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 Asunto: El castigo del señor oscuro
NotaPublicado: 29 Sep 2021, 00:33 
Niño sin padres ni hospicio
Niño sin padres ni hospicio
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Registrado: 16 Jul 2021, 16:13
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Era un día común y corriente, como cualquier otro. Kan se encontraba acompañando de nuevo al grupo de los Zhentarim, pero en esta ocasión se encontraban de igual modo junto a un puñado de mercenarios. Ambos grupos se encontraban en un trabajo conjunto en el cual debían investigar algunos rumores que se habían escuchado sobre la existencia de actos de nigromancia en una mina situada bajo la ciudad enana de Khazad. Así pues, se aventuraron en el interior de dicha mina. Tras adentrarse en las oscuras y húmedas profundidades del lugar, el grupo llegó a una sección la cual se encontraba repleta de no muertos. “Parece que los rumores eran ciertos”, pensó Kan.

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Tras abrirse paso a través de las incontables filas de no muertos, se toparon con un nigromante. Éste resultaba ser seguidor del dios de las mentiras, Cyric. Los ojos de Kan comenzaron a destellear como si de dos enormes y enfurecidas llamas se tratasen, repletos de una inmensa cólera. Acto seguido, Kan, junto al grupo, llevó al nigromante a su destrucción.

La muerte del nigromante pareció proporcionar la suficiente satisfacción del grupo, el cual, a posteriori, se limitó simplemente a saquear las posesiones de éste. Por su parte, Kan se sentía de cualquier modo menos satisfecho. Su desprecio hacia el usurpador era algo cuyo descubrimiento resultaba bastante complejo. De pronto, sus ojos se posaron en una bandera cuyo símbolo sagrado era el sol negro. Mientras el grupo comenzaba a prepararse para proceder a abandonar la instancia, Kan se aproximó a la susodicha bandera en solitario. Sus compañeros, por su parte, ya habían comenzado a abandonar el lugar cuando, de pronto, Kan prendió un pequeño brasero y procedió a aproximarlo a la bandera para que, de este modo, ardiera.

Mientras Kan observaba con sumo desprecio la bandera consumirse entre las ardientes llamas, una voz oscura comenzó a inundar sus pensamientos. En un instante, Kan notó como una energía oscura le hería en lo más profundo de su ser, dejándolo a las puertas de la muerte. Unos momentos después, desconociendo si le salvó bien su fortaleza o bien su fé en la mano negra, consiguió recomponerse y alcanzar al grupo.

En cuanto Kan llegó junto a sus compañeros, éstos se dieron cuenta de que estaba herido, por lo que sus rostros pasaron a mostrarse preocupados y, acto seguido, procedieron a alcanzar al dolorido hombre y a sanar sus heridas, o por lo menos las que se observaban físicamente. Acto seguido, y tras unos momentos de espera para que Kan se recompusiera del todo, el grupo continuó con su avance en busca de la salida entre las laberínticas grutas de la profunda mina. De pronto, voces oscuras nublaron los pensamientos de Kan. Imágenes distorsionadas de sus compañeros comenzaron a apoderarse de su visión, haciéndolos ver como si de enemigos se tratasen. Kan se percató de que alguna fuerza estaba intentando jugar con su mente, por lo que se esforzó en mantenerse firme y cuerdo, al menos mientras no encontrase alguna solución a ese gran problema.

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Con cada segundo que pasaba, el juicio de Kan desaparecía un poco más. Visiones del sol negro comenzaron a impregnar su turbulenta mente. Llegó un punto en el que el hombre ya no lograba diferenciar entre lo que era real y lo que era fruto de la locura. A pesar de ello, Kan no perdía su fé. Cuando el hombre no pudo más, procedió a dedicar sus oraciones al señor oscuro en busca de ayuda, en un acto de suma desesperación.

Cuando el devoto Kan alcanzó su límite, una nueva voz ocupó su trastornada mente. Esta segunda voz pareció obligar a la primera a abandonar su propósito. En cuanto la primera voz desapareció, la segunda dejó un último mensaje al hombre antes de marchar, “no me vuelvas a fallar”. Acto seguido, su mente se despejó desapareciendo con todo ello las mentiras e ilusiones que el dios loco había incrustado en la mente de Kan.

Unos instantes después, el guantelete de Kan comenzó a brillar con una tenue luz verde. Acompañado del brillo le sobrevino un inmenso dolor en la zona. Kan sentía como si su guantelete se estuviera fundiendo con su propia piel, haciéndose de este modo uno con él.

Tras dicho extraño acontecimiento, Kan rogó a su Lord Pavoroso que examinara su guantelete para, de este modo, comprender el significado de todo lo que había sucedido. Sus plegarias fueron escuchadas, así que Lord Pavoroso procedió a examinar con una gran precaución la diestra de Kan. Tras observarlo bien, el hombre pudo ver como el metal del guantelete se encontraba retorcido y fundido con la piel de Kan, como si éste fuese una segunda capa de la propia piel de forma irreal.

Acto seguido, decidieron llevar sus pasos a la cúpula de la supremacía en búsqueda de respuestas a tal extraño suceso. ¿Sería el guantelete una bendición del propio Bane o una nueva maldición?¿O quizás era una simple señal del paso del señor oscuro?

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Con grandes dudas en su mente, y tras llegar ambos a la cúpula de la supremacía se toparon con un sacerdote de Bane. Este último supo interpretar lo sucedido con el guantelete sin complicación alguna. Comenzó a explicarles a ambos que se trataba de una advertencia que el señor oscuro había dado a Kan, advirtiéndole tanto del poder de la mano negra como de lo que éste es capaz de hacer a quienes le fallan. Esa vez, Kan había fallado a su señor al no poder superar por sí mismo la maldición del usurpador.

Si bien quemar la bandera del sol negro había sido una buena acción, había sido también muy imprudente realizarla sin das debidas protecciones contra las posibles maldiciones que este tipo de actos pueden acarrear.

Avergonzado por haber fallado a su señor, Kan aceptó conforme el castigo impuesto y, observando su puño metálico, se comprometió a realizar la voluntad de su señor allá a donde fuere y a no fallarle de nuevo.


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