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 Asunto: La bastarda
NotaPublicado: 19 Ene 2021, 12:33 
Sapo verde del Camino del Río
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Episodio 1 (precuela)

Un potente rayo cayó sobre el palo mayor del enorme carguero haciéndolo astillas. Resultaba difícil de creer que una tormenta tan fuerte apareciese tan de la nada, pero ahí estaba, sacudiendo sin piedad y ahora había que actuar responsablemente; la primera medida que tomó el capitán fue deshacerse de mercancía sobrante.
En las bodegas del carguero, mareados y debilitados por una dieta pobre y trabajos forzados, se encontraba negligentemente apilado un numeroso grupo de esclavos acongojados por la repentina aparición de la tormenta…. Todos menos una. Entre vómitos y excrementos, y rodeada de más desgraciados permanecía acurrucada una mujer de aspecto élfico con una niña pequeña de rasgos mixtos en brazos.

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La niña era una pequeña bastarda producto del derecho de pernada de un noble humano y una curandera elfa llamada Valadhiel en una pequeña aldea mixta cuyo sistema de gobierno había cambiado tiránicamente hacía poco tiempo permitiendo esa y otra clase de atrocidades.
Era bastante infrecuente que una mujer elfa quedase preñada por un humano, por lo que nadie trajo cuentas a su embarazo. El marido de la elfa, trató de tomar venganza y sólo pudo conocer el interior de los calabozos hasta sus últimos días, que no tardaron en llegar.
Valadhiel, aunque sabía que su hija sería una bastarda repudiada por la sociedad, se aferró a ella respetando algo que consideraba más importante que la reputación, y había impulsado su vocación de curandera: la vida. Estaba dispuesta a mantenerla con vida a cualquier precio.
Había nacido en la segunda mitad de la cosecha, cuando los vientos soplan del noroeste, por eso la bautizó con el nombre de Selaanmilc (en élfico de mistral), que es como se le conoce a dicho viento.


Valadhiel parecía muy tranquila pese al calvario que allí abajo se vivía, quizás porque sabía de antemano que esa tormenta aparecería.
Un oficial seguido de varios marineros irrumpió en la bodega gritando y profiriendo órdenes. Estaba claro que para el capitán la carga sobrante constaba principalmente de aquellos esclavos que no se venderían bien; la lista incluía enfermos, discapacitados de cualquier tipo, muy ancianos o niños demasiado jóvenes para resistir la travesía. De este último colectivo, Selaanmilc rodeada por los brazos de su tranquila madre era una perfecta candidata.

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Los marineros comenzaron a sacar gente encadenada a la cubierta, pasaron la cadena por una especie de anilla clavada al palo mayor, o más bien lo que quedaba de él, pues el rayo había partido el mastelero y una de las jarcias del macho, pero todavía tenía aguante para sostener las velas. Un instante antes de que empezaran a arrojar esclavos por la borda, la mujer apretó los puños fuertemente y pronunció unas palabras ininteligibles para aquellos hombres. Acto seguido otro rayo sacudió de nuevo al palo mayor, debido a la conductividad de la cadena repartida entre tantos esclavos, la corriente apenas produjo quemaduras en sus muñecas; pero el enorme mástil no sufrió la misma suerte y terminó por quebrar en dos haciendo saltar la anilla que unía la cadena por los aires y liberando así a todos los presos. Una de las partes del palo mayor cayó directamente sobre el trinquete hundiendo este como una estaca y perforando la bodega de proa. Litros y litros de agua salada proveniente del mar de la Luna entraban a cada segundo inundando las bodegas y cámaras inferiores del navío.
Cada esclavo a su manera y con las posibilidades que tenían al alcance se abalanzaron sobre los desconcertados y aturdidos marineros creando un caos monumental, situación altamente conveniente para que la mujer saltara por la borda con la niña en brazos.

A la deriva, sobre un tablón, madre e hija poco a poco se alejaron envueltas en una neblina a medida que la tormenta amainaba tan extrañamente como se había iniciado.

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El deseo de Valadhiel era viajar en la improvisada balsa dirección el sur, hacia el bosque de Cormanthor, pero el naufragio tuvo lugar demasiado al norte del mar de la Luna, así que la mejor opción era continuar hacia Thar; algo que le aterraba profundamente, pero no tenía elección si pretendía sobrevivir.

Tras varios días llegaron a tierra. Faltaban unas pocas horas para el alba cuando la madre difícilmente pudo alcanzar la orilla nadando con medio cuerpo fuera del tablón, Selaanmilc estaba semiinconsciente. Una vez allí, comprobó con alivio que la pequeña seguía viva, aunque casi en estado de hipotermia. Con las pocas fuerzas que le quedaban, Valadhiel extendió las manos, de las que todavía colgaban los grilletes, y pronunció unas extrañas palabras que parecieron envolver a ambas en un cálido abrazo.

-¿Puedes oírme?- sus palabras élficas eran suaves y, a pesar de la situación y el estado en que se encontraba, la voz sonaba tranquila.
La pequeña sólo pudo asentir. Mareada y debilitada por el viaje estaba al borde de la inconsciencia.
Haciendo un alarde de valor, Valadhiel cargó con Selaanmilc playa adentro en la espesura de un denso bosque, caminando sin rumbo fijo cuya prioridad era encontrar algo de agua y comida para sobrevivir…

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 Asunto: Re: La bastarda
NotaPublicado: 20 Ene 2021, 12:44 
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Episodio 2 (precuela)

Dos muchachos que habían salido temprano a pasear por los caminos circundantes a la ciudad se encontraban sentados en una piedra del camino; intercambiaban a largos intervalos alguna que otra frase indiferente.
Uno de ellos era alto, fuerte, de ojos azules y expresión jovial; el otro, sin embargo era más bajo, raquítico y de aspecto sombrío. El alto tallaba con una daga lo que parecían inscripciones rúnicas en una vara de madera; el otro con las manos sobre las rodillas contemplaba distraído y absorto el paisaje mientras trataba de quitarse con la lengua un trozo de cecina del desayuno entre los dientes.
Era una mañana de finales de verano, húmedo, triste. A lo lejos, inclinada sobre la costa norte del mar de la Luna la ciudad de Mélvont, de aspecto frío y envuelta en una tenue neblina gris que no parecía producto de ningún fenómeno atmosférico natural, más bien de la ceniza y el humo que salía de las incontables forjas y fraguas.

Tras un hondo suspiro, el alto por fin sugirió:
-Vámonos ya.
-Vamos- repuso el otro.
Un sutil quejido proveniente de un arroyo cercano, entre los árboles detrás del camino, llamó la atención de ambos mozos. El más pequeño subió la capucha que reposaba sobre sus hombros y su diestra fue rauda en busca de un cuchillo bien escondido en la parte de atrás del cinturón. Con presteza y sigilo persiguieron el extinto sonido.

-Tienes que beber algo- con una voz suave y cansada, la mujer elfa acercó su mano llena de agua a los labios de la pequeña. La huída del barco y el naufragio parecían pertenecer definitivamente al pasado.
Permanecieron junto al arroyo hasta entrada la mañana, los rayos del sol ya se colaban entre las ramas de los árboles proporcionando algo de calor, cuando algo extraño en el ambiente alarmó a la madre.
-¿Por qué nos estás espiando?- espetó la mujer sin mover la mirada en ninguna dirección en concreto. Hablaba lengua común, por lo que Selaanmilc empalideció.

Con su madre, Valadhiel la Curandera, Selaanmilc siempre se había comunicado en élfico. No conoció a su padre, ya que había fallecido antes de su nacimiento, y todos los recuerdos de su infancia consistían en cambiar una y otra vez de lugar de residencia huyendo de algo o alguien. El idioma común en particular era el que usaba la gente que las perseguía, también era el idioma usado por los esclavistas del barco y, aunque era una lengua conocida, la asociaba a peligro, hambre, sufrimiento… Escuchar a su madre utilizar ese idioma era un signo inequívoco de peligro.

Detrás de un árbol cercano apareció una silueta estirada y fornida con una vara en la mano.

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-Disculpad mi osadía- apresuró la respuesta- no era mi intención alarmar, sólo me pareció escuchar alguien necesitado en el bosque y me acerque a comprobarlo, pero si queréis más intimidad puedo volver por mi camino.
-Volved pues- zanjó Valadhiel ocultando hábilmente de la vista del extraño los grilletes de sus muñecas.
-Creo que no lo habéis entendido… - una tercera voz salía del bosque mezclándose con el viento de tal forma que era difícil ubicar su procedencia.
Para la mujer, no haber podido percibir a alguien oculto a tan corta distancia era algo fuera de lo común. Esto la inquietó de tal forma que contagió a la niña, que alternaba una mirada aterrada entre su madre y el extraño hombre alto.
Otra figura más menuda con andares ridículos salió de la sombra de un arbusto cercano. La mujer comprendió que ese pequeño hombrecillo era alguien excepcional.

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-Lo que mi amigo quiere decir- replicó con una voz tan estrambótica como sus andares- es que tenéis que venir con nosotros, por propia voluntad por supuesto -forzando una expresión amable-, a nuestra aldea para que podáis reponer fuerzas- acto seguido desapareció delante de sus propias narices para reaparecer unos segundos más tarde justo a su lado- ¿Puedes entender lo que te pido?
Tras asentir con la cabeza, la débil mujer se incorporó con Selaanmilc en brazos dispuesta a seguir a los extraños.
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 Asunto: Re: La bastarda
NotaPublicado: 21 Ene 2021, 12:15 
Sapo verde del Camino del Río
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Episodio 3 (precuela)

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Las ennegrecidas paredes de las casas de Mélvont por la constante y oscura niebla de humo y ceniza daban un aspecto de continuo amanecer invernal, aunque ya era mediodía.
El sonido que envolvía el ambiente era una mezcla entre el tintinear de las campanas de los barcos junto el puerto, los carruajes de caballos traqueteando por el suelo adoquinado, el bullicio del mercado y repiqueteo del metal contra metal de las forjas.
Sin duda el lugar denotaba vitalidad y movimiento continuo, aunque la vida resultaba muy intensa. Cada cierto tiempo, alguna plaga infecciosa terminaba con la vida de algún pobre desgraciado.

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La ciudad comercial estaba repleta de gente de todas las razas y credos imaginables, tenía legalmente instaurada la venta de esclavos que se podían ver en el mercado principal. El comercio de estos esclavos humanos estaba bien organizado, los infelices gozaban de buena salud y se vendían fácilmente como mano de obra o, si eran afortunados, como sirvientes en alguna casa noble. Pero apartado del mercado “legal” de la ciudad se encontraban los barrios bajos con su propio mercado negro, literal y metafóricamente hablando, y un conglomerado de malhechores, piratas y contrabandistas.
Las mercancías que allí cambiaban de mano eran de dudosa procedencia y se podían encontrar esclavos de casi cualquier raza en penosas condiciones. En esta parte de la ciudad, los sonidos incluían alaridos, latigazos, gruñidos de bestias extrañas y fervientes discusiones; el hedor del lugar consistía en una mezcla de excrementos, carbón quemado, carne en descomposición y alcohol.


Encerradas en una especie de calabozo, y separadas por una especie de pared de alambre con espinas que cortaba como cuchillas de afeitar se encontraban Valadhiel, Selaanmilc, y otras gentes en estado deplorable.
Valadhiel las pocas veces que era capaz de rezar o moverse ayudaba a mejorar el estado de salud de su hija y de algún que otro agraciado. Era muy arriesgado, porque siempre la vigilaba por el hombre alto, capaz de silenciar a todos los presentes con un solo movimiento de su mano imposibilitando articular palabra alguna.
Apenas habían pasado unas dekhanas, se llevaron a la mujer y no regresó a la celda jamás, desapareciendo para siempre del hilo de esta historia.

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Los dos hombres, Bennet el alto y Razor el esmirriado trabajaban solos desde hacía varias décadas. Bennet era un mago muy hábil con la capacidad de conjurar hechizos sin verbalizar, tan sólo bastaba con un movimiento sutil de las manos. Algo extremadamente útil en un lugar donde te podían rebanar el cuello si abrías la boca de manera inoportuna. Razor por otro lado no entendía nada de magia, y tampoco le interesaba hacerlo. Tenía una habilidad innata para esconderse que rozaba lo sobrehumano; no era buen combatiente, pero siempre salía vivo e ileso de cualquier trifulca.
No se podía alardear de esta pareja en lo que a negocios se refería, pues no eran buenos comerciantes y los trapicheos a los que llegaban apenas daban para comer bien, pero en esta ocasión estaban convencidos de que sería diferente ya que tenían en su poder algo nuevo.
Desde siempre todos los esclavos que habían conseguido eran pordioseros o malparidos transeúntes de los caminos fáciles de atrapar pero difíciles de vender, ya que resultaban inútiles como mercancía incluso para las tareas más simples.
Por la curandera podrían sacar una buena suma y no estaba mal, pero por la niña, eso era harina de otro costal. La pequeña había heredado los grandes ojos claros y la piel fina de su madre y el cabello oscuro de su padre humano.
En una sociedad tan perversa, una niña “intacta” se podía vender por una gran suma de dinero a un noble pervertido. La mejor edad para la venta eran los 12 años, pero esta niña tan sólo tenía 4. Por lo tanto debían mantenerla sana e intacta hasta ese momento.
-Esta pequeñaja es nuestro pasaporte a la buena vida amigo mío, ten paciencia- insistía Benner al impaciente compañero desesperado por venderla pronto para tener dinero inmediato.

La niña permanecía en un rincón alejada del resto de escoria que iba llegando. Algunos morían y se quedaban allí durante dekhanas. Selaanmilc recibía un trato completamente diferente, le daban relativamente buena comida, aunque las condiciones en las que se encontraba no eran mucho mejores que la del resto, recibía un paño con agua para lavarse las zonas íntimas y evitar infecciones que arruinaran el negocio. Ella trataba de repartir parte de su comida arrojándola a los que podía, pero recibía palizas por ello; también las recibía si se negaba a comer.
Los dos hombres eran muy concienzudos y metódicos. El arcano era capaz de infligir dolor sin causar ninguna marca o secuela física.
Selaanmilc aprendió que si quería sobrevivir, debía alimentarse con lo que le daban y dejar que muriesen los demás.

Así pasaron 8 largos años...
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 Asunto: Re: La bastarda
NotaPublicado: 22 Ene 2021, 10:12 
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Episodio 4 (precuela)

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Ímpiltur es una relativamente pacífica tierra de mercaderes situada entre el Mar de las Estrellas Fugaces y las montañas del Espolón del Mundo. Durante los conflictos ocurridos en naciones vecinas, no toma partido y mantiene siempre una posición neutral dejando que cada uno se defienda según sus capacidades y recursos. Aunque está bastante bien situada, por lo que no es invisible a conquistadores ambiciosos; así posee una guardia preparada para cualquier contingencia.
Aunque vive en paz con sus vecinos, suele recibir constantes ataques de los orcos y grandes trasgos de las Montañas del Espolón del Mundo, los monstruos descubiertos por la minería y prospecciones, las intrigas y tramas por los agentes de Thay, clérigos de Shar muy entusiasmados y otros poderes oscuros; por eso su guardia fronteriza es recia y bien preparada.

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Lyrabar es la ciudad más importante y grande de toda la región. Se trata de un conglomerado de calles, edificios y casas a lo largo de la costa del Mar de las Estrellas Fugaces con forma alargada con un puerto de casi una milla abarrotada de barcos y navíos mercantes y de guerra.
A las afueras de la ciudad se encuentra el Bosque Gris, se dice que hace mucho era habitada por elfos lunares que fueron poco a poco perdiendo la guerra contra los invasores grandes trasgos. Ya que los elfos no querían abandonar su tierra, pero su aniquilación, se dice que transformaron sus cuerpos en árboles con la corteza gris. Los habitantes de la región evitan adentrarse en este bosque.

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En la Casa de la Justicia estaban de celebración, otro crimen se había resuelto rápidamente.
-Este elfo es un verdadero prodigio.- clamaban algunos.
-No podía ser de otra forma.- aseguraban otros.
Acababan de detener a un asesino muy escurridizo que ya había dado muchos quebraderos de cabeza a la guardia y puesto en riesgo la seguridad de algunos nobles de aquella cámara. El autor de esa detención era muy conocido en la ciudad por hazañas similares en el pasado, se trataba de un joven elfo de cabello blanco, ojos claros y piel plateada con un carácter desenfadado y alegre. La elegancia y educación estaban en contraposición a una forma de vestir que distaba mucho de guardar cualquier protocolo.

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-Joven Glendel permítame darle las gracias personalmente por este gran logro, como siempre ha contribuido a la seguridad de Lyrabar.- felicitó al muchacho la mismísima reina Sambryl acompañada por su guardia personal de paladines.
La reina sólo era un instrumento decorativo de la ciudad, ya que la ciudad estaba gobernada por los Doce Señores de Imphras II, un grupo de paladines que se dice descendían directamente del propio Imphras.

Glendel volvía a casa con la bolsa llena de la elevada recompensa por capturar al asesino.
-Creo que he reunido lo suficiente para permitirme este capricho.- se decía a sí mismo -Ahora todo saldrá bien.
Con un aliviado suspiro empezó a preparar las maletas para el viaje que había pospuesto ya demasiado tiempo.

Tomó un barco hasta Procampur, otra gran ciudad portuaria de la región con la que Lyrabar gozaba de muy buena relación, y desde allí una caravana hasta Mulmaster. Finalmente cruzó en un pequeño navío el Mar de la Luna hasta la ciudad de Mélvont.
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 Asunto: Re: La bastarda
NotaPublicado: 25 Ene 2021, 12:03 
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Episocio 5 parte 1 (precuela) Lectura no necesaria si se lee la parte 2

Esa mañana parecía amanecer más temprano de lo normal. Bennet apareció por la puerta con un gran caldero de agua caliente y varios paños blancos dando órdenes a Razor.
La crecida bastarda ya tenía aproximadamente 12 años, tenía marcas incandescentes por todo el cuerpo que producían un continuo dolor del que no podía ni librarse ni acostumbrarse. Era un tipo de magia que mantenía esa sensación de quemazón continua por todo su cuerpo.

Selaanmilc había dejado de luchar desde hacía un par de años aproximadamente, todos los intentos de salir de allí se habían frustrado de una u otra forma; Bennet tenía mucha experiencia en mantener a los esclavos en su sitio y una niña pequeña no suponía un problema para sus técnicas. El conjuro que tenía la chica era permanente excepto cuando el mago hacía acto de presencia, entonces desaparecían las marcas y el dolor dejando un amargo recuerdo tan solo en su memoria. Cuando el arcano no estaba, el conjuro era susceptible a la posición de Selaanmilc, si se movía el dolor se hacía más agudo, si intentaba alejarse un poco de su posición era insoportable, de esta forma podía garantizar que no se movería del sitio.

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Como ocurría normalmente, las marcas desaparecieron en el momento en que Bennet entró por la puerta.
-Muévete, -dijo a la muchacha- hoy es un día especial para todos.
Razor le seguía como de costumbre, con una mueca parecida a una sonrisa. Cuando el raquítico hombrecillo de andares ridículos sonreía, siempre ocurría algo malo con algún prisionero, pero ahora su mueca parecía más acentuada de lo normal y su expresión se dirigía hacia ella, un mal presentimiento le recorrió la columna hasta la nuca y sus ojos empezaron a derramar lágrimas sin un solo gesto de llanto.

Los lavados diarios consistían en un paño húmedo que ella debía pasar por sus zonas íntimas y una especie de pasta que restregaba con los dedos por sus dientes y boca para evitar infecciones, pero en este caso Bennet se encargó de limpiar todo su cuerpo con paños blancos y agua caliente. Era una sensación completamente nueva que se le antojó agradable, casi como si pudiera recordar tiempos mejores.

Varias horas después, la tenían expuesta en una especie de tarima de madera elevada, con un vestido azul claro y unas cuerdas que, sujetando las muñecas, se prolongaban hasta unas gruesos ganchos bien clavados a los tablones de la plataforma que permitían ponerse de pie, pero no moverse del lugar.
No estaba sola, a su lado se encontraban varios compañeros de celda: un par de maltrechos orcos y un humano bastante corpulento y peludo, delante de ellos una multitud de personas que no paraba de vociferar y gritar.

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Los precios que iban ofreciendo por cada uno de los orcos era bastante bajo, aunque era de esperar, eran ejemplares que no merecían la pena. De entre la multitud, un hombre encapuchado, bastante alto duplicó la suma que se estaba pujando, gesto que el arcano Bennet respondió con una cómplice sonrisa. Desataron al penoso engendro verderdoso y se marchó encadenado con el esbelto encapuchado. El otro orco se vendió por una ridícula suma, en cambio el corpulento y peludo humano se pujó muy deprisa por un hombre bien vestido.

Sólo quedaba la joven bastarda a la vista de todos los presentes. Miraba inquieta de un lado a otro asustada porque no entendía bien qué estaba pasando.
Escuchaba cómo el bullicio subía mucho de tono y las ofertas de compra aumentaban mientras el mago señalaba cada vez la más alta.
-(Alguien falta)- pensaba Selaanmilc -(¿Dónde está el otro?) -No ver a Razor junto al arcano era muy extraño, pues no recordaba ni un solo día en que no estuvieran juntos. En una pasada fugaz, le pareció verlo entre el gentío mal disfrazado pujando también por ella.
Alternando la mirada de uno a otro, Bennet parecía bastante nervioso cada vez que Razor pujaba, pero éste parecía estar volviéndose más histérico con las cantidades. Un hombre con el que peleaba por la cifra más alta se dio por vencido y se giró para marcharse. Eso dejaba al raquítico hombre disfrazado como vencedor de la puja indiscutiblemente.
-(Volveré a mi celda)- tenía en mente; no estaba segura de si era un alivio, por lo menos era algo que conocía, cambiar a algo diferente podría ser peor. Se giró hacia Bennet, pero el arcano estaba con los ojos cerrados asintiendo con la cabeza levemente. Después susurró algo, y en ese instante el hombre del público que se marchaba se volteó y dio una cifra mucho más elevada, a Razor no pareció importarle demasiado y se marchó del lugar satisfecho.

Al igual que con los demás esclavos, la desengancharon y se la entregaron a aquel hombre.

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 Asunto: Re: La bastarda
NotaPublicado: 27 Ene 2021, 17:14 
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Episodio 5 parte 2 (precuela) - Lectura no necesaria si se lee la parte 1

Glendel tenía una habitación reservada en un hospedaje de Mélvont al que se dirigió de inmediato tras atracar la embarcación en el puerto. Esa noche quería descansar bien, mañana le esperaba un día posiblemente muy largo.

Esa mañana salió muy temprano a recorrer las calles antes de que los mercados estuvieran todavía abiertos, pasear por las calles de la ciudad le traía muy buenos recuerdos.

Estaba todo tal y como lo recordaba, las negruzcas calles y húmedos adoquines daban a la ciudad un aspecto frío y desolador, parecía increíble que tan sólo unas horas después el gentío y trajín comercial transformasen por completo esa bella estampa.
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Unas horas después, tal y como lo había previsto los comercios estaban abiertos y la muchedumbre urbana colapsaba las calles, el mercado era un hervidero de artimañas y trapicheos, mientras tanto paseaba observando las distintas mercancías. Nada de lo que allí había parecía satisfacer sus intereses, así que se adentró por las callejuelas hacia los barrios más oscuros.
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-Nada de nada- suspiró algo cansado, todavía no había terminado la mañana, pero veía que aquello no le proporcionaría nada interesante, hasta que su mirada perdida se detuvo en un vocerío cercano. Allí subastaban más esclavos, estaba dispuesto a una última oportunidad antes de regresar al puerto.

Sobre una improvisada tarima había un hombre que por sus pintas parecía arcano, se subastaban dos orcos que no servirían ni para dar de comer a los cerdos, un hombretón bastante peludo que sería un buen animal de carga, aunque no había viajado tan lejos para algo así, y…
-(¿Qué es aquello?)- pensó mientras agudizaba la vista hacia una persona más menuda envuelta en un ropaje azulado. Ese detalle había despertado su interés y se mezcló entre los presentes.

Bennet vio desde la tarima cómo Glendel se metía entre la muchedumbre, así que hizo un gesto a su fiel compañero Razor, que se encontraba entre el gentío para que estuviese atento. El arcano había oído hablar de Glendel, tenía bastante reputación como cazador de bandidos, se decía que la mismísima reina Sambryl le había felicitado personalmente.
-(Es tal y como lo describen los relatos)- pensaba con curiosidad Bennet.
También había reconocido a otro individuo, pero por otras razones, este otro era un habitual cliente.

La puja empezó sin incidentes, vendió el primer orco a su cliente habitual con relativa facilidad y a buen precio. Ese hombre alto y encapuchado gozaba de experimentar con seres vivos realizando toda clase de torturas y maltratos, Bennet tenía entendido que estaba escribiendo un libro sobre los mejores métodos para hacer daño físico sin matar, un gran compendio dividio por razas, sexos y edades, del que seguramente compraría un ejemplar.
La suma que el alto encapuchado ofreció por el maltrecho orco estaba por encima de lo esperado, y Bennet compartió con el cliente una sonrisa agradeciendo el gesto. Le entregaron al esclavo y se fueron de allí.
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Poco después se vendió el otro por mucho menos. El humano peludo se vendió muy deprisa por una suma aceptable de la mano de un personaje que aparentaba ser un noble, aunque sus desgastadas ropas no guardaban relación con el estatus que pretendía. Una mirada inexperta podría pensar que tuvo suerte y acabaría en un caserío noble sirviendo a sus amos, pero a este robusto peludo le esperaban trabajos forzados, posiblemente en una cantera o algo peor.

Sólo quedaba la joven, aparentaba haber entrado recientemente en la pubertad y estaba en estado de shock, era de gran belleza y parecía bien cuidada y aseada. Su hermoso pelo negro contrastaba con unos ojos claros más propios de una elfa. Tenía los rasgos mixtos. Ya era extraño encontrar un ejemplar así en los mejores mercados ¿cómo era posible que estuviera en un lugar como ese? El arcano Bennet había añadido durante la presentación que ella era virgen; lo garantizaba y aseguraba hasta tal punto que estaba dispuesto a devolver el dinero de la puja y aun así quedarse con la esclava si no fuese cierto. Sin duda esa afirmación era un valor añadido.
Al pequeño mercado se sumó gente que pasaba por allí, estaba claro que una esclava de esa categoría no estaba dentro de las posibilidades económicas de casi nadie de los presentes, pero la curiosidad sobre quién se la llevaría era en sí mismo motivo de espectáculo. Así dio comienzo la puja.

Empezó mucha gente ofreciendo cantidades absurdamente bajas para la calidad de la mercancía. A medida que iba avanzando el tiempo, la esclava se disputaba entre menos ofertantes. En ese momento Glendel empezó a exponer cifras muy por encima de las propuestas hasta el momento. El gesto sólo quería dejar claro un mensaje a los presentes: el elfo tenía muchísimos recursos y no venía a jugar en una liga inferior.
A partir de ese momento sólo tres personas pujaban ya por la muchacha del vestido azul, de las cuales una de ellas no tardó en darse por vencida y marcharse con indignación maldiciendo.
-¡Esas cifras son surrealistas!- Mascullaba al aire molesto por no alcanzar las cantidades que se negociaban. -¿Me estáis diciendo que esa mocosa bastarda cuesta más que un equipo mágico de cinco runas? ¡Estáis locos!- Seguía diciendo mientras se perdía por una de las callejuelas.

Ahora la negociación se disputaba entre dos personas. Bennet desde la tarima cruzó dos dedos de una mano.

Bennet y Razor eran dos comerciantes de poca monta, casi ningún negocio suyo era próspero, aunque no eran malos timadores. Cuando poseían una mercancía valiosa y querían sacar un sobreprecio por ella, Razor se hacía pasar por un comprador anónimo que estimulaba el aumento de precio. Ya que el raquítico hombre no tenía mucha empatía, y mucho menos cualidades para el comercio, el arcano desde arriba valoraba en qué momento debía dejar de pujar y permitir que ganase su rival para quitarse la mercancía a un buen precio. El gesto que tenían establecido para detenerse era cuando Bennet cruzaba dos dedos de una mano, entonces Razor debía retirarse de la apuesta.

Ese gesto no pareció frenar a Razor que seguía compitiendo contra Glendel cada vez más eufórico con la mirada perdida. El hombre de andares ridículos veía que cada cifra que decía era superado por su rival, y no era consciente de que pudiera tener un límite. Sólo tenía ojos para ver la riqueza que ganaría con esa puja.
Pero el gesto tampoco pasó inadvertido para Glendel, no era la primera vez que apostaba contra timadores y tenía una capacidad de observación fuera de lo común. Aun así, parecía querer seguirle el juego a su contrincante.
Bennet parecía ponerse nervioso con la situación, porque todos esos años trabajando y cuidando “su inversión” para que la estúpida ambición de su compañero lo echase todo por tierra. De pronto, Glendel negó con la cabeza dejando como cifra final la que había puesto Razor. En ese instante a Bennet se le cayó el mundo encima… Sus peores miedos se hicieron realidad. El raquítico competidor se quedó parado un instante sin saber muy bien qué hacer.

El elfo, de espaldas a la tarima utilizó un conjuro para susurrar a distancia y con él se dirigió a Bennet.
-¿El otro es tu cómplice, verdad?
Bennet cerró los ojos y asintió levemente con la cabeza para sí.
-Así es, es mi cómplice- respondió el arcano con el mismo conjuro.- Propongo rebajar el precio un tercio del actual si ofrecéis una cifra mayor que mi compañero; todos ganamos.
Glendel se giró de nuevo y subió la puja.
En ese momento, Razor se marchó pensando que había hecho bien su trabajo.
Cerraron el trato y le dieron a la esclava tal y como habían acordado.

Aquel caballero vestido con sedas caras y sin armas, algo poco común entre lo que conocía, se agachó y le quitó las cuerdas de las muñecas acariciando las cicatrices que todavía se le notaban desde el hundimiento del barco en el mar de la Luna.
-Tranquila, ya estás a salvo.- Le susurró con un tono suave y envolvente en idioma élfico.
No había escuchado esa lengua desde hacía muchos años. Ese idioma lo asociaba a su madre, a la tranquilidad de un lugar seguro; sonaba como su hogar. Los grandes ojos claros se humedecieron enseguida y no pudo reprimir el brote de lágrimas que acompañó después. Se abalanzó sobre él y lo agarró con mucha fuerza, como si tuviera miedo a que fuera un sueño y pudiera escapar.
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 Asunto: Re: La bastarda
NotaPublicado: 28 Ene 2021, 12:07 
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Episodio 6 (precuela)

El viaje de regreso desde Mélvont fue tranquilo. Aunque era bastante frecuente que algunos nobles fueran asaltados para robarles la mercancía que adquirían en las subastas, este no fue el caso.
Durante el trayecto, Glendel hablaba en élfico; aquel lejano y agradable idioma que le recordaba a tiempos tranquilos y momentos llenos de amor que casi había olvidado reconfortó a la muchacha.

La entrada a la ciudad de Lyrabar fue discreta, no sólo ningún guardia reparó en la chica, sino que tampoco sabían que el elfo se había marchado por unas semanas.

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Era frecuente que el elfo parase su trabajo por temporadas, por lo que nadie le echó cuentas. Atravesaron la alargada ciudad y salieron por la puerta que daba al camino hacia el Bosque Gris donde Glendel tenía una pequeña cabaña.

-Aquí estarás a salvo- dijo el elfo saltando fuera del carro y frenando el caballo.
Colocó unas cuñas bajo las ruedas del carruaje para que no se desplazase, luego desenganchó la montura y la llevó al establo donde le dio de comer. Mientras tanto, la muchacha, cubierta por una gruesa capa oscura permanecía inmóvil en su asiento.
Glendel se acercó y con una sonrisa extendió los brazos para ayudarla a bajar. Ella se quedó mirando un rato; era una sensación extraña, le estaba pidiendo que por propia voluntad hiciese algo, cuando lo único que recordaba de su vida era realizar tareas por orden de alguien que después le haría daño. No se atrevía a mover un dedo hasta que él dijo:
-Tranquila, cuando te decidas, no tengas prisa.
Entonces, Selaanmilc tímidamente le extendió una mano y se dejó ayudar por el elfo.

Aquellas semanas fueron extrañas. Tenía a su disposición una gran variedad de comida, podía darse un baño cuando quería y las puertas de toda la casa estaban abiertas al enorme bosque; no había cadenas, ni gritos, ni lamentos. Salía a pasear cuando él no estaba y podía regresar cuando quería. Era una auténtica sensación de paz y libertad.

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Glendel llegaba por la tarde, enseñaba a Selaanmilc a cocinar, comían, después él desaparecía unas horas por la noche y volvía de madrugada a dormir. La semielfa tenía su cama junto a la chimenea del salón principal. El elfo compraba algunos vestidos y ropajes para que estuviera cómoda y no pasara frío en los paseos.

-Es una vida tan maravillosa- se decía a sí misma deambulando por la casa vacía.
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 Asunto: Re: La bastarda
NotaPublicado: 29 Ene 2021, 19:35 
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Episodio 7 (precuela)

Glendel era una persona muy respetada en Lyrabar, pertenecía a un colectivo parecido al de cazarrecompensas. Aparecía un crimen o cualquier acto vandálico y se ofrecía cualquiera que estuviera dentro del colectivo para resolverlo. De entre todos los que se presentaban asiduamente, el elfo tenía mayor éxito en lo que se refería a resolver asesinatos, especialmente aquellos extremadamente difíciles de resolver.

Todo el mundo entendía que ese joven tenía una mente privilegiada, nadie sabía del todo cómo era capaz de hilar tan bien una trama hasta llegar a dar con el asesino de manera tan lógica y coherente, era sencillamente brillante en su trabajo. Tenía una larga lista de pretendientes para discípulo, pero él no aceptaba a ningún aprendiz o compañero, trabajaba mejor solo alegando que esa soledad le ayudaba a pensar con mayor claridad.
Tenía sus “manías” y costumbres, no importaba lo que estuvieran haciendo se iba entrada la noche y volvía más tarde para continuar con lo que estuviera haciendo. Esto podría extrañar a cualquiera, pero con el tiempo se convirtió en rutina a los ojos de los demás y nadie le daba importancia más allá de lo anecdótico.

Algunos sabían, o suponían que Glendel tenía una casa en el Bosque Gris, aunque nadie la había visto nunca se decía que allí se recluía para estudiar.

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En la casa del Bosque Gris, la recién llegada semielfa le aguardaba. Tenía la casa limpia y la comida recién hecha, aunque algunas veces el elfo no volvía durante algunos días, ella hacía la comida, esperaba, comía y después se iba a pasear. Cuando él estaba, comían juntos, después él abría una pequeña puerta de madera y descendía por unas escaleras de piedra hacia una pequeña biblioteca, y allí se quedaba el resto del tiempo mientras ella deambulaba pacíficamente por la casa y los alrededores.

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La chica no comprendía por qué él la llamaba siempre por el nombre Vetra, con el paso del tiempo, ese nombre fue tomando forma en la semielfa, hasta que por rutina se sintió identificada cada vez que Glendel la nombraba.

Vetra era extremadamente inteligente y tenía una gran capacidad de observación. Durante su época en Mélvont había aprendido a hablar la lengua de los orcos y la de los medianos debido a su larga estancia con compañeros de celda de estas dos razas. Aunque llevaba un poco menos de un año conviviendo con Glendel, cada vez le daba menos reparo hablar lengua común, aunque mayoritariamente hablaban en élfico.
Cuando él no estaba, entraba por la pequeña puerta de madera y bajaba por las escaleras de piedra hasta la biblioteca, en apenas unas semanas aprendió a leer por su cuenta, la escritura fue más fácil, sólo tenía que repetir el “dibujo” de las cosas que leía.
Uno de los libros debía ser más importante, pues estaba en una vitrina solo bajo llave. Vetra había llegado poco a poco a descubrir dónde guardaba la llave y era muy minuciosa para volver a dejar todo exactamente como estaba, incluso si había un pelo de suciedad lo dejaba en su sitio cuando terminaba.

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A medida que avanzaba la lectura del grueso volumen, necesitaba de otros libros de la biblioteca para entender lo que allí ponía. Era más que un libro, mostraba “fórmulas” complejas que combinaban movimientos corporales con palabras.
En un mes desarrolló su primer conjuro con éxito.

El invierno ya se notaba en el ambiente, habían caído las primeras nevadas y todavía no estaban los caminos cortados. Glendel se había tenido que marchar por trabajo, algo bastante común, así que Vetra se dirigió hacia la biblioteca para seguir examinando el extraño libro con el que podía hacer magia.
El conjuro que acababa de aprender hoy era uno llamado algo así como “abrir cerradura”, le pareció interesante ya que así no tendría que utilizar la llave para coger el libro de la vitrina. Así que lo probó, encerró el libro en su sitio y pronunció las palabras y los movimientos que componían el encantamiento con total precisión.
Se escucharon dos “click”, uno era el de la caja que tenía el libro, pero otro sonó en el lateral de una estantería situada al fondo de la biblioteca al lado de una chimenea que llevaba años apagada. Con gran curiosidad se acercó a mirar; llevaba prácticamente un año en aquella casa y creía conocer todos sus secretos, pero aquello era nuevo.

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Apartó la estantería y se adentró en el oscuro cuarto donde en un primer vistazo le pareció ver pilas de libros y una especie de trono de piedra. La puerta oculta se cerró tras de sí y en el interior de la pequeña estancia se escuchó el “chas” de activación de una trampa. Ésta dio lugar a un conjuro que tomó forma...
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 Asunto: Re: La bastarda
NotaPublicado: 03 Feb 2021, 22:16 
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Episodio 8 (precuela)

Glendel era cordial con la recién llegada. Respetaba su espacio y los tiempos que ésta necesitaba para ir ganando confianza, era un elfo con grandes habilidades sociales, y su experiencia era notable.
El elfo se dedicaba a trabajar en la biblioteca que se encontraba bajando las escaleras de piedra. La puerta siempre estaba cerrada, pero nunca bajo llave; de hecho carecía de cerradura.
No trabajaba en demasiados casos de asesinato, sólo se dedicaba a uno al mes o menos. Era tremendamente efectivo, y ganaba suficiente dinero para llevar una buena vida sin privarse de nada.

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Aunque… en realidad, todo era “mentira”.

Glendel era arcano, pero a diferencia de la inmensa mayoría de los magos de Lyrabar, que tenían un gran conocimiento en conjuros relacionados con la navegación, su especialidad era la nigromancia, algo que escondía muy hábilmente haciendo creer a todo el mundo que era un mago más, y hacía pensar al resto que su habilidad para resolver crímenes era puro ingenio. Y si esto fuera poco, el arcano también era clérigo de Velsharun.

Realizando múltiples investigaciones, descubrió un sistema para dotar a los muertos que alzaba con una “memoria” mecánica que les obligaba acudir al lugar de los hechos y reproducir la escena. Así robaba el cadáver del crimen temporalmente y para comprender cómo se habían desarrollado los acontecimientos.

Si alguien cuenta una historia a un amigo y después relata la misma historia a un grupo de personas, el amigo que la escuchó primero puede “anticiparse” y sacar conclusiones correctas de lo que sucederá en dicha historia y parecerá que posee una gran capacidad deductiva a ojos de los presentes.

Esta era la clave de todo.

Como cada medianoche, se retiraba para hacer sus rituales a Velsharun en secreto. Pero había un ritual en particular que requería un sacrificio muy concreto: necesitaba una mujer virgen, adulta y con sangre élfica, algo extremadamente difícil de conseguir, ya que las elfas que podría comprar en mercados oscuros como los de Mélvont habrían sido violadas. También podría secuestrar a una niña elfa y esperar unos 100 años para que alcanzase la madurez, algo terriblemente tedioso.

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Pero tuvo la grandísima suerte de encontrarse a esa bastarda en el mercado: tenía sangre élfica, debido a su condición bastarda, tardaría menos en alcanzar la edad adulta gracias a su ascendencia humana, ya estaba en plena adolescencia y era virgen. Con esa muchacha le había tocado el premio gordo.

Preparar un calabozo supondría mantener diariamente una alimentación, higiene, vigilancia constante… lo que significaba un gasto enorme de tiempo y recursos que debía mantener durante varios años, por lo que la mejor opción era conseguir que se sintiera agusto, protegida, “en casa”.
Le dio un nombre que la desvinculase de su pasado, tareas para mantenerla ocupada, un gran espacio para que se moviera libremente, ninguna puerta cerrada para que se sintiera segura y entendiera que allí no había nada que ocultar.
A medida que Vetra iba cogiendo confianza, Glendel podía estar ausente durante más tiempo. El precio por la chica había sido elevado y esto obligaba al elfo a trabajar más duramente que en otras ocasiones.
Él sabía que Vetra bajaba a la biblioteca de vez en cuando y que trasteaba con el libro de la vitrina; no le daba importancia, porque así se mantenía entretenida y distraída. Por otra parte, el libro era un compendio de conjuros básicos que seguramente no entendería.

Ya había pasado un año y la vida era bastante rutinaria. Glendel estaba en un caso en Cormyr bastante complejo. El interesado era un noble bastante poderoso que estaba dispuesto a pagar una grandísima suma de dinero si tenía éxito. Para el elfo eso significaba estar varias semanas o incluso meses preparando rituales y ofrendas a su dios con dedicación exclusiva, pero algo se torció.
Un sonido que sólo podía percibir él lo puso en alerta. El encantamiento de alarma que tenía en la habitación secreta de la biblioteca se había activado. Puede que el noble tuviera mucha influencia y el caso a resolver fuera muy importante para su reputación y economía, pero esa alarma suponía la posibilidad perder toda la inversión que estaba preparando, y no creía que pudiera conseguir otro ejemplar igual en muchas vidas. Lo dejó todo y marchó de vuelta a la casa del Bosque Gris. A pesar de viajar con el mínimo descanso posible, tardó cuatro días en llegar.

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Vetra no estaba por los alrededores, la llamó y no obtuvo respuesta. Bajó las escaleras de piedra y encontró la vitrina abierta con el libro a un lado. La llave de la puerta oculta en la estantería la llevaba siempre consigo. Se trataba de una cerradura básica, pero ¿cómo podría una mocosa abrirla? ¿Acaso sabía forzar cerraduras?
Se apresuró en girar la llave y apartar la estantería. La llave se le cayó al suelo de la impresión, no podía creer lo que estaba viendo.
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 Asunto: Re: La bastarda
NotaPublicado: 16 Feb 2021, 10:15 
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Episodio 9 (precuela)

Al cerrarse la puerta tras de sí, la oscuridad se volvió total. No había ni el más mínimo haz de luz al que acostumbrar las retinas que permitiera diferenciar alguna silueta en el entorno. Un hedor putrefacto que invadió la habitación hizo que llevara rápidamente la mano a la nariz, y un sonido repiqueteaba en sus oídos cada vez más fuerte: “clac clac clac clac…” sonaba como si varios palitos de madera colgando de una cuerda chocaran entre sí. El ruido parecía moverse por la oscura habitación cada vez más cerca.
Como ya había logrado en otras ocasiones con éxito, conjuró un hechizo de luz, aprendido del libro rojo de la vitrina. Una impresión más violenta que el hedor anuló su olfato al ver una figura de pie junto a algunos cadáveres esparcidos negligentemente por el suelo. Era una especie de vieja escuálida, con una larga cabellera, parecía una mujer. Poseída por el pánico más que por la curiosidad, contuvo la respiración mientras veía a la vieja acercarse lentamente adelantando una mano flaca y huesuda como una pata de gallina.

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Vetra se cayó hacia atrás y no pudo hacer otra cosa que conferir un grito ahogado que no llegó a salir de la estancia. La vieja le agarró del brazo con un tacto gélido.

Cuatro días después, Glendel entró por esa misma puerta y encontró a Vetra de pie, inmóvil. Lo miraba fijamente con ojos sin vida.
-Es imposible- dijo el elfo en voz alta como si intentara escuchar sus propias palabras para dar credibilidad a lo que estaba viendo.
La aparición que había conjurado para proteger el lugar no era letal, pero el daño que infringía y las maldiciones que portaba debían ser suficientes como para dejar a la mestiza en el suelo agonizando por una eternidad.
Glendel se acercó despacio mientras la chica seguía con el mismo semblante, estaba helada al tacto como el mármol.

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Había pasado al menos una semana desde que el elfo había recogido a Vetra de la cámara y la había metido en cama y todavía no había respuesta. Parecía estar en una especie de trance y seguía igual de fría pese a los esfuerzos por calentarla física y mágicamente.

Adelantando sus planes, congregó a todo el círculo de Velsharun para llevar a cabo el ritual.
Aunque algo improvisado, Glendel consiguió reunir los materiales necesarios y al personal imprescindible para tal efecto. La situación se alejaba bastante de la que había planeado el elfo durante las últimas décadas, incluso antes de dar con la chica; el lugar tampoco era el más apropiado. Lo harían en un sótano que un reputado noble miembro del círculo clerical de Lyrabar había alquilado a un pescador.
El primer paso consistía en purgar de su cuerpo las múltiples maldiciones y sortilegios hirientes. En condiciones normales sólo supondría un intenso dolor y agotamiento para el sujeto, pero en este caso la mestiza estaba muy debilitada por falta de alimento, y la excesiva tensión a la que se iba a someter podría matarla durante el proceso.
Combinando poderes arcanos y clericales para mantenerla con vida, su cuerpo empezó a convulsionar fuertemente sobre el altar de piedra emitiendo alaridos de ultratumba.

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Una vez despojada de toda interferencia, podía dar comienzo el ritual, acto que fue interrumpido por un fuerte estruendo que tiró al suelo el gran portón principal por el que se accedía a la cámara.

Desde hacía varios años un par de mercenarios sospechaban que Glendel tenía actividades irregulares. En un par de ocasiones, los cuerpos de las víctimas de homicidio habían desaparecido durante la investigación en el momento en que el elfo había entrado en escena, pero no habían podido reunir pruebas contra él. El mago era métodico y cuidadoso. Lo habían seguido hasta Melvont, pero le perdieron la pista. Sin embargo, durante su último trabajo cometió varios descuidos graves. El sobresalto de la alarma en su cámara secreta le había obligado a actuar de forma precipitada e improvisada. El noble que lo había contratado le dio detalles a los mercenarios, y estos lo persiguieron hasta dar con su casa en Bosque Gris, allí siguieron sus pasos hasta dar con el lugar donde se haría el ritual.

El lugar pronto se vio infectado por los paladines reales y mercenarios blandiendo sus armas sin piedad.

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Durante la cruenta batalla que allí tenía lugar, Vetra tomó consciencia desorientada; su última visión había sido la siniestra mirada de la vieja; llevó instintivamente su mano al antebrazo que aquél ser había agarrado, era como si todavía pudiera sentir su gélido tacto.
Mientras a su alrededor caían cuerpos sin vida de paladines y nigromantes, la muchacha pudo arrastrarse fuera del altar. Aunque estaba muy débil, pudo precipitarse por un pequeño agujero que formaba parte del sistema de cloacas.

Lo último que alcanzó a ver antes de caer por el agujero fue a Glendel, un espadón le había atravesado el pecho, sólo quedó el recuerdo de cómo los ojos del elfo se apagaban para siempre antes de desaparecer corriente abajo por las aguas fecales de la ciudad, mientras el ruido de la batalla se hacía cada vez más lejano.

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