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 Asunto: Paladín forjada en el Desierto
NotaPublicado: 18 Abr 2022, 18:06 
Lican gato mamadísimo
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Un viejo hombre de rostro melancólico permanecía sentado en un pequeño cojín que parecía tener muchos más años que él mismo. La habitación donde se encontraba era pequeña y ordinaria, poco decorada. Lo único de interés era una pequeña mesa con algunos pergaminos y tinta y un símbolo del Dios del Lamento en la pared. Escribía con una solemne calma mientras se mesaba la larga barba blanca. Sus ojos oscuros y cansados examinaban el texto escrito y de vez en cuando se desviaban al símbolo, que estaba formado por dos manos atadas con un cordel rojo. Se levantó con pesadez tras terminar de escribir en el pergamino y lo enrolló para guardarlo en una bolsa que colgaba de su cuello, por encima de la vieja túnica donde guardaba los pergaminos mágicos que inscribía. Dedicó unos minutos a observar el símbolo antes de salir, murmurando un breve rezo. Nada más salir un joven con una túnica parecida a la que él llevaba se le apareció delante. —Maestro Yosseff, uno de los enfermos ha muerto y el otro no parece mejorar demasiado, ¿Qué hacemos?— Su voz sonaba más fría y seria que de costumbre.

Yosseff asintió leve. —¿Acompañasteis al muerto en sus instantes finales?— El joven asintió. —Bien hecho.— Sacó un ungüento de su mochila y se lo tendió al joven. —Al otro enfermo aplícaselo sobre el pecho, está compuesto de unas hierbas que le ayudarán a respirar mejor. Si no termina de mejorar tras todos los tratamientos, estaré en los instantes finales velando por su alma.— Dijo con calma pues tras tantos años cuidando de enfermos ya estaba acostumbrado a las situaciones así. El joven asintió silente por última vez y marchó con gesto sombrío. Era un nuevo Engalanado del clero del Quebrado que había llegado a Memnon desde Tethyr. Yosseff intentaba enseñarle lo mejor que podía, pero poco a poco dudaba de si tanto sacrificio estuviera marcando una diferencia. La aldea donde vivía, cercana a la ciudad de Memnon estaba controlada por uno de los sirvientes del Sultán y como estaba en la ruta que conectaba Memnon con Calimport, la controlaban con una guardia corrupta y casi tirana para imponer tasas extra a las caravanas. Años atrás había luchado contra esta tiranía, cuando era más joven, pero la edad pesaba y el sirviente del Sultán había cambiado el método de control por drogar y enfermar a la población, haciéndola más débil. Todos lo sabían, pero no podían luchar contra ello.

Agitó la cabeza y salió a la sala principal del templo, donde descansaba el enfermo, dos adictos y unos cuantos vagabundos y viajeros. Nada más llegar vio una niña llegar, la cual conocía bastante pues era hija de uno de los mercaderes respetados de la aldea, la hija de Janaan. Se acercó a ella y la analizó brevemente. Estaba parada, descalza, con la mirada perdida. No tenía más de doce años, un pelo corto que con sus rasgos la hacían hasta casi parecer un chico. Cuando vio al sacerdote se acercó a él gimiendo un poco de dolor. —¡Yosseff! Necesito que me cures los pies o mi padre me va matar.— Dijo con un alzhedo más propio de la capital que de la ciudad fronteriza de Memnon. Yosseff se acarició la barba y con voz calma habló con la niña. —Maryam.— La instó a sentarse con un gesto. —¿Por qué vas descalza? Las piedras abundan en esta zona, niña.— Maryam alzó las cejas. —Ya lo sé. Pero vi a un niño que necesitaba mis sandalias más que yo y se las di, en casa tengo más.— El sacerdote alzó las cejas, acentuando las arrugas de su frente, luego rió. —Maryam, eres una chica peculiar. Eres fiel seguidora del Quebrado pero antes de ser consciente todo tu ser parecía seguir el dogma y las enseñanzas de él. Deja que te cure.—

Yosseff sacó otro ungüento y unas vendas y las colocó en una mesa. La niña estaba sentada en un pequeño taburete y mostraba el pie izquierdo, el cual tenía la herida más grave. Yosseff limpió las heridas con agua y aplicó el ungüento, provocando gemidos de dolor en Maryam. Alzó la vista y miró a la niña con calma, la cual intentaba disimular el dolor. —Eres muy valiente y humilde, Maryam. Déjame preguntarte algo.— Dijo mientras comenzaba a vendarla, Maryam asintió leve. —¿Te arrepientes de haber regalado tus sandalias?— Ató las vendas con calma, dejándolas bien presionadas pero sin apretar en exceso al pie. La niña alzó las cejas, más sorprendida ante la pregunta de lo que Yosseff habría creído. —No, si no no las hubiera dado. No me importa cortarme un poco los pies si así ese niño puede vivir mejor.— Yosseff asintió lentamente, dejando escapar una sonrisa alegre, cosa que hacía tiempo que no pasaba. —Ya estás curada, iré a por unas sandalias que tengo por ahí guardadas, aunque te vendrán grandes. Eres una buena chica, el Quebrado estaría orgulloso de ti.— Tras esto se levantó con la pesadez propia de la edad y caminó hacia sus aposentos dentro del templo. Maryam esperaba mirando hacia las afueras, calmada.

El viejo sacerdote había recibido una alegría en tiempos tan adversos como los que le tocaba vivir. En esta aldea había gente buena, siempre lo supo, pero le costaba verlo. Él podía ver en esa niña todo lo el Quebrado representaba, quizá ella podría mejorar el mundo mejor de lo que él podría. Quizá podría enseñarle a ser una paladín si el Quebrado y ella misma así lo decidían. Pero él no entendía mucho sobre paladines, aunque había conocido a algunos. Mientras buscaba las sandalias se sumió en sus pensamientos y tardó más de la cuenta. Al salir, le entregó las sandalias a la niña, la cual le agradeció feliz y marchó. Mientras su silueta se desdibujaba en la lejanía, Yosseff esbozó una última sonrisa antes de volver a su labor de cuidar a los desamparados.




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Offtopic :
Escribiré una serie de relatos pochos sobre el pasado de Maryam para ir dándole más forma al personaje. No soy escritor así que no esperéis una joya, pero tengo ideas y quiero darle unas buenas bases al pj definidas.

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