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 Asunto: Una sombra errante
NotaPublicado: 14 Abr 2022, 21:10 
Lican gato mamadísimo
Lican gato mamadísimo
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Registrado: 01 Jun 2019, 12:43
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Vivo en un eterno hastío del que solo me puedo evadir mediante el asesinato o cuando estoy con ella. Quizá lo único que busco es grabar mi legado dejando un reguero de muerte hasta que alguien me ponga fin.

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Los invitados disfrutaban de la velada mientras bebían el caro vino que su anfitrión había reservado para esta especial ocasión.

Sus acompañantes, en su mayoría mujeres que habían visto su vida resuelta por un matrimonio de conveniencia, formaban círculos en los que corrían cotilleos y rumores provenientes de las distintas regiones de Amn.

Entre tanto noble y miembros de las familias más acaudaladas, dos figuras pasaban desapercibidas. Cualquiera que se hubiera fijado en ellas habría podido notar como desencajaban en aquel lugar invadido por la celebración y el jolgorio. Pero ese era su trabajo al fin y al cabo, deslizarse por las sombras para acechar a su objetivo.

—No parece que haya bajado aún —murmuró Errante en voz baja.

—Como tarde más de la cuenta, iré yo mismo a buscarla —respondió Ocaso, apoyado en una de las paredes que la luz no llegaba a bañar, cruzado de brazos y con la pierna derecha contraída para descansar el pie sobre el mármol—. Tanto ricachón con aires de superioridad bebiendo despreocupadamente está empezando a darme ganas de colgarme del candelabro.

No le quedó otra a Errante que reírse por lo bajo, normalmente era él quien hacía ese tipo de comentarios. El que no tenía paciencia alguna en cuanto a interacciones sociales se trataba, teniendo que hacer notables esfuerzos para mantener la fachada bajo la máscara de carne y hueso.

Aquel cargado ambiente, donde las conversaciones quedaban enmudecidas por el reír de la muchedumbre y el tintinear de las botellas y copas se prolongó durante unos largos minutos más, eternos para los dos asesinos cuyas miradas examinaban a todos y cada uno de los presentes del ostentoso salón.

De repente, el crujir del pórtico que yacía cerrado en lo alto de la escalinata central de la estancia llamó la atención de todos los presentes que paulatinamente cesaban cualquier ruido que pudieran emitir. El anfitrión por fin se había dignado a obsequiar con su presencia a todos los invitados, dándoles una cordial bienvenida y agradecimiento por su asistencia con una forzada sonrisa. Por dentro, los nervios retorcían sus entrañas mientras su mirada se paseaba por todo ser vivo que le alcanzase la vista, sin éxito en reconocer a aquellos que buscaba.

A su lado caminaba una mujer de finos rasgos y cenizo cabello, ataviada con un vestido blanco y granate cuyo coste sería suficiente para alimentar a todos aquellos que pululaban por los barrios bajos de Athkatla durante dekhanas. Su presencia suscitaba los murmullos de unos y la envidia de muchas otras, pero nada comparado al par de miradas cargadas de malicia clavadas sobre ella, los asesinos habían localizado a su presa.

Tras aquel amable rostro, la nueva esposa del atormentado anfitrión escondía toda su mezquindad. Era una mujer que deseaba que toda la atención fuese depositada en ella y las hijas del que era ahora su esposo y de madre ya fallecida le hacían despertar sus instintos más viscerales. Carcomida por los celos, había intentado ya atentar de numerosas formas contra la vida de las infantes, sin éxito, motivo por el cuál ahora tenía una diana en la espalda.

—¡Te he dicho que me dejes tranquilo! —vociferó Errante hacia su compañero, de malas formas, llamando la atención de los más cercanos—. ¡No necesito de tu custodia! —siguió gritando como un niño consentido al notar como las miradas se posaban sobre él—. ¡Y dile a mi padre que prescindo de cualquier guardaespaldas que quiera ponerme!

—Te prometo que un día de estos te voy a estrangular, Errante —replicó Ocaso en un hilo de voz, agachando la cabeza y ocultando una sonrisa.

Con su característico paso ligero, el umbra abandonó el lugar dejando a su par seguir con el paripé, haciéndose el hijo incomprendido ante los curiosos que se habían acercado a ver qué pasaba. No estaba siendo tarea fácil para Errante contener la risa, disfrutaba poniendo al que consideraba su hermano en situaciones incómodas, a pesar de que la situación lo requería.

Una vez satisfecha la curiosidad de aquellos que se habían acercado, probablemente para tener algo que contar a la vuelta, Errante cogió una de las copas que servían los camareros que estaban repartidos por el lugar atendiendo a los invitados, dándole un leve trago. Después, se dirigió directamente hacia el objetivo de sus filos aquel día que se encontraba saludando y dándose a conocer entre las distintas familias que habían asistido. Caminaba entre la aglomeración de gente sin emitir ruido alguno con sus pasos y sin rozar lo más mínimo a nadie, hasta que llego a ella. En un fingido tropiezo, derramó el vino sobre el blanco vestido de la mujer cuya expresión se debatía entre mantener su fachada o poner el grito en el cielo contra el que había osado estropear su atuendo.

—¡Por los dioses! Mis más sinceras disculpas… —comenzó a balbucear el hombre, mientras dos de los mercenarios de la mansión acudían hacia la mujer para sacarla de allí y guiarla hasta sus aposentos—. Necesito aire fresco, disculpadme de nuevo —musitó a los cercanos, dirigiéndose entonces a la salida de la mansión.
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Bañado por las sombras, Ocaso aguardaba en uno de los muros laterales observando como los últimos rayos de luz que se iban perdiendo por el horizonte daban paso al despertar de sus dones, sintiéndose nuevamente vigorizado. A la llegada de Errante, que iba desvistiéndose según caminaba, le ofreció una bolsa que contenía unas oscuras ropas, similares a las que él portaba.

En poco más de un minuto, Errante ya se estaba colocando su máscara negra, decorada con unas llamas púrpuras alrededor del orificio del ojo derecho, pertrechado con su habitual uniforme.

Sin necesidad de decirse nada y antes de que pudieran verlos, comenzaron la ejecución de la siguiente parte del plan. Las sombras rodeaban a Ocaso, moviéndose a través de ellas hacia el alféizar del piso superior. Al mismo tiempo, Errante ascendía por la fachada, valiéndose de salientes y de los distintos ornamentos que la decoraban, trepando sin emitir el más mínimo sonido.

Una vez las figuras de ambos asesinos reposaban sobre el acceso a la mansión, sacaron sus armas insignia, kamas y picos, acechando desde el cobijo de la oscuridad de la noche a los dos mercenarios que esperaban fuera de los aposentos de la mujer a la que perseguían. Sin duda, toda la información que les había proporcionado el mismo que les había contratado, el dueño de la mansión, les facilitaba el trabajo.

Ni tiempo tuvieron los mercenarios para arrepentirse de haberla acompañado, inadvertidos, Errante y Ocaso se cobraron sus vidas, dejando reposar sus cadáveres sobre la alfombra que cubría el frío suelo de aquel pasillo.

Aunque lo más inteligente hubiera sido esperar fuera, ya estaban impacientes por terminar el trabajo y volver. Tras asentirse mutuamente de forma cómplice, abrieron con cuidado la puerta, vislumbrando dentro de la habitación a la mujer de espalda a ellos, intentando colocarse de forma correcta un nuevo vestido. Tan repudiada era por su esposo, que ni siquiera tenía a una doncella ayudándola. Bastaron pocos pasos para situarse ambos a su espalda tras cerrar la puerta. Errante, haciendo gala de lo retorcido que podía llegar a ser a veces, respiró en la nuca de la desamparada fémina para advertir su presencia.

—Escoria, ratas inmundas, sucios plebeyos, ¿cuánto os han pagado? —le espetó la mujer a los asesinos con un tono cargado de ira, aunque sin elevar la voz—. Juro por los dioses que haré que os encuentren y…

¿Dioses? Acaba de perder la única oportunidad que podía tener de salvarse, dijo Errante para sus adentros, que sin dejarle terminar la frase, clavaba sus dos picos en el torso de la mujer que le miraba ojiplática al sentir el acero penetrar sus carnes. Insatisfecho aún con el resultado, el asesino siguió ejerciendo fuerza hacia los lados rompiendo los huesos de la caja torácica mientras la sangre teñía el suelo. En un gesto de desprecio, le propinó una patada al cadáver que sujetaba mediante sus armas, empujándolo sobre la cama que tenía justo detrás, poniéndole así el broche final a la macabra escena.

Una vez limpiaron sus aceros con el primer vestido de la víctima mezclando las manchas de vino con las de sangre, el dúo abandonó el lugar por una de las ventanas de la habitación, dejando tras de sí un lugar en el que la muerte y el festejo se entrelazaban bajo el manto de la noche.
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Los cuencos de sopas humeaban en la barra de la cantina de la sede de los Ladrones de las Sombras donde Errante y Ocaso compartían cena, elucubrando su próximo movimiento, más por satisfacción personal que por las piezas de oro que pudiesen ganar por ello.

El resto de miembros de la cofradía que iba y venía por el lugar, los observaban con recelo. Bien era sabido que los dos asesinos eran uña y carne y que no dudaban en arrasar con todo aquello que se les pusiera en el camino para lograr sus ambiciones.

Pasados unos minutos de charla, el silencio se adueñó de la barra, comenzando los dos hombres a beber la sopa. Un gesto que se había convertido en ritual después de cada trabajo y que bajo ningún concepto se saltaban.


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Iré dejando los relatos que escriba cuando me venga la inspiración por aquí. Importante recalcar que los hechos narrados no tienen por qué haber sucedido en el servidor.
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