e ineludible desnudo frontal. Lentamente, flexionó la pierna derecha y se acarició el muslo, pensativo. Carecía de vello de la mitad de las piernas hacia abajo, probablemente debido al uso continuado de ligueros masculinos. Compuso una figura que parecía la malsana parodia de un modelo de estudio pictórico. De buen grado Talivia le hubiera regalado una hoja de parra con la que cubrirse un órgano agotado que ya había brindado sus mejores frutos en el pasado— No habléis más. He de confesaros algo. Siempre me habían movido los prejuicios contra los inmigrantes tethyrianos. Para mi familia no representabais más que esa chusma sureña con ínfulas de grandeza y un ridículo culto a una pusilánime diosecilla que era necesario estirpar de la prístina y sobresaliente casta agundina. Pero cuando os contemplo, tan elegante e inalcanzable y, a pesar de todo, tan mía...— se puso en pie, algo mareado, caminando sobre los talones, pues el suelo estaba frío, y avanzó hacia ella—...todo lo demás deja de tener sentido y vos, sin embargo, prevalecéis en el caos, eterna y soberana.— tomó la cabeza de Talivia y la empujó contra su vientre, en el que todavía se marcaban unos cada vez más desdibujados abdominales. Ella cerró los ojos y se encomendó a todos los dioses del Seldarine, incluido Shevarash — Mi dueña y señora tethyriana...—susurró, acariciándole los cabellos negros con una delicadeza casi paternal. La piel de Galen Raventree exudaba un penetrante aroma a perfume caro, de aquellos a los que los perfumistas atribuían cualidades infalibles en el arte de la seducción. Talivia Ha'valen sintió que necesitaba un trago de aguardiente—Haré todo cuanto esté en mis manos por ayudaros en vuestra guerra y conservaros a mi lado. Y sentaré a nuestros hijos en el trono de Tethyr si así me lo pedís—y, efectivamente, siguió acariciándole la cabeza hasta que ella le pidió que cesara.


Seguía absorta en los desagradables recuerdos de la noche anterior, y en cómo, a pesar de todo, el último movimiento de su gloriosa sinfonía estafadora había resultado en un rotundo éxito cuando la puerta del estudio de Galen Raventree en el que estaba teniendo lugar la velada literaria se abrió para ceder protagonismo a un nuevo invitado. Al principio no le prestó demasiada atención, ya que su cerebro estaba sopesando detenidamente cómo desaparecer de la ciudad durante una temporada con el dinero de Galen Raventree sin provocar un escándalo inmediato. Agatha Adarbrent volvió a golpear a la falsa Brígida Bosqueparejo con el abanico.

—Es Saer Neville Fairfax VI— comentó, en petit comité, refiriéndose al recién llegado, un gallardo semielfo de caderas estrechas, hombros amplios y cuidado bigote negro—Es heredero de una estirpe de escritores, aunque no he tenido el honor de leer nada de Neville Fairfax V, IV, III, II o I.— de hecho, Agatha Adarbrent ni siquiera los conocía. —Se encuentra bajo el mecenazgo de Saer Galen Raventree. Actualmente está escribiendo sus memorias. Creo que el título provisional es “Cuarenta y nueve años con Galen Raventree: una vida consagrada al bienestar social”.

Pero la atiplada voz de Agatha Adarbrent, los ronquidos de fondo de Augusta Talmost-Hawkwinter o incluso la encarnizada defensa sobre el triángulo amoroso con un componente necrofílico como figura definitoria del conflicto en la nueva novela sentimental que en aquellos momentos estaba llevando a cabo Terencio Pallacanestro resultaban ya irrelevantes del todo. Protagonista a su pesar de su propia comedia romántica de enredo, Talivia Ha'valen se había zambullido de pleno en los ojos oceánicos de un desconocido.

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 Asunto: Re: Los Timadores
NotaPublicado: 17 Mar 2016, 17:33 
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22 de Eleasís de 1469 C.V., Sala de Fiestas “La Ninfa Sonrojada”, Distrito del Castillo, Aguasprofundas.

Según las canciones de amor, perdición siempre había sido un nombre de mujer. Aplastó contra la mesa el sexto cigarro de la noche y se aclaró la irritada garganta en la copa de vino. Seguramente, la mayor parte de esos compositores eran hombres porque, en aquellos precisos instantes, Talivia Ha'valen era plenamente consciente de que acababa de echar la primera palada de tierra de su propia tumba. Y todo por culpa de un varón.

Porque, en lugar de tomar el dinero de Galen Raventree y salir corriendo, se había arriesgado a jugar con fuego. De haber seguido con las líneas maestras del plan que meticulosamente había trazado meses atrás, en esos momentos estaría disfrutando de la fortuna del ambicioso y corrupto aristócrata en cualquier otro lugar de Faerûn. Sin embargo, en vez de poner pies en polvorosa, alargó durante una Cabalgata su asistencia a las reuniones del círculo social de Raventree sólo para coincidir con Saer Neville Fairfax VI. Ya sólo un nombre tan ridículo como ese hacía que mereciese la pena.“Es diferente a todos los demás hombres que he conocido en mi vida”, se decía a sí misma en la soledad de su habitación de alquiler en La Escalera Astillada, cuando dejaba de ser Brígida Bosqueparejo y no podía conciliar el sueño por las noches. Si se echaba un cigarro para relajarse, la nube de humo que se elevaba por encima de su cabeza cobraba la forma del rostro de Neville. “Sabe reírse de sí mismo y es lo suficientemente elegante e ingenioso como para reirse de los demás sin que éstos se den cuenta. No es convencional. Es atrevido. Tiene opiniones propias, y las fundamenta. Tiene personalidad. Tiene el rostro de...” Cuando el nombre propio llegaba a su mente, soplaba sobre la nube de humo para disolver aquella ridícula fantasía adolescente. Porque, muy en el fondo de su corazón, sabía que el único y exclusivo motivo por el que no podía sacarse a ese tal Neville de la cabeza era porque, de algún extraño modo, le recordaba a Everuil.

Pasó diez días esquivando los intentos de Galen Raventree por llevarla de nuevo al catre alegando preocupación por la situación de sus posesiones en Myratma cuando no, directamente, una terrible jaqueca, mientras le daba vueltas a cómo ponerse en contacto con Neville Fairfax sin levantar sospechas en su maduro pretendiente. Tras varios intentos frustrados, finalmente, el semielfo había recibido una nota de Doña Brígida Bosqueparejo, aprovechando un choque fortuito durante una cena en la villa de los Raventree. El texto era conciso. Tanto que, una vez entregado, Talivia temió haber resultado una buscona desesperada. Luego recordó que Doña Brígida Bosqueparejo podía ser perfectamente cualquier cosa. A diferencia de otras mujeres, se estaba volviendo más vulnerable e insegura con la edad. Ya no quedaba mucho de la nínfula manipuladora y egoísta que había sido en Aguasfuertes. Se había cambiado por una joven cínica, orgullosa e igualmente manipuladora.

Citar:
"Necesito conoceros. Si vos también sentís lo mismo, reuníos conmigo mañana por la noche en “La ninfa sonrojada”, cuando la luna alcance su cénit".


Y ahora lo estaba esperando, sentada al fondo de una sala de fiestas cada vez más vacía. Llegaba tarde y ya iba por el octavo cigarro. Maldita sea, comenzaba a odiar a Brígida Bosqueparejo. Por primera vez en cuatro años, deseaba ser ella misma, Talivia Ha'valen.

Demostrando un buen dominio de los recursos dramáticos, Saer Neville Fairfax VI hizo acto de presencia cuando la heroína de nuestra historia ya lo daba todo por perdido y estaba a punto de pedirle la cuenta al camarero. El semielfo caminó con decisión hacia la mesa del fondo enarbolando la mejor de sus sonrisas y un clavel reventón en la solapa de su impecable levita de terciopelo color azul ultramar. Sin más preámbulos, se inclinó ante ella y le ofreció su brazo derecho.

— Habéis llegado demasiado pronto, Señora Bosqueparejo. —comentó con amable ironía. Era de aquel tipo de personas con el suficiente encanto como para no tener que pedir disculpas por nada —¿Bailamos?

Y ella se aferró a él contagiada por la arrolladora seguridad que emanaba de cada poro de su piel. De fondo, los músicos ejecutaban una versión orquestada de una vieja canción que Talivia había ensayado un centenar de veces al piano siendo niña. Salieron a la pista de baile y las pocas parejas que aún quedaban en pie se apartaron para cederles el protagonismo. Todo resultaba tan natural como absurdo. Tomó su mano derecha, colocó respetuosamente la izquierda sobre su cintura, sólo para mandar toda formalidad a paseo con un golpe de cadera que atrajo el cuerpo femenino hacia él. Sintió que eran dos cuerpos celestes ejerciendo sus campos gravitacionales el uno sobre el otro, condenados a girarse mutuamente durante toda una eternidad hasta perder la cabeza. Qué tontería.

—Dicen las malas lenguas que sois el oscuro objeto de deseo de Galen Raventree, mi Señora. Esa Agatha Adarbrent es una cotorra de cintura inabarcable. Sabiendo de lo indiscretos que son estos agundinos, he de deciros que encuentro fascinante vuestro atrevimiento.—su voz era un crujido de seda azul oscura.

— Tanto como lo ha sido el vuestro para mí al decidiros a acudir a esta cita. Galen Raventree es un hombre poderoso y muy bien posicionado.

— No tan bien posicionado como nosotros en estos momentos, mi soberbia tethyriana— en un abrazo, la inclinó hacia atrás, deshaciendo el moño de Talivia con el brusco movimiento. En el tiempo que duran dos latidos de corazón, cerró los ojos y hundió la viril nariz en su cuello perfumado, arrancándole cosquillas con el bigote — Veo que ni negáis ni desmentís vuestra relación con él. Sabed que sois lo único auténtico y de valor en casa de Galen Raventree, Doña.

—Habláis rápido, Neville Fairfax, y yo sólo soy una pobre extranjera. Pero incluso alguien como yo, víctima de las barreras idiomáticas, puede darse cuenta de que los asuntos de mi corazón no os son indiferentes.

—Me preocupa la política internacional, y sé que los tratados más importantes siempre se acaban firmando en una cama. Este pacto no os será provechoso. Sin embargo, una alianza con una nación más pequeña, pero rica en recursos, y poseedora de unas encantadoras vistas...— añadió con picardía, atrayéndola de nuevo hacia sí para hacerla girar de inmediato hacia la derecha. Rozó con sus labios el lóbulo de la oreja de Talivia, cuyos cabellos negros, revoltosos como sierpes, se habían liberado de la tiranía del moño, y dejó caer un susurro —Estoy investigando a Galen Raventree. Su biografía oficial se me da un ardite. Lo único que me interesa de ese soberano hijo de la gran puta son las anotaciones marginales. Es un servil lacayo de Los Caballeros del Escudo.

Talivia calculó el tiempo en el que una inocente tethyriana tardaría en reaccionar ante una revelación incómoda antes de seguir hablando, pero Neville la hizo girar dos veces sobre sí misma y eso le concedió un margen de maniobra más amplio. Se aferró a sus brazos, que intuía tensos y poderosos bajo la ropa, para responderle en voz baja.

— ¿No os parece demasiado pronto para confiarme algo así, Saer Fairfax?

— En vuestra nota decíais que necesitabáis conocerme ¿verdad? Pues bien ¿cuánto tiempo nos queda para conocernos? Si fuera un caballero, os respondería que toda una vida. Y lo soy, y por eso no os voy a intentar besar esta noche. Galones no me faltan, por supuesto.— la música había cesado. Uno de los violinistas guardaba su ya su instrumento musical en la funda. Talivia contemplaba al apuesto Neville Fairfax con un brillo en la mirada que no había conocido en años. Su pecho, comprimido en un molesto corsé, se agitaba nervioso, exhausto tras el esfuerzo físico — Sé que tenéis previsto volver a Myratma de inmediato, y que probablemente contéis con financiación de Galen Raventree para vuestra causa. Lo primero lo sé porque es lo que se rumorea en los salones del círculo de Raventree, y lo segundo, porque, muy a mi pesar, es un hombre enamorado y hará cualquier cosa por reteneros a su lado. Ya veis que hasta un redomado cretino integral como él tiene alma.— atrapó la barbilla de Talivia con dos dedos y se permitió hundir suavemente el pulgar en su hoyuelo — Y mientras tanto, estoy trabajando en el capítulo de sus memorias en el que habla sobre vos, lo cual no deja de ser irónico, porque desde que nos cruzamos por accidente, llamadlo destino, no consigo sacaros de mi cabeza. Como juntaletras de oficio, he divagado mucho sobre el amor y me he reído a su costa, pero jamás creí que sería una jodienda tan enloquecedora como ésta— retiró la mano del mentón y se desprendió el clavel de la solapa y lo prendió en los cabellos teñidos de Talivia — No tenemos demasiado tiempo para conocernos, Brígida. Soy pobre, bohemio y sentimental. No tengo mucho más que brindaros. Por eso deposito mi vida en vuestras manos. Mi prenda es cuestión de confianza.

Se separó de ella, recomponiéndose la levita. La idea de confesar toda una estafa a alguien que acababa de conocer atravesó rauda el cerebro de Talivia, pero acabó estrellándose contra el muro de las ocurrencias nefastas, así que abrió la boca para soltar una auténtica estupidez.

—Espero poder volver a hablar con vos durante estos días sin que la amenaza de Galen Raventree pese sobre vuestra cabeza, Saer Fairfax. Nuestro encuentro ha sido breve pero intenso— dijo, colocándose un mechón tras la oreja derecha.

— No renunciéis nunca a la extensión ni al grosor en la consecución de algo intenso, Brígida. Si me dejaráis, podría ofreceros los mejores orgasmos de vuestra vida. — se despidió de ella con una florida reverencia, y se llevó con él toda la luz y energía de la sala.

El verano estaba llegando a su fin. Se quedó sola en la pista de baile. No era ella. Pero bajo el vestido de encaje negro, y los cabellos oscuros, sabía que una rubia solitaria y patética vestida de hombre estaba olfateando el clavel que minutos antes un desconocido le había regalado. No le gustaban las flores, y, en cualquier caso, prefería las orquídeas, pero el clavel era una flor muy tethyriana y era eso lo que se merecía por impostora.

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 Asunto: Re: Los Timadores
NotaPublicado: 24 Mar 2016, 20:03 
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25 de Eleasis de 1469, C.V., “El Descanso Gentil”, Distrito del Comercio, Aguasprofundas.

Las copas de vidrio entrechocaron, arrancando a la tibia noche burbujeantes gorgoritos de soprano. Él entrelazó su brazo derecho con el de ella y buscó su mirada resplandeciente en la penumbra de la habitación.

— Por las mujeres osadas y los hombres estúpidos que, postrados de rodillas, serían capaces de seguirlas hasta los mismísimos Infiernos — brindó Neville.

Era la primera vez en mucho tiempo que Talivia Ha'valen no recurría al láudano para envenenar el vino. Remojó los labios en el caldo y, de inmediato, arrojó la copa hacia atrás, deshaciéndola en mil pedazos.

— ¿Una costumbre tethyriana, Doña?— preguntó Neville, enarcando la ceja derecha con encanto granujesco. — Creía que la guerra os había empujado a economizar gastos. No tenéis fama de derrochadores precisamente.

— No. Una costumbre rashemí. Y desde ahora, mía — rodeó con sus brazos los amplios hombros de Neville. Era la necesidad la que impulsaba sus actos. No quería copas de vino entre ellos. No quería nada más que piel — Mía— repitió, acortando distancias, tanteando los finos labios masculinos — Dicen que atrae la buena suerte.

Buena suerte era lo que necesitaba. Sólo habían pasado tres días desde que la falsa Brígida Bosqueparejo se citara furtivamente con Neville Fairfax VI en “La ninfa sonrojada”. En realidad no era tiempo para forjar nada sólido, pero el escritor había intoxicado sus pensamientos. Debía de tratarse de aquello que algunos poetas llamaban “pasión”, una molestia enquistada en las entrañas, irracional y enfermiza. La misma que le había empujado a tomar la decisión más arriesgada de su larga trayectoria profesional y delictiva: sincerarse con alguien.

— Neville...— murmuró, separando sus labios de los de él. Aún no había probado el gusto a vino en su paladar.

— ¿Sí?— preguntó él, con voz enronquecida.

— Neville...— reiteró, sabiéndose incapaz de abordar la verdad en aquellos momentos. Sacudió la cabeza, y se abalanzó sobre él. En las noveluchas de a un cobre, las confesiones siempre llegaban envueltas en el humo del cigarro de la consumación. Ya habría tiempo para revelar secretos.

Mañana se reuniría por última vez con Galen Raventree para llevar a cabo la transacción económica. Era un hecho que Doña Brígida Bosqueparejo debía regresar a Myratma para solventar de una vez por todas sus cuestiones familiares. Había estado preparando el terreno meticulosamente, vertiendo la información necesaria en los oídos adecuados para que todo el círculo agundino tuviera constancia de la complicada situación de la bastarda semielfa. Un entregado Raventree se había comprometido a ayudar a la tethyriana en su causa entregándole los lingotes comerciales de platino necesarios para contratar los servicios de la afamada compañía mercenaria “Los Gallos de Zaz”. El plan de Raventree pasaba por reencontrarse con ella en la capital tethyriana, Darromar, dos meses después, con la intención de formalizar el compromiso matrimonial. El plan de Talivia Ha'valen, sin embargo, pasaba por agarrar el cofre con los lingotes y huir a algún paraíso de clima tropical como, por ejemplo Tashalar, dónde malgastar dulcemente la fortuna de Raventree en brazos de Neville Fairfax, bebiendo vino caro, burlándose de todo, y frustrando los tejemanejes de despiadados esclavistas Rundeen.

Mientras guiaba hacia la cama a Neville, a base de besos, caricias y empellones, se decía a sí misma que éste acogería mejor la verdad una vez rendido a ella. De momento, no estaba oponiendo ninguna resistencia, levantando las manos y sonriendo en las pocas treguas que ésta le concedía, con socarrona resignación. Los labios de Neville ocultaban un viejo sabor olvidado, picante como un vino especiado. Cuando, entre murmullos y jadeos, sus cuerpos enredados aterrizaron sobre el caro colchón de plumas de oca, la medianoche se estaba colando por la rendija de la balconada, en forma de un brazo de brisa que removió los pocos cabellos de Talivia que aún seguían en su lugar. Fuerte y acrobático, Neville rodó con ella hasta posicionarla de manera convencional bajo él. Se separó de ella para arrancarse la camisa, que arrojó a un lado tras marcarse una gallarda verónica. En su amplio tórax podría haberse escrito uno de esos folletinescos vodeviles que siempre implicaban sufrida mujer, atrevido amante y marido cornudo. Traicionada por sus pensamientos, Talivia Ha'valen estalló en una escandalosa carcajada que sacudió su pecho comprimido en las angosturas del corsé. La vida era una comedia delirante. Pero ya no le importaba ser la protagonista.

— Permitidme que os libere, mi Señora— con mano experta, tiró de los cordones del corsé para aflojarlos y, a pesar de todo, Talivia supo que la presión que sentía sobre su pecho, aquella que no le dejaba respirar, era de otro tipo. Neville se atusó el bigote, sonriendo con picardía, y se llevó las manos al cinto del que pendía la vaina de su espada ropera, dejándolo caer también a un lado de la cama.— No querréis que os pinche. No al menos de forma tan dolorosa.— se hundió entre sus enaguas, arrancándole de los pies los chapines de encaje negro — Qué pies más grandes tenéis, Doña Brígida— aulló el escritor, enterrado entre las interminables piernas de Talivia Ha'valen, colmando de besos la generosa superficie de la planta de sus pies.

— Son para caminar firmemente por la vida— respondió ella, ahogando las risas que el roce del bigote de Neville le provocaban.

— Así que esta es la célebre ardiente y racial mujer tethyriana.— sus manos amenazaban con traspasar la decorosa barrera de sus pantorrillas.

— En estos momentos me siento sin patria ni dueño— a propósito, había dejado de falsear su voz, olvidándose del marcado acento tethyriano para arrastrar las sílabas con su habitual cansancio ronco de nacida en La Frontera Salvaje.

— Implacable y gobernanta de su deseo.— sentenció, mordiéndose los labios en un vano acto de contención.

De un manotazo le subió las faldas, arrojando sobre su cabeza una cascada de espuma de seda y almidón. Cubierta con unos bombachos blancos adornados con cintas negras, pataleó sobre la cama, sin dejar de reir gozosamente.

—¡Voto a tal, mi dama, que tenéis más capas que una cebolla!.—exclamó él, trepando como un felino hacia su rostro. Lentamente, retiró la tela del faldón hasta descubrir los rasgados ojos verdes de Talivia. — Pero soy paciente, y os iré despojando de una tras otra.

Se contemplaron el uno al otro, fijamente, y en el abismo de sus egos, se reencontraron. Dejaron de reir, fascinados por la imagen del otro. Desde antes de conocerse, él perseguía insaciablemente el verde de sus ojos. Ella naufragaba en el azul de los suyos.

—Soy una mujer compleja, Neville.— respondió en voz baja. La tela de la falda descendía lentamente a través de su larga y recta nariz. — Vivo atragantada con una carcajada amarga desde que tengo uso de razón.— Sintió la caricia de la seda sobre el labio superior. Se los estaba desnudando. Pero no quería hablar con él sobre el pasado, ese recurso tan manido en el que se revolcaban los melancólicos y los imbéciles. El nombre de Everuil de Siempreunidos había dejado de tener valor. Volvió a reirse. Se reía de sus propias palabras, tan sobadas. Lo único que deseaba en aquellos momentos era entregarse a Neville Fairfax, sencilla, entera, despreocupadamente, desaparecer en sí misma para volver a recuperar su propia identidad, negada durante tanto tiempo.

El largo beso en que se perdieron carecía de forma y estilo pero fue sincero. No hubiera tenido ningún interés para un escritor. Pero si lo tiene la brutal patada que abrió la puerta de la habitación de par en par. Los amantes siguieron besándose hasta que sus atolondrados cerebros enviaron la orden de alerta a sus cuellos, que se giraron al unísono hacia la entrada. Desde el umbral, un gélido Galen Raventree observaba la escena, escoltado por dos matones, uno de ellos tan ancho de espalda como largo de altura. Era la primera vez que el aristócrata agundino parecía genuinamente peligroso.

—¡Me cago en el copón dorado de la gran ramera de Siamorphe!—
bramó, echando a perder toda su fría elegancia— ¡Yo os juro que os desmembraré con una cucharilla de postre, desgraciados! ¡Después de haceros tragar con esa misma cucharilla el contenido del copón!— se aclaró la garganta y se recompuso el chaleco de terciopelo burdeos. Señaló a Neville Fairfax VI, agazapado a cuatro patas sobre Talivia, con el mentón, dándole una silenciosa orden al sicario de su derecha, de claros rasgos túrmicos— Aunque es posible que a él se lo meta por las ancas del culo. Hasta la campanilla.—y chasqueó dos dedos.

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Última edición por Imperator Furiosa el 09 Abr 2016, 15:16, editado 1 vez en total
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 Asunto: Re: Los Timadores
NotaPublicado: 04 Abr 2016, 22:50 
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Inmediatamente después, exigencias de cliffhanger.


Imaginad por un momento que os encontráis a punto de consumar el acto con aquella persona que os ha arrebatado el raciocinio, las entendederas y algún que otro órgano vital. Imaginad, además, que en ese preciso instante, aquel otro pretendiente, al que no queréis nada más que por su dinero, irrumpe en el caldeado escenario de vuestra pasión, sorprendiéndoos ligeros de ropa y arrastrando con él la más gélida de las ventiscas. Está enfadado. Es posible que sea un mal tipo, un tipo peligroso. Siendo claros, lo que se dice un cabrón con pintas. Y os grita lo siguiente:

—¡Me cago en el copón dorado de la gran ramera de Siamorphe!¡Yo os juro que os desmembraré con una cucharilla de postre, desgraciados! ¡Después de haceros tragar con esa misma cucharilla el contenido del copón!

Es bastante probable que se os quede cara de imbéciles. Pues bien, así se sentía Talivia Ha'valen.

Tras los primeros instantes de estupor, ágil como un gato, a falta de una metáfora más imaginativa, Neville Farfaix rodó a un lado de la cama y recuperó la espada ropera que había arrojado al suelo. Descamisado, sonriente, pletórico, se incorporó sobre el mullido colchón de plumas de oca, interponiéndose entre los matones de Galen Raventree y Talivia. La maniobra de Neville concedió a la semielfa unos valiosos segundos para posicionarse en el espacio que mediaba entre la chimenea y el balcón. La falsa tethyriana, que precisamente por falsa, resultó ser no tan inocente como parecía, comprendió de inmediato que en esa habitación se iba a desatar un número circense de primera categoría y que más le valía improvisarse un arma o huir por la ventana para no volver jamás. Como se descubrió enamorada y quizás no tan miserable como se jactaba de ser, optó por la primera opción.

Neville Fairfax volvió la cabeza hacia ella, mientras apuntaba a la golilla del matón túrmico de cara aplastada que se acercaba lentamente a él con las enormes manazas abiertas y gruñendo, como hacen casi todos los matarifes que sobrepasan el metro noventa y pico de estatura.

—¡El atizador, querida!— indicó Neville, mirando de reojo al túrmico, sin perder la sonrisa, como si se hubiera visto envuelto más de una vez en una situación similar —¡Con el atizador de la chimenea! ¡Si lográis quitármelo de encima, os estaré tremendamente agradecido y más tarde acabaré por colocaros debajo de mí!— a continuación, se dirigió a Galen Raventree, que aún no había cruzado el umbral de la puerta—Como comprenderéis, Saer Raventree, lo primero de todo es equilibrar el combate ¿Tres y medio contra dos? Con el debido respeto, y sin acritud, vuecencia es un rematado hijo de la gran puta fullero y trapacero a más no poder.

Galen Raventree inspiró hondamente, apoyando la aguileña nariz bajo el puño de su mano. Se aclaró la garganta.

—¿Me habéis llamado...”hijo de la gran puta fullero”...?— guardó silencio unos instantes —Bravo. Magnífico. Aplaudo vuestro ingenio, sólo comparable al de Minipimer Platalunar.

—Es Mintiper, cretino.— corrigió Neville.

—Tened el valor de repetírmelo cuando os meta vuestras propias criadillas en la boca, fantoche. ¡Cúneyt!— interpeló al matasiete túrmico— ¡Acaba de una vez por todas con esto! He quedado a primera hora de la mañana con los Adarbrent para jugar a las cartas y necesitaré cambiarme de ropa.—señaló al otro de sus matones, pequeño y nervioso como una comadreja. —En cuanto a vos, Doña Bosqueparejo...

Mientras uno y otro intercambiaban palabras, Talivia había rescatado del soporte de herramientas de la chimenea un contundente atizador de hierro. Por supuesto, toda esta acción se había desarrollado en escasos segundos, pero bien es sabido que a los villanos siempre les gusta hablar más de la cuenta y es necesario conceder pábulo a sus diálogos. Rápidamente, saltó de vuelta a la cama y se colocó junto a Neville, guiñándole un ojo antes de lanzar un brutal golpe con el atizador sobre la cabeza del ya conocido como Cúneyt. El túrmico parpadeó, perplejo y, sacudiendo la cabeza, emitió un gruñido, pero no se desmayó.

—¡Necesitamos un poco más de fuerza y contundencia en esos golpes, Doña!—exclamó Neville, que a duras penas podía contener ya al grandullón, y veía cómo el otro se les lanzaba encima espada en mano.

Talivia se estaba preparando para asestar un segundo golpe cuando Cúneyt, que siempre había sido lento para todo, acabó por desplomarse pesadamente en el suelo, inconsciente. Neville Fairfax VI se carcajeó, eufórico.

—Vale, olvidadlo. El mastuerzo iba con retraso. Uno menos. ¡Y yo creía que estas cosas sólo pasaban en las novelas! ¡Para vos, beldad!— lanzó un beso al aire a Talivia—Hemos ganado en espacio y paridad, Saer Raventree. Ahora somos uno y medio contra dos.

—Está visto que tendré que ensuciarme la camisa.—replicó el aristócrata agundino con hastío, sacudiendo la levita hacia atrás para desenvainar el sable. El fajín rojo comprimía elegantemente su talle aún juncal cuando compuso una estudiada posición en guardia —Por cierto que se ve que sóis hombre de letras, cenutrio, porque no os acaban de salir las cuentas de vuestro ingenioso, por llamarlo de algún modo, cálculo. Volvemos a ser tres y medio contra dos. ¡Estudié esgrima con el gran espadachín Horacio Ruipérez!

—¡Hace años de eso, vejancón afeminado! ¡Y sabed que durante todo este tiempo os he contado como un “cuarto de hombre”, cabestro desbravado!— se volvió hacia Talivia, que empuñaba el atizador de brasas tal cual fuera una cachiporra. —¿Cómo nos los repartimos, Doña? ¿La comadreja para vos y el fósil para mí o viceversa?

—¡Según tercie!— replicó ella, imbuida del espíritu pendenciero de la escena.—¡Improvisación para cuarteto de cuerda y acero!

—Sea —concedió Neville Fairfax.

Pero, a pesar de la aparente caballerosidad de Neville Fairfax, éste, que no dejaba de ser un hombre y sentía la natural necesidad de medirse vergas con cualquiera, saltó de la cama al suelo, plantando los pies con la liviana elegancia de un gimnasta, y se lanzó de inmediato a por Galen Raventree, dejando que Talivia se las apañara con la más fea del baile, el matón cuyo nombre no sabemos y que es probable que no sepamos jamás. Y, así, mientras los dos opositores al corazón de Doña Brígida Bosqueparejo cruzaban aceros según las reglas del duelo, Talivia frenaba las arremetidas de Comadreja- llamémoslo de tal modo para agilizar la narración- interceptándolas con la barra de hierro.

—¿Cómo os las apañáis, Doña?

—¡Así así! ¡Me habéis dejado las migajas de este plato! —respondió ella, ladeando la barra para frenar un nuevo ataque de Comadreja, quién le estaba arrinconando en una esquina. Afortunadamente, la semielfa poseía nociones de esgrima, y era de rápidos reflejos. El hecho de que estuviera combatiendo con medio seno derecho al aire también contribuía a que el matasiete no alcanzara la concentración necesaria que su tarea requería.

—¡En cuanto pueda os echo una mano! Y la próxima vez, traed un puñal escondido en el liguero, aunque sea, pardiez. He desarrollado un imán especial para desencadenar situaciones caóticas. Orbito en torno al desastre y vos parecéis bien dispuesta a acompañarme.

Galen Raventree mordió el anzuelo de la provocación de Neville Fairfax. Los celos más atroces gobernaban sus acciones.

—¡Brígida!— exclamó, arrancando a su espada un chirrido metálico al chocar contra la de Neville Fairfax. El juego de pies del aristócrata retrocedía ante el atrevido avance del semielfo. Estaba perdiendo espacio—¡Aún estoy a tiempo de perdonaros, amada mía! ¡Volved a mi amantísimo regazo y os prometo olvidar esta insidiosa traición! Pero él...—apretó la cuadrada mandíbula, volviendo la cabeza hacia Neville—¡Esta repugnante rémora debe morir! Ni siquiera me presentasteis un capítulo terminado, mangante— el odio alimentó la renovada energía con la que arremetió contra su rival, pero, al mismo tiempo, reveló el principal punto débil de su excelente defensa: una mujer.

La astuta Talivia lo comprendió de inmediato. Acababa de tocar la pared con la espalda y Comadreja le estaba obligando a plegar más y más los brazos para rechazar las estocadas que lanzaba contra ella, cuidadosamente, evitando alcanzar los puntos vitales. Neville esquivaba y atacaba sin problemas, pero necesitaban de una estratagema que dispusiera la balanza de su lado, y era tan simple como mentir una vez más.

—¡Sí!—clamó, cerrando los ojos un instante. El monosílabo se deslizó por su garganta dolorosamente —¡Sí os amo, Galen Raventree! ¡Oh, qué ciega he estado!


El agundino titubéo durante dos segundos, tiempo suficiente para que el oportunista Neville Fairfax dirigiera un certero golpe contra la empuñadora de su contrincante y lo desarmara. Cuando el acero de Raventree rebotó en el suelo, Comadreja volvió la cabeza hacia atrás y Talivia aprovechó para asestarle un rodillazo en la hombradía y rematarlo a golpes con el atizador hasta que dejó de moverse y se derrumbó en el suelo. Le arrebató la espada de la mano y, cómo pudo , tirando del corsé hacia arriba para cubrirse los descocados senos, esquivó los dos fardos que en aquellos momentos eran los matones de Raventree para posicionarse junto a Neville, apuntando al pescuezo del maduro aristócrata. Talivia, cuyo pecho se removía al compás de unos latidos acelerados, era incapaz de mirar a los ojos a Galen Raventree. No porque se compadeciera de él, quién al fin y al cabo, había revelado ya lo suficiente de sus aviesas intenciones, sino porque detestaba haberle mentido, a pesar de todos los embustes en que lo había envuelto desde que lo conociera. Aquello había dejado de ser un juego intelectual y retorcido para convertirse en una cuestión de vida o muerte. Deseaba arrebatarle su dinero, no la existencia.

—Aún no hemos equilibrado esta balanza, Raventree—declaró el semielfo, alejándose un par de pasos con la espada en posición— Tranquilo, no os dolerá. Por ahora.— de arriba abajo, cortó el nudo de su fajín, y sus calzas se cayeron al suelo, revelando las medias con liguero masculino que cubrían sus nudosas pantorrillas. La muda de lino, eso sí, estaba impecable.—Mucho mejor. Me incomodaba la idea de tener que juzgaros medio desnudo estando vos completamente vestido. Ahora los tres aireamos nuestras vergüenzas en un incomparable marco de confianza y camaradería. —alzó levemente el mentón — Saer Galen Raventree, se os acusa de colaborar con Los Caballeros del Escudo, así como de demostrar un pésimo gusto a la hora de escoger vuestra ropa interior. ¿Algo que alegar en vuestra defensa?

Galen Raventree se mantuvo en silencio, apretando la mandíbula. Sus fríos ojos azules eran dos agujas que apuntaban directamente a Talivia Ha'Valen, quién mantenía el filo contra su garganta. Estaba convencida de que Raventree creía que ambos se habían compinchado contra él desde un primer momento. Ella, que se había dejado arrastrar hacia el epicentro del caos como los demás. Pero ¿quién era en realidad Neville Fairfax VI? Negó levemente a Neville , rogándole con la mirada que no acabara con la vida de aquel hombre al que, de un modo u otro, había engañado para conducir hasta la tumba.

—Así que no tenéis nada que declarar. —afirmó Neville Fairfax —En ese caso...

De repente, una sombra irrumpió en escena.

—¡Yo sí tengo algo que declarar!— atajó el desconocido, dando un paso al frente y deteniéndose en el umbral de la puerta. Era corpulento, y se apoyaba en un bastón.

Gracias a la buena visión heredada de sus ancestros élficos, Talivia reconoció en él al ciego que meses atrás, en el mercado, le había pasado la nota que inculpaba a Galen Raventree como simpatizante de Los Caballeros del Escudo.

A unas tres horas del alba, en aquella habitación de “El Descanso Gentil” se congregaban una oportunista en pololas, un aristócrata con las calzas bajadas, un vividor descamisado, dos matones inconscientes y un ciego indignado. Voto a tal que la alcoba se les estaba quedando pequeña.

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 Asunto: Re: Los Timadores
NotaPublicado: 10 Abr 2016, 14:17 
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Inmediatamente después (y ya van dos cliffhangers)

—¡Yo sí tengo algo que declarar!

El desconocido era ciego, no mudo, pero tardó en arrancarse a volver a hablar, creando gran expectación en todos los presentes, en mayor o menor grado de desnudez. Lo primero que hizo fue plegar su bastón, sacudiéndolo de un sólo movimiento para, a continuación, bajarse las calzas y, flemáticamente, mandarlas a paseo. Se quedó con el abrigo de paño ligero, y en paños, los menores. En la solapa del abrigo, Talivia identificó un broche con un símbolo que no pudo discernir con claridad en aquella penumbra. El ciego pasó por encima de la puerta derribada anteriormente por los matarifes de Galen Raventree.

—Creo que por fin cumplo con la etiqueta de esta fiesta— alegó, antes de volver a desplegar el bastón. El gesto evidenció la falsedad de su ceguera — Bien. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, ya recuerdo. ¡¡Tú!!— alzó el bastón y lo sacudió una vez más para descubrir la afilada punta retráctil de acero que lo remataba. Apuntaba a Neville Fairfax pero, lamentablemente, sobre todo para el principal afectado, Galen Raventree se hallaba en medio de tan peliaguada situación. Talivia sintió cómo la nuez del aristócrata agundino se removía nerviosamente bajo el filo de su espada al tragar saliva.—¡Repugnante gusano con bigote! ¡Se supone que teníamos un trato!

—No recuerdo haber firmado ningún contrato, soplagaitas.


El falso ciego, un actor más en aquella farsa de disfraces y personas que fingían ser lo que no eran, se arrancó las antiparras ahumadas con la mano izquierda y las arrojó al suelo, pisoteándolas con rabia contenida. Sus ojos eran de un corriente y moliente color avellana, sin ningún tipo de mácula y, por las chispas asesinas que brotaban de ellos e iban dirigidas hacia Neville Fairfax, veía perfectamente.

—¿Dónde están los documentos, Fairfax?

Talivia dirigió una mirada cargada de extrañeza a Neville. Él se limitó a encogerse de hombros y sonreir de medio lado.

—No sé de qué me estáis hablando. Es más, no recuerdo haberos visto en mi vida. Lo cual resulta de una ironía abrumadora porque el supuesto ciego aquí sois vos, no yo— declaró el semielfo, sin dejar de sonreir.

—El estudio estaba vacío ¡Vacío! Ni rastro de los documentos. Y por supuesto, ni rastro de la caja de caudales.

—Un momento, un momento—
interrumpió Galen Raventree, con las dos manos en alto — ¿De qué estudio estamos hablando?

—¡Vuacé a callar!— chistó Neville, pasando el filo de su espada ropera por los botones del chaleco de Galen Raventree. El comprimido vientre del caballero agundino pudo por fin expandirse a sus anchas, agradecido —¡Nadie os ha dado vela en este entierro, bujarrón!

—Y, además de desvalijar la casa, te has atrevido a dejarnos una nota indicándonos que te buscáramos aquí— añadió el ciego.

El pulso de Talivia titubeó levemente cuando se preguntó si no sería mejor apuntar con la espada al pescuezo de Neville Fairfax en vez de al de Galen Raventree. El caso es que, de todos los presentes, el noble agundino, al que los demás enfilaban, era el que menos relación guardaba con el enredo, a pesar de ser el centro gravitacional de las ambiciones de todos.

—Yo sólo pretendía facilitaros el trabajo ¿hm? Aunque es probable que mis muchachos hayan malinterpretado una de mis órdenes. Ellos son cortos de entendederas, aunque de noble corazón. Creo que al decirles que limpiaran la caja de caudales, le sacaron brillo absolutamente a todo el gabinete de Galen Raventree. Incluidas las pruebas incriminatorias. —ladeó la cabeza hacia Talivia y le murmuró entre dientes —Os debo una explicación, Doña. Id retrocediendo hacia el balcón, sin bajar la espada.— volvió a levantar la voz —Sin embargo, no sólo he sacado a la alimaña de la madriguera tal y como pretendíais, sino que os he conducido hasta ella. Aquí tenéis al ínclito Galen Raventree, un hideputa de los que ya no quedan. Casi como los dioses lo trajeron al mundo y preparado para ser juzgado por conspirar contra los intereses de La Alianza de los Señores. La maloliente sardinilla que servirá como cebo para pescar a los peces más grandes

—¡Ja!¡Acabáis de decir que no tenéis pruebas contra mí, memo!—exclamó triunfalmente Galen Raventree, emparedado entre un par de aceros a medio palmo de su garganta.

—Querréis decir que él no tiene las pruebas, excelsérrimo bastardo— Neville apuntó con el mentón al ciego.—Eso hará más divertidos los interrogatorios. Y legalmente cuestionables.

Por algún extraño motivo, Talivia Ha'valen decidió confiar ciegamente en quién se había revelado como un liante de primera categoría. Quizás porque aquello era como confiar en sí misma. No esperaba demasiado de la gente, tan sólo que le hicieran reír. Comenzó a retroceder, sin bajar la guardia, en dirección a la balconada. El falso invidente se dirigió a Talivia por primera vez.

—Sabíamos de tu intachable celo profesional y de la efectividad con la que habías llevado a cabo tus trabajos hasta el momento. Fuimos nosotros quiénes te dirigimos contra Galen Raventree. Respondiste a nuestras expectativas. A él...— señaló con el mentón a Neville—... le proporcionamos una falsa identidad que ha sabido aprovechar bien. Demasiado bien. Y ahora tiene los sacrosantos cojones de plantarnos cara. A nosotros. Arrestos no le faltan, pardiez. Lo preguntaré por última vez ¿dónde están los documentos?

—¡¡¿Quién es este asqueroso hijo de puta?!! ¡¡¿Quién?!!—
bramó Galen Raventree, hasta que Neville Fairfax cortó también de dos tajos sus calzones, dejándolo con las vergüenzas lindamente aireadas. Afortunadamente, los faldones de levita y camisa cubrían las partes más comprometidas de su madura anatomía.

—¡Silencio todos, carajo!—
atajó Talivia con voz rasposa, olvidándose ya por completo de su impostado acento tethyriano. Volvía a recuperar las riendas de su carácter indómito y bravucón. Se sentía engañada, ella, que era una estafadora profesional —¿¡Quién es quién aquí!? Más vale que alguien me dé una explicación convincente si quiere que me ponga de su parte.

— ¡Brígida...!— aulló lastimeramente Galen Raventree. Al hacerlo, algo removió sibilinamente los extremos del faldón de su camisa.

—¡Agh, cuánto odio ese nombre, por el amor del Corazón Dorado!—protestó ella.

Neville Fairfax se percató de que Cúneyt, el matón túrmico, comenzaba a revolverse en el suelo. Casi al mismo tiempo, se oyó un grito femenino procedente del pasillo. Sobresaltado, el falso invidente volvió la vista hacia atrás. Una anciana arrugada y enjuta, coronada por una espectacular peluca de rizos cobrizos, yacía inconsciente en el suelo. A su lado, un caballero de mediana edad rebuscaba entre sus pertenencias. Se trataba de Augusta Talmost-Hawkwinter y su amante, cuarenta y dos años más joven, el intelectual sembiano Terencio Pallacanestro. Siete meses atrás y después de darle muchas vueltas a un mismo concepto, Terencio Pallacanestro había llegado a la conclusión de que el cuerpo no se podía alimentar sólo de ideas así que, como muchos otros petimetres de salón, decidió buscarse la protección de una mujer influyente. Desgraciadamente, las más apetecibles ya estaban ocupadas y hubo de conformarse con los huesos- por proximidad a la muerte- de Saer Talmost-Hawkwinter. Se citaban cada quince días en un lugar diferente, por eso de dar a su otoñal romance un tinte escandaloso y novelesco, y aquella noche había tocado El Descanso Gentil. Se disponían a abandonar su nido de amor clandestino cuando, en el pasillo, se toparon con la dantesca escena de la habitación a seis puertas de la suya. Cuatro personas casi desnudas en una misma habitación era más de lo que el delicado corazón de Augusta podía soportar. Después de todo, ella se estaba entregando a un sólo hombre. Cuando Augusta se precipitó en el suelo, Terencio Pallacanestro se lanzó a por lo que más quería: su dinero. De un tirón, le arrancó la limosnera de su cinto y huyó corriendo hacia las escaleras. Terencio fue prófugo de la justicia durante aproximadamente cinco segundos hasta que se chocó contra el Cuerpo de la Guardia, en sustantivo. A pesar de que el posadero había aceptado el soborno de Galen Raventree y, a continuación, el soborno del ciego, se había hartado del escándalo que esos enfermizos excéntricos estaban organizando en una de sus mejores habitaciones y había llamado a la guardia.

Neville Fairfax juzgó que aquel era el momento de lanzar al aire su moneda de la suerte. El falso invidente se había despistado, los matones comenzaban a recuperar la consciencia y, a juzgar por el ruido y los gritos que llegaban de lejos, las fuerzas de seguridad locales estaban a punto de hacer acto de presencia en un espacio que ya le resultaba un tanto claustrofóbico. Se encontraba en la posición más favorable, lejos de la puerta y cerca del balcón.

—¡Caballeros!—exclamó, alegremente, retrocediendo mientras componía una fugaz reverencia —¡Ha sido un auténtico placer reírme de vuesas mercedes a la cara!— dedicó una sonora carcajada a su desconcertada y peculiar audiencia.

Rodeó a Talivia con el brazo derecho y cortó un trozo de cortina de un tajo con la espada ropera, antes de arrastrarla con él hacia el balcón. Ella no opuso gran resistencia.

—Confiad en mí— masculló, apretándola contra su torso desnudo—Nos voy a sacar de este apuro.

—No os llamáis Neville Fairfax VI ¿verdad?— se limitó a preguntar ella, con tanta calma como ironía, cuando saltó en brazos de aquel hombre desde un tercer piso.

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 Asunto: Re: Los Timadores
NotaPublicado: 12 Abr 2016, 21:13 
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Inmediatamente después (y ya van tres)

La balconada dominaba el perfil nocturno y durmiente de La Ciudad de los Esplendores, un nombre que, desde esa perspectiva, se le antojaba excesivamente pretencioso. Aguasprofundas no tenía nada de esplendorosa. Como en cualquier otra ciudad, los tejados estaban sucios del tizne de las chimeneas. Recuerdo del estío que aún se negaba a abandonarlos del todo, las noches todavía eran cálidas, pero la caricia de la brisa de madrugada se convirtió repentinamente en una gélida bofetada en cuanto el apócrifo Neville Fairfax se precipitó al vacío con ella en brazos. Sintió un agradable cosquilleo trepándole por el vientre y pensó que, si ese debiera ser su último recuerdo, al menos se parecía al vértigo del amor. Cerró los ojos y se abandonó en su pecho. Existían peores formas de morir.

Él murmuró unas palabras en élfico y cuando Talivia abrió los ojos de nuevo, descubrió que ambos se mecían plácidamente en el aire, a merced de las suaves corrientes. El suelo se dibujaba bajo sus pies cada vez con mayor nitidez. Talivia aceptó de nuevo la lógica que reinaba en el absurdo de aquella situación y, rebuscando en las profundidades abisales del escote de su corsé, se sacó un cigarro que se llevó a la boca.

—Espero que no os importe que fume, Fairfax, si es que os puedo llamar así. Me ayuda a pensar con claridad— aunque fuera un nombre falso, le agradaba su sonoridad y, después de todo, ella se consideraba una artista, preparada para sacrificar la verdad en aras de lo estético —¿Sabéis qué?— prosiguió, mientras descendían cómodamente gracias a los efectos del sencillo conjuro Caída de Pluma—Siempre acabo con el fulano menos recomendable de la historia.

—Sois toda una mujer fatal ¿hm? Siempre con problemas.

—Más o menos, pero sin el lujoso encanto novelesco de una existencia idealizada.—cerró los ojos y abandonó de nuevo la cabeza en el amplio tórax masculino. Había claudicado y se rendía a la evidencia de que se sentía irremediablemente atraída por el caos.

—Se os acabará pasando con la edad. La tontería de fijaros en el mal tipo, quiero decir. —con el brazo izquierdo en alto, el mismo que empleaba el cortinón a modo de paracaídas, el semielfo depositó grácilmente el pie izquierdo sobre tierra firme, flexionando la pierna derecha como haría un bailarín. —Es la única certeza que tengo en la vida. Un buen día, os convertís en mujeres, y dejamos de tener interés para vosotras. Y, entonces, os acabáis casando con el buen tipo.

—¡Que no escapen, pardiez!— de la balconada brotaban gritos e insultos. Neville alzó la vista hacia la ventana abierta por la que habían escapado, posando delicadamente a Talivia en el suelo.—¡Faltan dos! ¡¡¡Que no escapen!!!

—Esa rata del Aceituno ha debido de advertir a la guardia. Seguro que los ha comprado— comentó Neville, enredándose el cortinón alrededor de los hombros, a modo de pañuelo.

—¿El ciego? ¿De verdad se llama así? ¿Y quién se supone que...?

—¡Doña, hacéis demasiadas preguntas!— la tomó de la mano y la arrastró con él—¡Ahora toca correr!

Dos sombras flexibles y elegantes se dieron a la fuga en una huida frenética a lo largo de una solitaria Gran Vía hasta que encontraron un callejón en el que ocultarse y jugar al despiste. Mientras corría, los gruesos adoquines del empedrado se clavaban en las plantas de los pies desnudos de Talivia pero, a pesar de todo, no podía dejar de reír como una posesa. Cuando se detuvieron, mucho tiempo después de haber conseguido dar esquinazo a los guardias,Talivia dejó caer el peso de su cuerpo contra la pared del callejón, en un desesperado intento de recuperar el aliento. Desvió la mirada a su diestra, dónde varios ataúdes descansaban apoyados contra el muro. Luego alzó la vista hacia el letrero que pendía de la esquina, sacudido por ligeras ráfagas de brisa.

—“Urnas y ataúdes Henndever”—leyó del cartel, reprimiendo un acceso de tos —Muy apropiado. Si no salimos de esta, al menos no tendrán que desplazar nuestros cadáveres durante demasiados metros— le sobrevino un nuevo arranque de risa, pasándose la mano derecha por los cabellos negros y tensándolos hacia atrás. Contempló el gallardo perfil del semielfo, de soslayo. —Puede que logréis escapar de la justicia, Neville Fairfax, pero no váis a escapar de mí. Mi instinto de supervivencia, aunque mermado desde que os conozco, me exige que os exija explicaciones.

Él la tomó entre sus brazos, arrancó el cigarro apagado de sus labios y acalló su curiosidad con un largo beso, entre ataúdes y gatos maullando a una luna moribunda. Cuando ella se revolvió ligeramente para zafarse de sus garras, él se limitó a sonreír de medio lado.

—Me pareció escuchar pasos— se excusó.

—No vais a posponer durante más tiempo las aclaraciones. Confiaba en vos. Y me habéis arrastrado deliberadamente hacia una trampa. Preparasteis la cita de tal modo que Galen Raventree tuviera que aparecer. Os habéis llevado los lingotes. Me habéis engañado.

—Querréis decir que os sentís engañada.— corrigió el supuesto Neville, llevándose el cigarro de Talivia a la boca.

—Tal vez.— respondió Talivia, con cautela. Sabía que no podía bajar la guardia con él. No era lo mismo confesar un hecho objetivo, tal como pudiera ser haber sido engañada, que declararse a sí misma engañada. Los pronombres reflexivos se adentraban en el terreno de los sentimientos y, por consiguiente, de la vulnerabilidad. Sacudió la cabeza e intentó sondear en sus inquietantes ojos azules. —Pero eso no es lo que me preocupa, realmente. Ni siquiera os revelé mis intenciones... ¿Cómo...?

—Lo que yo me pregunto es si es Doña Brígida Bosqueparejo la que se siente engañada ó la gata callejera que sois en realidad. Os prefiero de rubia, sinceramente.

Esta vez fue ella quién arrinconó al semielfo contra la pared, arrancándole el cigarro de los labios, y le obligó a aceptar un apasionado beso que impidió que siguiera enumerando los motivos por los que Talivia Ha'valen tampoco gozaba precisamente de un historial impoluto y no se encontraba en una posición favorable para juzgar a nadie por fraude. La línea anaranjada del alba comenzaba a extenderse por la bóveda celeste cuando se separaron.

—Entonces ¿Quedamos en tablas?— preguntó él.

Recibió por respuesta un sonoro bofetón. Definitivamente, el pretendido Neville Fairfax resultaba una versión bastarda mejorada del bastardo de Everuil de Siempreunidos. Imposible no odiarlo. Imposible no enamorarse de él.

—En tablas— afirmó, acariciándose la mejilla sonrojada. —Esta noche habré puesto tierra de por medio entre Aguasprofundas y yo. Pasará un buen tiempo antes de que vuelva a asomar las narices por aquí. Me he granjeado unas cuantas enemistades, y no sólo con Los Caballeros del Escudo— comenzó a deshacer el nudo del cortinón que llevaba a modo de improvisada bufanda —Os metisteis en este juego por dinero. Estaría dispuesto a compartirlo con una buena jugadora como vos. Entonces, quizás, os lo cuente todo.— le lanzó la cortina— Pasaré a buscaros a comienzos de Solana. Antes, he de arreglar ciertos asuntos. Será mejor que os apañéis un vestido. Después de lo que hemos pasado, no querréis que os detengan por escándalo público, flaca.

Talivia apretó a conciencia el nudo de la cortina sobre el pecho, observando en silencio al apuesto truhán. Sabía demasiado sobre ella. Tanto, como para imponer la razón al sentimiento, que nunca había sido buen consejero. Los ataúdes apilados contra la pared enmarcaban siniestramente su sonrisa maliciosa. Le dio la espalda, rompiendo a caminar, descalza, y se despidió de él alzando la mano derecha en una peineta. Esperaba no volver a verlo en la vida. Esperaba volver a verlo esa misma noche.

—¡No me gustáis así, tan vestida, flaca! Os buscaré en La Escalera Astillada— añadió Fairfax, cuando Talivia era poco más que un enorme pie desnudo doblando la esquina.

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 Asunto: Re: Los Timadores
NotaPublicado: 20 Abr 2016, 16:14 
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Un par de horas después, La Escalera Astillada, Distrito Portuario, Aguasprofundas.

Una vez empacadas sus escasas pertenencias, Talivia Ha'valen se asomó por la ventana de su habitación abuhardillada en La Escalera Astillada. Alzó la vista al cielo en un intento de dilucidar la hora del día. El sol todavía no calentaba. Aún gozaba de un margen de tiempo holgado antes de que llegara la Solana. Quizás esa fuera la última vez que pudiera contemplar el paisaje urbano de La Ciudad de los Esplendores y por ese mismo motivo, y también para relajarse, decidió regalarse el cigarro final. Tomó asiento en el alféizar de la ventana mientras comenzó a liarse el cigarro. Ya se había decidido. No estaba dispuesta a esperar por un hombre como Neville Fairfax. Esperar por alguien así significaba esperar algo durante el resto de sus días. No iba a convertirse en otra de esas mujeres insatisfechas que no sabían hacer otra cosa más que esperar. Durante aquel juego de falsas identidades, él se había posicionado por encima de ella, y lo peor de todo, es que ambos lo sabían. Si coqueteó con la idea de amarlo, fue porque lo pensaba su par pero, en su egoísmo, Neville Fairfax se había concedido a sí mismo el papel protagonista. Talivia Ha'valen había llegado sola a Aguasprofundas por culpa de un hombre parecido a Neville Fairfax y sola se marcharía, sin más peso que el de su ligero equipaje. Igual de pobre. Libre de cargas. Rascó un fósforo contra el marco de la ventana y prendió el cigarro, al que procuró una larga calada. El humo intrusivo se apoderó de su paladar y de sus pulmones.

Dirigió la vista hacia la calle. Los pocos transeúntes que cruzaban la callejuela a esas horas tempranas parecían poco más que puntos negros desplazándose caóticamente en horizontal. Esbozó una media sonrisa cuando sus ojos toparon con el borracho del portal de enfrente. Celoso cumplidor de su deber, todas las mañanas amanecía tirado en el mismo zaguán. Hasta los vagos y maleantes poseían sus rutinas, como si todos respondieran ante un orden de causa mayor del que fuera imposible escapar. Menos ella. Era libre, pardiez. Incluso de los malos hábitos. Despegó el cigarro de los labios, dispuesta a demostrarse de que era capaz de atajar un vicio con la misma fuerza de voluntad con la que se entregaba a vivir al margen de las normas. Pero en vez de aplastar el cigarro contra el marco de la ventana, se limitó a arrojar un poco de ceniza por el tejadillo. Se lo volvió a llevar a la boca, y alzó la mano derecha, golpeándose la sien a dos dedos, lanzando un saludo marcial a su amigo el beodo anónimo. Por supuesto, no respondió. No sabía ni que existiera Talivia Ha'valen. Pero a ella le divertía sentirse como una especie de ente divino, libre de responsabilidades, observando las vidas de las gentes de aquella calle como si fueran industriosas abejas de una inmensa colmena, atadas a una existencia predecible. Quizás algún día se animaría a escribir una novela.

Y, de repente, sucedió lo inconcebible. Un lujoso carruaje tirado por dos sementales cormytas se detuvo ante el portal y el borracho, algo más arreglado que de costumbre, se puso en pie tomando la delicada mano enguantada en encaje negro que de él salía. Sin más, alterando el perfecto orden que la mente de Talivia le había concedido, se subió al carruaje y desapareció para siempre de su vida, calle arriba. La semielfa se frotó el cuero cabelludo, irritado a causa del tinte negro de la maldita Brígida Bosqueparejo mientras afilaba la vista sobre el coche de caballos. Por un momento, el rostro del azumbrado le resultó familiar. Desechó de inmediato la idea por peregrina, pero el nombre que se ocultaba tras esa desastrada barba apelirrojada permaneció dando vueltas y más vueltas por algún lugar de su subsconsciente. Expulsó por las vías respiratorias la última bocanada de humo antes de aplastar el cigarro contra la ventana, y se sacudió las calzas, preparada para ponerse en pie e irse de allí de una vez por todas.

Tan sólo se sobresaltó un poco cuando giró la cabeza hacia la estancia y lo vio allí, cómodamente tirado en el catre,con los brazos cruzados bajo la nuca y una sonrisa que hacía bailar traviesamente las guías de su bigote. En cierto modo, había previsto una jugarreta como aquella.

—Sabíais que me pasaría antes de Solana—aseguró él.

—Es una maniobra digna de un hombre como vos. Aunque los hombres como vos también suelen desaparecer sin dar explicaciones— se giró sobre el alféizar para quedar sentada frente a él, sin bajarse de la ventana.

—Ese parece ser vuestro caso, más bien. Pensabais dejarme sin despediros.—se incorporó sobre la cama y tomó con la mano derecha el asa de su bolsa de viaje —Si lo sabíais, debisteis ser más rápida. Tal vez no queráis deshaceros tan fácilmente de mí.

—La curiosidad mató a la gata callejera, supongo— mintió ella. Había previsto una nueva trampa de Neville Fairfax pero, lo cierto, es que había sido por culpa del tabaco que se había demorado más de lo previsto. Así de prosaica solía ser la cruda realidad. Tan pronto Neville Fairfax dejó de ser la fantasía romántica de su imaginación, esa misma mañana, había perdido cualquier atractivo para ella. Sin embargo, hacerle creer que estaba interesada en su secreto más de lo que realmente lo estaba, funcionaba de acicate para el ego masculino, probablemente dispuesto a confesar.

Él se puso de pie de un salto, y se acercó a ella. Parecía que hubiera pasado un año desde la noche anterior. A la luz del día, carecía de encanto alguno. Seguía siendo apuesto, pero nada más. Ambos se amparaban en el embrujo de la engañosa noche con premeditación y alevosía.

—No hay mucho que explicar, flaca. Me gusta el más difícil todavía. Se supone que mi misión consistía en despejar el camino para que esos entrometidos pudieran acceder a los documentos de Galen Raventree sin correr demasiado riesgo. Me convirtieron en un escritor de segunda fila por obra y gracia de la falsedad documental y se encargaron de mantenerme cerca de ese arrogante cretino. Por supuesto, muy en su estilo, no me advirtieron de que habían introducido una nueva jugadora en la partida, con la que esperaban asegurarse el éxito en caso de que el impredecible sinvergüenza de Fairfax les fallase. ¿Cuántas veces os contactaron?

—Una sola, durante el asunto Raventree. Alguna que otra más, durante estos años.

—Os tenían bien vigilada, eso os lo puedo asegurar. Incluso os ayudaron a mejorar vuestro engaño con un par de oportunos contactos en Tethyr. Hubieran recurrido a vos antes de que os hubierais hecho con los lingotes para pediros un favor. Siempre se han creído muy listos, manejando los hilos de los demás como si fuesen marionetas al servicio de un bien mayor. Pero no se puede engañar a un profesional del engaño. Volví a repartir la baraja de Talis según mi conveniencia y saqué la mano más alta, como de costumbre. Todo es cuestión de estudiar los movimientos de los contrincantes. El Azuth Invertido1, cegado por los celos, acudiría en busca del Ocho de Fuego2, dejando su reino desprotegido. Antes si quiera que los demás se diesen cuenta, los muchachos del encantador Elemental de Fuego3 habían desvalijado al Azuth Invertido y para cuando fue demasiado tarde, Ilmáter Invertido4, que había respondido a una falsa llamada, se encontró con la caja de caudales vacía y una nota que lo remitía directamente hacia el punto exacto en el que las demás cartas confluían. El resto, es puro espectáculo y puesta en escena —guardó silencio unos instantes —Y sí, he secuestrado información de vital importancia para La Alianza de los Señores. Nunca se han visto en los Reinos unos cojones tan cuadrados como los míos.

—¿Quiénes son ellos?

Él se limitó a sonreír. La respuesta era evidente. Talivia se rascó la mejilla, con el ceño fruncido.

—No conviene enfadarlos. Pueden llegar a ser tan peligrosos como Los Caballeros del Escudo. De hecho...— tomó a Talivia por la barbilla, con delicadeza—...no me planteé el traicionarlos hasta que os conocí. Al fin y al cabo, suelen remunerar bien los trabajos. He de admitir que encuentro irresistible vuestra escrupulosidad. Siempre fijáis vuestro objetivo en los sujetos más indeseables de la sociedad, como si el romanticismo idealista de vuestras acciones viniera a justificar la amargura que proyectáis contra el mundo. Necesitaba descifrar el secreto de vuestra mirada melancólica. Eso me llevó a reescribir toda la historia para regalaros el papel más deseado y deseable en esta farsa. Os proporcioné un hombre del que enamoraros— acarició con el pulgar derecho el contorno de los labios resecos de Talivia .

—Me engañasteis.

— No, flaca. Creé una ilusión. Soy un artista, al igual que vos ¿O acaso os habéis olvidado del pobre diablo de Galen Raventree? Ya no sois aquella veleidosa adolescente que no sabía qué hacer con su recién estrenada madurez—se inclinó sobre su oreja izquierda, aquella en la que se mecía, burlona, la estrella fugaz de plata que era su pendiente. — Quiero llevaros conmigo.

La certeza cobró forma de hombre. Ella tensó el cuerpo, como accionado por un resorte. En verdad estaba condenada a tropezar una y otra vez sobre la misma piedra, de manera rutinaria, como todos los demás. Tuvo que reírse. Daba igual qué rostro mostrara porque había encadenado su espíritu a la forma más esencial de Everuil de Siempreunidos. La atracción irracional que había sentido por Neville Fairfax cobraba sentido. No existía en todo Faerûn mujer más fiel que Talivia Ha'valen, ciegamente enamorada de una idea que había cruzado espacio y tiempo para encontrarla. En sus manos estaba cortar de una vez por todas con aquella enfermiza atadura.

—¿Cómo me llamo?— preguntó él, en un susurro de seda crujiente.

No iba a pronunciar su nombre. Cualquier nombre, menos ese. Rescató de su memoria el que llevaba bailándole en la cabeza desde que el carruaje se había llevado lejos de aquel lugar al borracho.

—Sulion Suravar— respondió ella, retirándole el cuello, mirando de frente, sin asomo de emoción.

Neville Fairfax se separó de ella, en silencio. Quién sabe si herido en su vanidad, tardó varios segundos en arrancarse en una sonora carcajada. Talivia se puso en pie y pasó junto a él, rozándolo. Neville Fairfax deslizó su mano derecha por el rostro y recitó unas palabras en élfico. Sus marcadas y viriles facciones en las que era posible rastrear sangre humana mutaron al paso de la mano, adquiriendo una estructura más lánguida y estilizada, de elfo. Everuil de Siempreunidos esperaba que ella volviese la vista hacia atrás y contemplara su verdadero rostro. Pero no lo hizo.

—Aún no os habéis hecho lo suficiente como para convertiros en la mujer de la que pueda llegar a enamorarme algún día, Talivia Ha'valen.

Talivia agarró la bolsa de viaje por el asa y la levantó de la cama. Qué poco pesaba su vida, amontonada de mala manera en un saco de tela. Apretó la mandíbula mientras sentía cómo algo parecido a agua salada humedecía su condenado ojo izquierdo. No sabía si se trataba de orgullo, o de amor.

—Francamente, querido, me importa un bledo—. y se marchó, dando portazo a un capítulo de su vida.




(1) Azuth Invertido, según la Baraja de Talis: Carente de escrúpulos, arribista, intrigrante, embustero, pillo, estafador, charlatán. Indecisión, ineptitud, voluntad débil, retraso, inseguridad. Voluntad aplicada a malos fines.

(2) Ocho de Fuego, según la Baraja de Talis: Indolencia, inestabilidad. Suceso material abandonado, quizás en pos de algo más elevado y espiritual. Interés que se esfuma. Vagabundeo.

(3)Elemental de Fuego, según la Baraja de Talis: Un hombre joven, quizás un artista, gracioso y poético. Es un soñador indolente de placeres sensuales. Puede significar un mensajero, una proposición o una invitación. 

(4)Ilmáter Invertido, según la Baraja de Talis: Jefe sentencioso, excesivamente crítico, moralista estrecho de miras, profesor autoritario, teórico limitado, consejero desprovisto de sentido práctico, carencia de apoyo espiritual. Ilógico, supersticioso, incapaz de actuar coherente y racionalmente.

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Vídeo hecho con poco amor y todo el tiempo del mundo.



NEVILLE FAIRFAX VI/EVERUIL DE SIEMPREUNIDOS

Everuil de Siempreunidos desapareció de Aguasprofundas ese mismo día, con los lingotes y los documentos. Tras gastarse la fortuna de Galen Raventree en dos meses, decidió poner en venta la información remitiéndola directamente a La Alianza de los Señores. Eso le permitió cumplir su sueño de comprarse un velero y llenarlo con rameras. Cansado al poco tiempo de una existencia tan disoluta, decidió hacer naufragar el barco cerca de las costas chultanas, dónde fue acogido por una tribu local y adorado como Megas Phallus, divinidad de la fertilidad masculina. Y cuando ni ejercer como deidad pudo colmar sus ansias vitales se lanzó de nuevo a la búsqueda de Talivia Ha'valen con la esperanza de que ésta ya hubiera madurado lo suficiente como para odiarlo durante el resto de sus días.
En cuanto a Neville Fairfax VI, adquirió fama de escritor maldito. La leyenda cuenta que nunca consiguió publicar una novela en vida aunque a día de hoy circulan por el mercado negro decenas de incunables a los que han atribuido su autoría. Cualquier señorito agundino que se precie de serlo ha de jactarse de haber leído uno de estos manuscritos.

GALEN RAVENTREE
Fue retenido en un sótano de algún caserón abandonado de Aguasprofundas y sometido a arduas sesiones de interrogatorios hasta que Everuil de Siempreunidos hizo llegar la información a La Alianza de los Señores, momento en que fue entregado a la justicia. Actualmente cumple condena en la prisión de mínima seguridad Correccional para Villanos de Segunda Categoría, emplazada en un peñón a media milla de la costa. Debido a una confesión que inculpaba a varios simpatizantes de Los Caballeros del Escudo, Galen Raventree no ha intentado escapar ni una sola vez, a pesar de que los carceleros han sufrido algún que otro oportuno despiste con las llaves. Durante su cautiverio ha podido concluir sus memorias de puño y letra, aunque el plan inicial de la obra ha sufrido ligeras modificaciones y en estos momentos el título provisional de las mismas es “Galen Raventree ¿se me permite un sentimiento?”.
EL CIEGO
Aunque consiguió evadir a la justicia haciendo uso de sus contactos, el fracaso total en que resultó la misión le valió el traslado a Erlkazar, dónde se ha pasado la mayor parte del tiempo dirimiendo disputas entre campesinos por cuestiones de reparto de tierras. Ha acabado por hacerse el sordo para no tener que escucharlos.

AGATHA ADARBRENT
Volcó todas las decepciones que le había provocado su rutinario matrimonio con Taddeus Adarbrent en una saga literaria erótica destinada a mujeres de mediana edad firmada bajo el pseudónimo de Whispers McAria

TADDEUS ADARBRENT
Le regaló una novela de Whispers McAria a su amante con la siguiente dedicatoria: “Cariño, eres demasiado aburrida en la cama. Ójala algún día seas tan guarra como Whispers McAria”.

AUGUSTA TALMOST-HAWKWINTER
Sigue viva. Lo que, teniendo en cuenta que este año acaba de cumplir noventa y ocho años, es un milagro. Sin embargo, jamás se repuso de la traición de Terencio Pallacanestro. Partió en dos el colgante en forma de corazón que le había regalado y escondió la parte correspondiente al escritor sembiano debajo de la almohada de su alcoba, sobre la que llora desconsoladamente todas las noches tras quitarse la dentadura postiza. No ha vuelto a yacer con varón desde entonces.

TERENCIO PALLACANESTRO
Terencio Pallacanestro fue arrestado por la guardia agundina ese mismo día y hubo de prestar declaración. Su testimonio no resultó de gran ayuda a la hora de esclarecer los pormenores del caso. La dureza del interrogatorio fue tal que acabó viniéndose abajo y confesando entre lloros que se había hecho escritor pensando que acabaría por comerse el mundo y que lo único que se había comido hasta el momento era una pasa bien arrugada. Decidió abandonar el mundo de las letras tras un bloqueo que ya le duraba cuarenta años y probó fortuna como actor, debutando en teatro con la obra “Una habitación con vistas a mi ataúd”. Una acertada reseña crítica señaló lo siguiente: “Premonitorio título para el debut sobre los escenarios de Terencio Pallacanestro. “Una habitación con vistas a mi atáud” es un funeral artístico en toda regla”. Terencio Pallacanestro se suicidó dejándose cocinar por un noble damarano con tendencias caníbales.

EL BORRACHO

Fue recogido de las calles por una relativamente joven viuda agundina que lo convirtió en su amante tras darle un buen repaso detrás de las orejas con agua y jabón. Esto no hizo sino acrecentar la afición de Sulion Suravar por las mujeres maduras.

CÜNEYT
Tras haber fracasado en su papel de matón de talla grande, Cüneyt cumplió condena de dos años en una cárcel no túrmica. Al cabo del tiempo regresó a su país natal, dónde abrió un puesto ambulante de carne de cordero asada.

COMADREJA

En realidad se llamaba Ranulfo McCaulay y no era mala persona, sólo que la vida le había tratado mal. Actualmente se gana el peculio restaurando muebles de segunda mano.
TALIVIA HA'VALEN
Huyó a Puerta de Baldur, dónde aparcó su carrera delictiva y adquirió cierta fama como cantante en salas de fiestas de cuestionable salubridad. Volvió a ser rubia pero no dejó de fumar ni de beber. Tampoco dejó de pensar en Everuil de Siempreunidos. No volvió a engañar a los demás, aunque todavía no ha aprendido a no engañarse a sí misma.

Y, de todos los finales, es el único que no es una mentira o una exageración. Pero esa es ya otra historia


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Relatos : LA GRAN ESTAFA EREVANIANA-El lío de padre y muy señor mío que puso a Talivia en movimiento
OCTALIVIAS (LIBELOS DE ARTE MENOR)-Octavillas pendencieras y otros poemas
LOS DUELISTAS-Pactos entre caballeros
LOS TIMADORES-Una comedia ligera
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 Asunto: Re: Los Timadores
NotaPublicado: 30 Abr 2016, 01:25 
Clérigo sin deidad
Clérigo sin deidad
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Registrado: 16 Jul 2015, 21:25
Mensajes: 501
Ubicación: Ganímedes
Edad: 35
Citar:
"La mejor obra literaria con viejas, menopausicas y ciegos jamás escrita, Imperator Furiosa alcanza el cenit de la narrativa con un glorioso desfile de miserables inolvidables aderezado con la irreverente aparición de tópicos típicos que harán las delicias de niños y cuñados. (5/5)"
PROVINCIANO DE PETICHIEN, Diario OGT

Citar:
"¡Esta historia es una soberana mierda! ¡Sólo vierte calumnias sobre mi persona! (0/5)"
GALEN RAVENTREE, El Correo de Alahurín

Imperator Furiosa escribió:
www.youtube.com Video desde : www.youtube.com

Citar:
"El soberbio erotismo que emana el delicioso Neville Fairfax VItan sólo es eclipsado por los prometedores destellos de un jovencísimo Sulion Suravar"
ANAL ROSA QUINTANA, AR: La Revista de Ana Rosa
"¿Quién ha conseguido esas...? ¡DEJAD DE EXHIBIR MI CUERPO!"
SULION SURAVAR, figurante de portales
"¿Será Susú un nuevo mito erótico al nivel del mejor Leo DiCaprio de los Noventa, chicas? _amorr ¿Será verdad que le gustan las mujeres maduras? :O ¡Qué envidia da la señora del carruaje! _desamorr "
JENNY ANGUSTIAS "SEPSI MUÑEQUI" VALENTI, LOKA! X Tí
"Sinvergüenza... ¡Nos veremos en los tribunales, Imperator Furiosa!"
STAR-LORZ, en contra de los desnudos

¡AHAHAHAHAHAH!
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Soberbio. Magistral. Imperial. Monárquico, radical y nada moderado. Sabía que no decepcionarías con este vistazo al pasado pufista de Talivia. No puedo evitar entrar en un bucle de risión cada vez que leo una intervención de los adefesios físicos y/o morales que haces desfilar delante de la Ha'valen. Liderados por un Everuil tan encantador y asquerosamente gilipollas como siempre. Y gracias por el cameo de Susú; si no se desnuda en Amn es por los respawns.

El vídeo es todo un detallazo —aunque nunca volveré a escuchar a Frankie Sinatra de la misma manera— y un descojone de esos que dan ganas de quitarse el sombrero. Menuda compilación de caspa te has cascado, una que no la censuraría ni H&S Heads & Shoulders. Espero que todo aquél que tenga un par o tres de minutos (mucho menos que una pausa publicitaria de ATRESMEDIA) lo disfrute tanto como disfrutable es el relato.

Me rindo a la evidencia. A sus pies, Señora. Si no le huelen.

Star-Lorz
P.D. Al final me picaré y acabaré lo pendiente, pardiez.
Editado por obra y "gracia" de los villanos de Photobucket.

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Última edición por Star Lorz el 25 Jul 2017, 19:03, editado 1 vez en total
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 Asunto: Re: Los Timadores
NotaPublicado: 01 May 2016, 11:18 
Pornoroleador a secas
Pornoroleador a secas
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Registrado: 02 Oct 2015, 10:42
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Ubicación: Posada Jamaica
Como amante de historias casposas y de rancia solera una servidora ha disfrutado de lo lindo y ha escuchado a su vez que gracias a tan tremendo film, la señorita Darcy probablemente enamorada y suspirante por alguno de los protagonistas, evitó convertirse en zombie y arruinar así su carrera como principal mujer orgullosa y prejuiciosa.

Continuación por favore _olee

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