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 Asunto: Los Duelistas
NotaPublicado: 12 Oct 2015, 17:11 
El plumas de Auril
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A comienzos de año...

El semielfo irrumpió en la taberna con el paso enérgico que lo caracterizaba. Sostenía en la mano derecha aquella octavilla, y en el corazón, más a la izquierda, el pálpito furioso de que encontraría allí a su autora. De espaldas a él, aquella zorra dorada de la Ha'valen decoraba con su extravagante sombrero la solitaria barra de La Luz del Alandor.

—Melancólica e irreverente —estampó el pergamino sobre la barra, por encima del hombro de la mujer, de un manotazo que apenas perturbó la calma con la que ella trasegaba aguardiente—. Y muy personal.

Sulion Suravar, quién había encaminado sus pasos hacia Athkatla tras hallar en Puerta de Baldur una pista fortuita sobre la mujer que le había arruinado la vida, no hubo sino de transformar la ira pulcramente trabajada durante seis años en una espontánea carcajada. Durante todo aquel tiempo probablemente había maquinado más de cien formas diferentes de hacer pagar a la menor de las Ha'Valen por sus fechorías pero, llegado el momento, mal que le pesara, el quieto cinismo con el que ella reaccionaba parecía la coda final de un mal chiste erevaniano.

—¡Patrón!¡Vino! —solicitó Sulion con un aspaviento grandilocuente de su mano izquierda.

Talivia Ha'valen se deleitó en una larga calada de su cigarro antes de dar inicio a una conversación que sabía cambiaría el curso de su existencia de un modo u otro. Envuelta en una nube de humo aromático como las hierbas del Waeldath calculó en el silencio el ánimo de su viejo persecutor. Siguió con la mirada la jarra de vino que Kalm servía a Sulion Suravar y la empujó hacia él, con mano desganada.

—Talivia Ha'valen ofreciéndome, otra vez, un trago de vino —Sulion tomó la jarra, mostrándole una sonrisa socarrona, defensiva quizás.

—Creo que ya no hay motivo para el De Havilland. Una lástima. Sonaba aristocrático —desvió discretamente el rostro hacia él, pero su intención era demostrarle cierta indiferencia con sus gestos.

—La última vez tuvisteis la deferencia de dejarme tirado en una cama —acercó la jarra a su nariz, inspirando el aroma del vino. Con la zurda recogió la octavilla y la plegó cuidadosamente para guardársela en el fajín.

—Quería que os sintierais cómodo —respondió la semielfa.

Consciente de lo molesto que le resultaba, Talivia arqueó el cuello hacia atrás y entrecerró los ojos lanzando un ataque de humo contra el rostro de Sulion, con una sonrisa esquiva que halló contrarréplica en la arrogante de él.

—Seguís con esa porquería, propia de Fermin Savant —apartó el humo con un aleteo de la mano.

—¿Os habéis teñido los cabellos? —preguntó ella al cabo de un minuto de pulso silencioso de miradas, rompiendo la tensión con absurdo y aleatoriedad.

—Siempre habéis sido vos más rubia, Talivia —el ceño arrugado dio lugar a una risa queda.

—De pelaje claro —arrojó un poco de ceniza al suelo, entrecerrando los ojos de por sí rasgados. Torció la boca en una mueca que pretendía sonrisa y expectoró levemente. El veneno negro comenzaba a hacer mella en sus pulmones tras años de amorosa dedicación—. Podría haceros muchas preguntas. Las mismas, imagino, que vos os habéis guardado para mí. Pero no me gustan los interrogatorios. Y detesto hablar sobre mí misma con franqueza. Es el primer paso para convertir el verso en prosa —dio una calada al cigarro, a pesar de la tos que le sobrevenía—. No. No haré preguntas. Anotaré vuestro nombre en un pergamino virgen y os dedicaré una rima apropiada. Sé que vos jamás haríais lo mismo conmigo, hombre prejuicioso. Si estáis aquí, ahora, es porque sois incapaz de pasar página.

La mente de Sulion Suravar se vio embargada de nuevo por viejos ecos de los cantos de sirena que escuchara tiempo atrás, en tierras lejanas. La voz rota de Talivia no era en absoluto dulce ni melódica, sino más bien turbia y fuerte como un trago de vino tinto, y quizás por eso, simplemente por eso, Ha'valen se le subía a la cabeza, peleona y confusa. Ella despegó de sus labios agrietados el cigarro, convertido tras hacerlo arder en poco más que colilla, y lo arrojó al suelo, pisoteándolo con saña con aquellos pies tan poco femeninos.

—Para no gustaros hablar de vos, habláis alto y claro para aquellos que saben leer las señales —el semielfo desterró de su cabeza antiguas imágenes a golpe de risa, y volvió a sacar la octavilla de su fajín.

—Que no son muchos. Ese poema ha sido mi reclamo —concedió ella, ahogando el regusto negro del tabaco en su copa de aguardiente. Se palpó el chaleco, en busca de la pitillera de latón que siempre la acompañaba, como un fetiche—. Disfrutad de este momento. Recrearos en la expresión de mi rostro, porque estáis a punto de contemplar algo muy singular —advirtió, liándose con soltura un nuevo cigarro que rápidamente, apagado, halló acomodo en las curvaturas de sus labios mientras Sulion exageraba su expectación enarcando alternativamente las cejas—. Insisto en pediros disculpas. No sólo me bajé el otro día las calzas por vos, hoy también seré capaz. En medio de esta posada, subida a esa mesa si queréis, estoy dispuesta a bailar con las calzas enredadas en los tobillos.

Al recuerdo de lo acontecido unos días antes, Sulion Suravar venció por fin el embrujo de la Ha'valen y encauzó sus movimientos hacia lo que había venido a hacer allí: ganarse su propio indulto. Lanzó una mirada suspicaz a la semielfa. No sólo arrastraba por su culpa una vida de fugitivo a lo largo de medio Faerûn occidental, sino que, recién puesto el pie en la Ciudad de la Moneda, como quién dice, persiguiéndola, se había tenido que batir en duelo a primera sangre por un enredo con un par de sembianos. Extendió una mano sobre la mesa y marcó el ritmo con un índice; un ritmo lúgubre

—¿Creéis que semejante majadería solucionaría, de verdad, algo de lo ocurrido durante estos seis años? —entrecerró los ojos, intentando escrutar la verdad en los ojos verdes de Talivia.

—No, pero os reiríais a mi costa, que es algo que yo he hecho a la vuestra durante al menos un par de años.- se frotó la comisura de los labios con el pulgar- No me amilano. Soy valentona y pendenciera. Y algo más vieja y sabia, espero, que hace seis años. A pesar de las advertencias de unos cuantos, he resuelto hacer las cosas a mi modo, así que prefiero enmendar afrentas pasadas.

—Estoy empezando a darme cuenta de la perniciosa facultad que parezco tener para que otros se sientan los Reyes de la Yartina a costa de mi integridad, física o espiritual —resopló Sulion.

—No confiáis en mí, ¿hm? Creéis que os la voy a jugar de nuevo. Y que os la jugaré en el momento más oportuno, justo cuando os dé a probar la miel de mis senos.

A la obvia provocación, tan fácil, Sulion se mordió el labio inferior. Infeliz de él, su mirada describió un descenso por el cuello de Talivia hasta la camisa holgada que prometía más que mostraba. Satisfecha, ella empujó el cigarro con la lengua hasta acomodarlo en la comisura izquierda, de modo deliberadamente lento.

—¿Me equivocaría? —insistió él.

—Rotundamente. Erraríais sin herradura, que es el error del asno. Os pido lo imposible ¿verdad?

—Lo improbable. Aunque... —se humedeció los labios, tintados por el vino bermejo—…no puedo evitar sentir una estúpida curiosidad por saber en qué nueva forma traeréis el caos a esta pobre vida mía —golpeó sobre el corazón, que tanto podía doler en manos de una mala mujer—. Una extraña y nociva admiración que...

—Poseo una belleza impura. Sólo creeríais la verdad de los labios inmaculados de alguien como vuestra madre —interrumpió ella, haciendo uso de un as revelado por su amante Everuil seis años atrás: la devoción inquebrantable de Sulion Suravar por su madre.

La tecla pulsada animó la fiereza del semielfo, quién tornó su voz en imperativa.

—Dejad a mi madre fuera de esto —advirtió con vehemencia antes de chasquear la lengua—. Os pienso llevar conmigo de vuelta a Aguasfuertes. Esta vez, vestidos como mandan nuestros respectivos géneros.

—¡Ja! Creo que no os he escuchado bien. Hace seis años que este cuerpo no conoce de la esclavitud de una falda ni de la opresión de los corsés.

—Los corsés se me antojan harto innecesarios para vos, Talivia.

—Soy más hombre que vos, que sólo lo sois por biología. Eso os lo aseguro —la semielfa palmeó enérgicamente sobre la barra.

—Me temo que no habéis conocido mejor hombre que yo —aseveró él, inclinándose sobre la barra y replicando un palmetazo, mirándola fijamente a los ojos una vez más, manteniendo un silencio valorativo.

—¿Vais a llevarme por la fuerza, Sulion Suravar? —respondió Talivia con una barbilla retadora y un nuevo palmetazo.

El valletano zanjó la discusión con una palma postrera sobre la castigada madera.

—Os concedo una tregua —anunció, tomando aire, aunque hubo de añadir una advertencia a índice alzado—. Bajo mis condiciones.

—Hablad —asintió ella, categórica. Despegó el cigarro apagado de sus labios y se lo colocó en los de Suravar, cuyo rostro pintó de ira durante unos breves instantes—. Chupad, chupad, que de este no sacaréis provecho. Sois todo un vicioso, otrora bisoño sobrino.

—Me definiréis toda la vida por mi tío, Talivia —negó, apartando el cigarro de la boca. Con dos dedos, lo arrojó contra el rostro de la mujer que no hizo otra cosa sino reírse con su voz aguardentosa—. Será vuestro error.

—Creo que vuestro tío no se merece ni una sola mención en esta hoja en blanco que será vuestro poema —suspiró largamente, arrojando al suelo el cigarro proyectado contra su rostro.

Sulion Suravar no sabía hasta qué punto, pero Talivia Ha'Valen llevaba marcadas a fuego sobre su piel las yemas de los dedos de Everuil el Bastardo, y por más que había hecho en borrárselas, el alcohol se lo había llevado todo menos su mil veces maldita sonrisa.

—Os concedo una tregua hasta que despluméis a esa cigarrera que tenéis por autoproclamado protector. Os juro que no había visto abordaje semejante ni en los puertos más sórdidos de la Costa de la Espada —rió abiertamente—. Hablo del extorsionador de medio pelo. El arribista de barrio conflictivo. El que se cree que gobierna destinos cuando no sabe más que alardear como un baladrón.

—Es todo más sencillo de lo que suponéis. Creía que habíais leído ese poemilla —respondió, mesándose la barbilla, buscando una señal en el poso de su copa de aguardiente—. Si os lo tuviera que explicar, ni vos ni yo nos mereceríamos esta conversación —guardó silencio unos instantes, disfrutando de la corazonada que le estaba llegando en aquel momento, encarrilada por la conversación y los gestos. Se la iba a jugar a una sola carta—. Vamos a cambiar las tornas. Mis asuntos son míos. No tengo ninguna intención de volver con vos a Aguasfuertes por el momento. Y a cambio os pido que os quedéis en estas tierras durante al menos seis meses y que me concedáis la oportunidad de demostraros mi arrepentimiento no con palabras sino con hechos. Esos son los términos de mi contrato.

—Bajo mis condiciones —recordó él—. Si no lo demostrarais, no quedaría sino batirnos, ¿hm?

—Si al paso del tiempo estipulado no quedáis satisfecho, regresaré con vos al norte —puntualizó—. Vestida con sedas rosas.

—No, Talivia Ha’valen. No soy amigo de las cosas sencillas. Pierdo el interés en ellas. Llegado el tiempo estipulado, de no haberme convencido, nos batiremos. A primera sangre, pues sois caballero. Si me vencéis, decidiréis qué hacer conmigo. En caso de venceros yo...

Sulion tendió la mano con firmeza y decisión hacia la semielfa, quién le obligó a mantener el gesto sin respuesta.

—No me vengáis ahora con que sois zurda por imitación, pardiez.

—Lo soy por voluntad de cambio. Nací diestra, pero eduqué la siniestra. La torcida pone nerviosa a la gente de bien.

—Qué razón tenéis, Estafadora —hizo fluir la risa entre dientes, haciendo un cambio de mano—. La zurda pues. La mano de los mentirosos.

Y la mano de las estocadas. Ella le tomó por fin la suya, satisfecha con el trueque. Apretaba más de lo debido mientras ensanchaba una sonrisa zorruna, de miradas cruzadas, que halló respuesta en un pulso abierto.

—Suravar, sobrino de mala pécora... —masculló.

—Ha'valen, hija de un cornudo... —apretó los dientes.

Quizás fuera el alcohol, que la mano se aflojara, o quizás el corazón, reblandecido al tacto de mujer, con voz y pies de hombre, aunque mujer al fin al cabo, pero ella acabó llevándose a su terreno la mano de varón, estampándola sobre la barra con fuerza y sin piedad.

—La fuerza por la boca... —gruñó él, reconociendo la derrota en aquél primer lance.

—Mientras no os salga por el ojo de las mil arrugas, todos en paz —respondió ella, frotándose la mano dolorida contra el muslo.

—Para vos— con la mano aplastada por la suavidad de una patita de zorro, abrió la levita, desenvainando una bellísima espada ropera que arrojó sobre la mesa—. Si hemos de batirnos, que menos que hacerlo con buen acero agundino. Seis meses, Ha'valen.

Offtopic :
Adaptación literaria de una escena acontencida en el servidor. Continuará si ninguno de los contendientes estira la pata antes de tiempo.

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 Asunto: Re: Los Duelistas
NotaPublicado: 14 Oct 2015, 14:21 
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Un mes después...

Desde las gradas vacías, los ojos almendrados de Sulion Suravar recorrían los recovecos del campo de justas de Mínsor, imaginando cómo sería el aspecto de aquel espacio repleto de damas alborozadas y campeones de la fe. A falta de un vicio pinturero y melancólico, como bien podría ser el fumar, coloreaba el aburrido punto muerto de la espera con pinceladas de nostálgica imaginación. Tampoco quería darle muchas vueltas a Talivia Ha'valen, pues ya le había concedido demasiados pensamientos en el pasado, y se le antojaba una criatura tan voluble y desconcertante que no cabía razón a la hora de enfrentarla, si acaso una carcajada absurda y espontánea. Por algún extraño motivo, por alguna estúpida adicción al riesgo adquirida durante sus años de tarambana a la fuerza, había accedido a su capricho de seis meses. Un tiempo menor que el ocupado por un embarazo pero que, sin lugar a dudas, acabaría por desembocar en todo tipo de situaciones embarazosas.

—Si esas nalgas no me llevan a engaño, como en su momento se lo llevaron a un fulano llamado Armand, sois Sulion Suravar —y entonces la bruma verde de El Embaucador se materializó en cuerpo de mujer y voz de cazallera—. Os tengo las posaderas bien catalogadas. Pétreas y perfiladas como dos caparazones de tortuga —dejó caer el peso de su cuerpo contra una de las columnas que decoraban la pared de cierre, cruzándose de brazos.

Así que la Ha'Valen de pelaje dorado había regresado ya de sus regateos en el mercado, irrumpiendo en la calma impaciente de Sulion Suravar, con una provocativa desgana tan contradictoria como sus erráticos movimientos para ganarse el indulto.

—Lo sabía —Sulion volvió la vista sobre su hombro izquierdo, afilando la comisura en una sonrisa arrogante—. Sabía que las mirabais más veces de las adecuadas para una dama virtuosa.

—Nunca me he jactado de serlo. Violé la virtud a la tierna edad de once años, cuando me llevé mi primer cigarro a la boca —replicó la Ha’valen.

La hábil actriz que era ocultó la satisfacción obtenida al arrancar al semielfo una sombra de horror y sonrojo, vestigio de su educación que el vino no había podido arrebatarle del todo.

—A pesar de que queráis convenceros de que es la desgracia lo que os persigue, lo cierto es que no he hallado comerciantes más crédulos que los selûnitas —continuó ella mientras, con un tirón seco, se arrancaba la cuerda de una de las limosneras que pendían de su cinto—. La Diosa del Trato Justo nos ha mostrado su favor —sopesó el saquito de cuero, que tintineó alegremente a la sacudida—. El contante producto de nuestra singular asociación.

Talivia Ha’valen le arrojó la bolsa de monedas a Sulion, quien la atrapó de un zarpazo, llevándola contra su jubón tras hacerla sonar contra una de sus proverbiales orejas.

—Y algo más. Ya las he conseguido —anunció—. Habréis de escoger.

Se despegó de la columna y avanzó hasta situarse a la altura del suspicaz Sulion Suravar, tendiéndole un par de varitas de hueso, cuyo extremo inferior ocultaba con la mano escrupulosamente enguantada. Viéndola así, el semielfo cayó en la cuenta de que, en todo el tiempo que llevaba allí en Amn nunca le había visto las manos desnudas. El mestizo de las Tierras de los Valles se preguntaba en qué varita residiría la trampa, como venía siendo costumbre en todas las decisiones que había tomado a lo largo de la mayor parte de su existencia. Se jugó la mano a la izquierda, por querencia al desorden.

—La última vez que me la jugué a algo parecido, acabé bailando por mi vida en unas ruinas olvidadas —murmuró en voz baja, asaltado por un recuerdo no demasiado lejano.

—La palabra de mando es “Amor” —aflojó la mano para que un perplejo Sulion pudiera tomar su varita.

—Bromeáis —aseveró al instante, con poca necesidad de creer en intenciones románticas por parte de la Ha’valen—. Ese bastardo de Everuil gustaba de palabras como “cabrón”, “majadero”, “anormalidad”, “birlibirloque”... ¡Ah! —suspiró, revelando una sonrisa cándida—. ¿Y bien? —apuntó a la cínica con la varita, teatralmente amenazante.

—Por una vez en la vida, lo del amor va en serio. El arcano que me las ha vendido debe de ser un pertinaz consumidor de pastiches merengosos. Mucho me temo que tendréis que comportaros como un héroe romántico y clamar “Amor” cada vez que queráis desencadenar sus efectos —la semielfa colgó su varita al cinto, y acabó por descansar las manos en la balaustrada que daba al campo de justas—. A quién se lo arrojéis me es indiferente.

—Os aseguro que semejante activación de conjuro hará que parezca que me amo mucho, Ha'valen —confesó Sulion, conocedor de los peligros de los caminos amnianos; peor aún, de sus gentes.

—No creo que sea ninguna novedad para vos activar la varita a base de mucho amor propio, ya sabéis —la Ha’valen lanzó un nuevo zarpazo verbal contra su socio-a-la-fuerza.

—Claro. Y “Talivia” es palabra de mando —alcanzó a replicar él, poco dispuesto a dar ese lance por perdido.

—Cómo me conocéis. No nací para someterme. Bueno... —intentó cambiar de tercio, paladeando la pausa mientras volaba la mirada rasgada hacia la arena. Tenía por credo llevar siempre las riendas de una conversación incómoda, y las declaraciones de cariz personal lanzadas por otros que no fueran ella, le hacían saltar hacia otro tema, o a una barbaridad aún mayor—. Alguna vez me batiré en justa lid contra todos los malos poetas de Amn —le dedicó una mirada de soslayo.

—Justa lid y una muy larga. Estoy firmemente convencido que todo poeta y juglar del Sur se las da de auténtico Bardo —con aire soñador, apoyó un pie en la baranda, descansando un brazo sobre el muslo.

—“Ortografía” será mi caballo, y “Sintaxis” mi lanza.

—Cómo os gusta lo de los ortos... —entornó los ojos, viéndoselas de escudero o algo peor—. Pena de Everuil.

—El culo es un gran recurso estilístico. De él sólo salen o entran indecencias. Lo cual es muy apropiado para mis fines.- rió ella- Sois un marrano de categoría ¿hm? Con lo tranquila que estaba, y ya me habéis tenido que poner los cachetes en pompa.

—¿Los cachetes en...? —apartó la mirada de ella, azorado—. Santo Padre, libertina... Ya os refinaréis con la edad, pardiez.

—Jamás —rugió ella, categórica—. Soy fiera y joven de espíritu, Suravar, que es lo que importa. Vivo enamorada del ímpetu irreverente de la juventud.

—Espero que ese enamoramiento no acabe con vos ahogada en el fondo de un lago por intentar besar vuestro propio reflejo, ¿hm?

—Si he de ahogarme, que sea en el culo de una botella —se jactó ella—. ¿Queréis atarme en corto con un collar de perlas, como atan los hombres a las mujeres? ¿Pensáis que la decencia de un adorno de mujer me convertiría en esposa adecuada? —se toqueteó la mejilla con sus dedos enguantados, imitando desde el fondo de su espíritu riguroso e intelectual la coquetería más meliflua—. ¿Habéis imaginado esta piel tan fresca y descarada, tan libre, mancillada por vuestras ansias de “refinar” o “redimir”? ¡Qué falta de talento, voto a bríos! Habláis como cualquier pisaverde de los que rondan las afueras de Athkatla.

—De mancillaros, que sea entre sábanas —dijo sin mirarla siquiera—. Mi interés en vestiros pasa de alguna manera por llevaros de vuelta a Aguasfuertes, ya lo sabéis.

Talivia le retiró la mirada, sabedora de que las pupilas revelaban más a menudo de lo que quisiera emociones o pensamientos que el resto del rostro podían ocultar. Esos malditos puntos negros tenían conexión directa con el alma y a ella no le interesaba descubrir lo mucho que le inquietaba la posibilidad de tener que rendir cuentas ante Tanes Ha'valen o sus hermanas. Era libre, y en su hambriento y ciego galopar, había renunciado a aquel apellido repleto de ambición provinciana, a pesar de que el semielfo se encargara, activamente, de recordárselo cada dos por tres.

—Cuánto más me cantáis esa cantinela, menos me la creo —replicó ella.

—Eso es que estáis muy segura de vos y vuestras capacidades.

¡Pues claro que lo estaba! Hacer creer a los demás en esa confianza en una misma era la única posesión de la que se encontraba verdaderamente orgullosa. Después de todo, por sus venas corría la sangre mercantil y tramposa de los Ha'Valen, y sabía cómo vender a buen precio algo a priori no demasiado apetecible. Y ese convencimiento era el que debía transmitir al necio sordo de Suravar en un plazo máximo de seis meses.

—Soy vuestro par. Entregarme a mi padre, renunciando a mí a cambio de cierta estabilidad, sería el gran error de vuestra vida. Y lo sabéis —lo miró de soslayo y halló en su rostro cincelado la expresión que quería. Ahora sólo había que crispar un poco sus cejas—. No habéis nacido para que vuestra madre os peine los cabellos hacia atrás con saliva. Y tampoco habéis nacido para unir vuestra vida a la de una mujer ejemplar como vuestra madre. Creéis que sí pero algo dentro de vos os dice que no.

—Ibais bien, Talivia. Ibais bien hasta que os ha vuelto a perder la lengua —entornó los ojos, piafando hacia un lado. Por encima de Sulion Suravar sólo estaban Corellon Larethian y su adorada madre. Una madre era sagrada—. ¡Dejad a mi madre al margen de vuestras infamias!

Siguiendo el ritmo de un minueto jocoso, Talivia Ha'valen se volvió hacia él, todo pómulos y altivez, colocando los dedos índice y corazón entre los extremos de su boca. La lengua asomó, primero tímida, y después se agitó, obscena.

—¿¡Pero qué...?! —bramó un indignado Sulion, con ojos desorbitados. Reprimiendo lo más iracundo de su carácter, se mordió los nudillos del puño tras abrir la boca como un león.

—Arrancadme la lengua si tanto os molesta, beato enmadrado. Porque, en lo que a mí respecta, la sigo sintiendo bien dentro de mi boca —volvió a la carga con el gesto grosero.

Incapaz de seguir soportando la sarta de marranadas lanzadas por la sucia boca de aquella mujer, un furioso Sulion Suravar tomó la determinación de abandonar el campo de justas, y sacarla de su campo visual y auditivo antes de que el asunto les llevara a cruzar aceros antes de tiempo.

—¡Sinvergüenza! —clamó, sacudiendo los brazos al cielo, mientras se alejaba de ella.

—¡Y sabed que jamás he hundido esta lengua en ningún ojo de las mil arrugas! —arriesgó ella, a viva voz— ¡Aún sea el vuestro!

—¡Menos aún el mío! ¡No habrá ser mortal ni divino que profane ese bastión de virilidad! ¡Pero qué... soberana… marrana...! —rugió, de espaldas a ella, mientras ésta iniciaba una molesta persecución en pos de su ira.

Lo siguió a través de los puestos de mercado de Mínsor, bajo la mirada extrañada de comerciantes y compradores, impulsada por el vivo genio del caos.

—¡Ah! ¡Y sabed que yo no me meto con vuestra santa madre! ¡El Camaleón me libre! Ya tiene bastante la buena mujer con sufrir la vergüenza de un hijo putañero aficionado a las chultanas.

Sulion se frenó en seco, mientras las ventanillas de su nariz se contraían y dilataban, inspirando iracundo. Ella se cruzó de brazos, con calma.

—¡Mejor no hablemos de madres o no quedará sino batirnos!

—Bien. Me quedaré aquí hasta que os decidáis a salir de debajo de los faldones de vuestra madre y os deis cuenta de que tenéis alma de pendenciero.

—¡Demonio de mujer! Pendenciero soy, carajo.

—Ya. Ya se ve.

—Vos sois el caos fluctuante y yo me las veo y deseo para reñir con los frutos de vuestras acciones. ¿Albergáis alguna duda, Talivia de los Infortunios? —Giró la cabeza hacia ella, por encima del hombro. La rufiana observaba su gesto con la tranquilidad propia de un gato aburrido. A pesar de la rabia, pensó de inmediato en que él, Sulion de los Absurdos, era la perfecta pata derecha para la pata izquierda de un banco abocado al desastre.

—Hay algo en vos que clama por ser liberado.

—Dejadme adivinar —replicó él, ya con hastío—. ¿En las calzas?

—Más quisierais —se llevó la mano a la faltriquera y sacó de su abollada pitillera de latón un cigarro ya liado, que, apagado, atrapó entre sus labios—. Todavía arrastráis con vos las tensiones mal resueltas de vuestra adolescencia, por lo que veo. Si por aquel entonces, en Aguasfuertes, no os concedí ningún baile fue porque no quise chocarme contra vuestra erección —con gracia, empujó con la lengua el cigarro, hasta alzarlo, rampante, en desafío. Una sombra melancólica arrebató su mirada cuando su voz rota cambió repentinamente de tono—. Hablo de ideas, Suravar. Ideas. Me interesan las ideas que provocan cambios. Todo lo demás es accesorio. Estas tierras necesitan cambios. Y vuesa merced ha demostrado redaños.

—Puede ser —concedió él, con parquedad. Giró la cabeza de frente—. Regreso a tierras más innobles. Vos sabréis si queréis seguir provocándome con vuestras... vuestras... ¡vuestras majaderías de buscarruidos!

Él se marchó de allí, con el convencimiento de que Talivia Ha'valen quería convertirlo en la sombra empequeñecida del bastardo de Everuil de Siempreunidos. Ella se quedó allí, con el convencimiento de que acabaría visitando a su padre vestida de rosa.

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 Asunto: Re: Los Duelistas
NotaPublicado: 23 Oct 2015, 23:47 
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Cuatro meses después...

Habían dejado atrás las montañas nevadas, que ahora ejercían como gélido telón de fondo a su conversación. Para Sulion Suravar, en aquellos momentos, la mera visión de una hoguera mal sofocada era un regalo de los dioses, y con ayuda de ciertas habilidades adquiridas durante sus años de prófugo, no le resultó difícil avivar las ascuas hasta conseguir un fuego aceptable y sólido. Durante el descenso de Náshkel a Crimmor, el semielfo había estado tan pendiente de que no se le congelara la hombradía como del juego de pies de Talivia Ha'valen. Y así había sido desde que se reencontraran, el uno atento a los movimientos del otro, estudiándose mutuamente, aventurando estocadas, retrocediendo, volviéndose a adelantar, desconfiando, midiéndose los lomos para ganar. Una clásica relación hombre-mujer sustentada en una absurda apuesta cargada de nostalgia por los viejos tiempos en los que los duelistas eran fieles a la palabra dada por el mero placer de serlo.

—¿Sabéis? Creo que nuestro duelo será algo digno de verse —Sulion rompió el silencio, lanzando una perogrullada que probablemente rondaba por cabeza de ambos.

Ella se estaba sacando los guantes de cuero negro de unas manos cuya desnudez rara vez dejaba ver. Flexionaba las articulaciones de las huesudas falanges una y otra vez, una y otra vez, de pie junto al fuego, como si este metódico ejercicio fuera a devolverle toda la elasticidad perdida a causa del frío.

—Veo que mis dotes de persuasión no hacen mella en vos —buscó su mirada, danzante, a través de las llamas de la hoguera que los separaba—. Supongo que seguís sin ver en mí una sincera preocupación por vuestra persona. El tiempo se me acaba, Suravar. Y creo que no he logrado reblandecer ni la más mísera porción de vuestro valletano corazón —el chasqueo de su lengua se confundió con el crepitar del fuego—. Detesto adoptar este tono. Me deja un regusto amargo en la boca, tan convencional y derrotista como una cerveza rebajada con agua.

—¿Tan testarudo me creéis? Puede que os preocupéis por mí, pero no me habéis demostrado que merezca la pena permanecer en este cubil de víboras —aseguró categóricamente, llevándose de inmediato un dedo a los labios, rogándole silencio, pues sabía que ella era de réplica pronta y fácil—. Tenéis un don, Ha'valen. Y creo haber acertado.


Lo que había sido nieve en las alturas, se transformó en un rápido chaparrón primaveral que echó a perder la fogata en la que tan amorosamente había trabajado el semielfo. No pareció molestarle, pues su mirada recorría con deliberada lentitud los entrantes y salientes del cuerpo de Talivia Ha'valen, en especial, los del tren inferior.

—¿Creéis haber acertado con vuestro pronóstico meteorológico? —resignada al revuelto clima amniano, la mujer tomó asiento en un tronco cubierto de musgo y se pasó una mano por los cabellos húmedos, tensándolos hacia atrás. Por más que se afanara en pintarrajear su boca con alcohol y tabaco, poseía una frente despejada y un perfil recto, leonino, de una elegancia notable. La respuesta corporal que ella ofrecía a la insistente mirada de Sulion Suravar era de una relajada indiferencia, calculada al milímetro para resultar fuerte e inalcanzable—. Era sencillo.

Él negó levemente a su pregunta, obviamente, retórica, como siempre que intentaba esquivarlo.

—Creo haber acertado con el tamaño de vuestros pinreles, Barcas-por-pies en una rápida maniobra, sacó de su zurrón un par de espectaculares botas de puntera afilada, que arrojó al regazo femenino. Se acuclilló ante los restos de la hoguera, con un palo en la mano, en un intento desesperado por mantener el fuego, ahora que la repentina lluvia les había dejado en paz—. Ya erais alta entonces, y no creo que vuestros pies hayan crecido desde que os los vi desnudos.

La observación llevó a que ella, experta en gestos y mohines, se traicionara a sí misma, pisoteándose los enormes pies, el izquierdo sobre el derecho, tal cual una niña consciente de que ha obrado mal. Se aclaró la garganta.

—Son de hombre ¿verdad? Las botas, quiero decir — pasó la mano derecha, aún desnuda, por la piel labrada que reposaba en su regazo—. El cuero es más tosco.

—De hombre, uno particularmente bajito —rió melodiosamente—. Pero hombre, al fin y al cabo. No hubiera encontrado nada de vuestra talla en la sección femenina. Se me antojaron parecidas a lo que visten los espadachines agundinos.

—Oh, sí... —sonrió ella, con morosidad—. Desde niña han tenido que hacerme el calzado a medida. Algo sé sobre zapatos. El calzado de mujer suele estar más trabajado y es más blando. Siempre nos adjudican las cosas pequeñas, delicadas y bonitas. Como si una mujer no pudiera aspirar a hacer grandes cosas, ruidosas, toscas, tal vez un poco feas.

—Cosa que vos habéis demostrado con creces —entornó los ojos antes de deshacerse en una carcajada de buen ánimo.

—Son unas botas bien feas. Son de mi agrado.

Se volvió hacia ella, en cuclillas, manteniendo el equilibrio, aún con el palo en la mano, y le dirigió un asentimiento cortés.

—Que me place —replicó él.

—¿Cuánto os debo por ellas?

—Cuando acabéis con el último botín, asignadme dos tercios; sin capitán que los gobierne, a ser posible. De superar mi parte los dos mil dantares, alcanzaríamos un nuevo acuerdo.

—También me place. Porque no se os habrá pasado por la cabeza bajarme la guardia con regalos ¿hm? —alzó las rubias cejas, llevándose un cigarro apagado a los labios que componían una muy sutil sonrisa, algo socarrona.

—¿Os lo digo con franqueza? —se lo diría de un modo u otro.

—Adelante.

—De conseguir bajaros la guardia con regalos, temo que podría acabar aburriéndome de esta… asociación —se puso en pie cuan alto era, dando por imposible el recuperar aquel fuego—. Si algo acepto de vos es que no sois una cualquiera. Ni tan puta ni tan mundana. Vos lo dijisteis una vez, que sois la llave que libera el caos por el que clama mi vida, ¿hm?

Talivia bajó la mirada hacia las botas que todavía descansaban en su regazo. Le agradaba el aroma un tanto invasivo y fuerte del cuero. Le recordaba a aquellas noches en vela en el campamento de los Bastardos Risueños, cuando el alcohol y las canciones fluían con violenta alegría sin que su condición o género importasen. Le recordaba a las manos de Everuil, tan grandes y de pulso firme, cuando la tomaban por las mejillas para besarla. Asociaba aquel aroma a cuero a todo cuanto era salvaje, sincero y libre. Y ni los amargos días que siguieron habían conseguido alterar el recuerdo del paraíso perdido que con tanto ahínco había estado persiguiendo, solitaria y furiosa, durante los siete años posteriores.

—Sí —concedió ella, al cabo de unos instantes—. Tengo un espíritu salvaje, Suravar. No se me compra. Y menos con regalos. Eso es algo que ni mi padre ni mi prometido sabían.

—Además —prosiguió él, metiendo una mano bajo su manto, como si buscara algo—. Si os agasajara una y otra vez, los detalles más importantes perderían su significado. Como aquello que se abre paso y crece en un lugar inesperado —le tendió un lirio, cuyo inmaculado blancor parecía arrancar destellos brillantes al sol que asomaba tras la lluvia. Lo había encontrado abriéndose paso entre las nieves, solitario, un humilde pero desafiante milagro de vida—. Al caso, un símbolo de vuestra virginidad, aquí recuperada —le ofreció la flor y, con ella, una sonrisa granuja.

—Mi flor es la orquídea —súbitamente, una risa medida, elegante, sin perder su matiz rasposo, se le escapó de los labios—. Aun así, agradezco la payasada.

Lejos de sentirse ofendido por el rechazo, Sulion llevó el lirio hasta sus labios, recreándose en aquél aroma que tantos recuerdos no demasiado lejanos, le traía. Y, desde luego, no podía estar más de acuerdo en que Talivia Ha’valen podía ser una orquídea si se lo proponía.

—Pero dejemos lo de mi virgo en manos de Everuil de Siempreunidos ¿hm? —continuó Talivia—. No tengo ningún interés en recuperar esa sobrevalorada telilla viscosa que cede ante un par de embestidas —aquel comentario logró arrancar un rubor a las mejillas del semielfo—. Ese ariete arrollador se llevó por delante toda mi inocencia mal entendida, mi inexperiencia, mi sangre y mi estrechez. Al próximo hombre sólo le resta lo mejor de mí —rió quedamente, entre dientes, al tiempo que acomodaba el cigarro entre sus labios—. Estoy dónde quiero estar. Eso es todo. Nada más y nada menos. Algo que mucha gente no está dispuesta a comprender.

—Amn. Curioso lugar en el que querer permanecer. Si supierais, Ha’valen, que fue vuestro semblante lo que arrebató mi determinación de convertirme en un dramaturgo digno allá en el Norte… —sacudió el cuerpo en una risa alegre que fue a más—. ¡Y heme aquí, cumpliendo con honor este Pacto entre Caballeros!

Apartó las hojas del lirio de sus labios, en vista de que ella no parecía demasiado interesada en la metáfora de la flor.

—No voy a marcarme un discurso convincente acerca de las bondades amnianas para que os quedéis. Es su vileza la que me atrae— aseguró ella, recogiendo las botas y poniéndose en pie.

—Me decepcionaríais mucho si tratarais de convencerme con la bondad amniana.

—Es un argumento muy endeble ¿verdad? —se echó las botas al hombro mientras volvía a encajar en sus manos desnudas los guantes de cuero negro—. Y creo que esta conversación nos ha arrastrado irremediablemente hacia la lid. Tomaréis vuestra decisión una vez hayamos cruzado aceros. Irrevocablemente.

Ella ya se había decidido. Su corazón necesitaba del vértigo de jugárselo todo a cara o cruz.

—El almanaque os guarda todavía un mes, Talivia —se volvió hacia ella, suspicaz como no hacía tanto, buscando su tramposa mirada verde—. No os deis por derrotada, como si tuvierais ánimo de reñir.

A Sulion quizás le agradaban esos intentos de ella por convencerlo con palabras, pero, en su fuero interno, era el primero que fantaseaba con el clásico pendenciero “no quedará sino batirnos”. Entonces ella se acercó a él con su andar elástico y altanero, apuntando directamente a sus ojos con el cigarro apagado y la barbilla jactanciosa.

—Permitidme... —solicitó, buscando con la mirada el lirio.

Talivia lo tomó de la palma derecha del semielfo, abierta. Cuidadosamente, enredó su tallo en una lazada. Contemplándola entre los ágiles dedos de prestidigitadora de la Ha'valen, Sulion pensó en lo mucho que aquella flor le recordaba a la mayor de sus hermanas, aquella con la que compartía padre.

—Tratad bien a “Indil”, por favor —le pidió con naturalidad, a pesar de que ella seguramente no fuera capaz de entender aquella broma privada. Estaba aceptando su humilde presente, iba a cuidar de aquella flor, hasta que se marchitara. En el fondo, tenía alma de coqueta, o era una sentimental. O ambas cosas a la vez.

Pero ella negó levemente, destilando aquel fuerte aroma a cuero y tabaco, antes de prender el lirio en los cabellos del hombre.

—Sois puro de mente, Suravar —pasó una mano por los cabellos coronados de lirio del semielfo, convertido en la más viril ninfa de un bosque encantado—. Por eso os quiero a mi lado. Blanco, despreocupado. Eterno.

Pasó de largo en un suspiro, llevándose con ella más de mil réplicas que no se dieron, camino del embarcadero, rumbo a Crimmor, alejándose rápidamente, a largas zancadas. Deseaba ese duelo. Deseaba perder. Deseaba habérselo ganado.

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Relatos : LA GRAN ESTAFA EREVANIANA-El lío de padre y muy señor mío que puso a Talivia en movimiento
OCTALIVIAS (LIBELOS DE ARTE MENOR)-Octavillas pendencieras y otros poemas
LOS DUELISTAS-Pactos entre caballeros
LOS TIMADORES-Una comedia ligera
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